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Anabel Segura murió estrangulada con una cuerda

Los supuestos autores del crimen ya pensaban en matar a su víctima antes del secuestroLos dos intentos de pagar el rescate se frustraron cuando los secuestradores advirtieron la presencia de la policía

Anabel Segura murió estrangulada con una cuerda a las 21.30 del 12 de abril de 1993, en una fábrica abandonada de Numancia de la Sagra (Toledo). Seis horas antes, a las 14.50, los dos supuestos autores del crimen -Emilio Muñoz Guadix, transportista de 38 años, y Cándido Ortiz Añón, alias Candi, fontanero de 35 años y con dos antecedentes por atraco con inti midación- habían secuestrado a cara descubierta a la estudiante en la urbanización La Moraleja (Madrid). Desde el principio, siempre según fuentes policiales, su intención fue matar a su víctima, elegida al azar, y luego exigir un rescate. La rapidez del crimen ocultaba dos motivos: la falta de infraestructura para mantener a la secuestrada y el miedo a que Anabel les reconociese una vez libre.

La policía sostiene que la tercera detenida -Felisa García Campuzano, churrera de 35 años y esposa de Emilio- actuó como encubridora. El matrimonio formado por Felisa y Emilio, que en la época del crimen acababa de comprar un chalé, atravesaba un bache económico. Pese a su espeluznante delito, los tres detenidos mantuvieron tras el secuestro una vida normal, parapetados en sus trabajos y familias. Evitaban llamar la atención. Así, Felisa García y Emilio Muñoz, casados hace 18 años, tenían cuatro hijos, de 5 a 17 años.El matrimonio residió primero en la localidad madrileña de Fuenlabrada (166.000 habitantes), donde pagaron las primeras letras de un piso valorado en 11 millones de pesetas. En 1992, sin embargo, decidieron vender la .vivienda y comprar un chalé adosado en el pueblo toledano de Pantoja (2.037 habitantes). Costaba 9.200.000 pesetas. Por la venta de su anterior casa recibieron tres millones, suma que, junto con el dinero conseguido por una moto la pasión que Emilio compartía con la caza, les permitió satisfacer la entrada de cuatro millones y mudarse.

Una vez en Pantoja, la mujer de Emilio abrió una churrería con un préstamo de sus padres. Emilio, mientras, siguió como empleado en una empresa de transportes y mensajería. En sus desplazamientos empleaba una fuigoneta blanca -comprada a plazos-, que presuntamente fue utilizada en el secuestro. Para acudir a su puesto de trabajo en la capital, Emilio, considerado el cabecilla del grupo, pasaba todos los días por la abandonada fábrica de cerámicas San António, en el término de Numancia de la Sagra. En la primavera de 1993, Emilio se quedó en paro en su empresa. Además, el negocio de churros no prosperaba. La letras del chalé y de la furgoneta se amontonaban en el buzón del chalé.

El 12 de abril de 1993, según las primeras versiones, Emilio Muñoz y Cándido Ortiz recorrieron con una furgoneta blanca La Moraleja, una urbanización de lujo de unos 8.000 vecinos en la que unos meses antes ya se había registrado un intento frustrado de secuestro. Los dos ocupantes de la Ford Courier iban supuestamente a la caza y captura de alguien con dinero (la policía negó ayer tajantemente móvil sexual alguno).

Anabel Segura, a la sazón de 22 años, correteaba en chándal por la urbanización. Aquel lunes de Semana Santa se había quedado en casa para estudiar. Sus padres estaban de vacaciones. La urbanización permanecía tranquila.

El hermano de un implicado, aceleró las detenciones

Anabel Segura fue capturada por los dos secuestradores cuando regresaba del paseo. A pleno día. Su grito de auxilio sólo fue oído por un jardinero del colegio Escandinavo que ni siquiera llegó a reconocer la matrícula del vehículo. La parte superior del chándal de la joven quedó sobre el asfalto. Eran las 14.50. Cinco horas después, Anabel fue estrangulada con una cuerda. Luego, la enterraron en un nicho situado junto a un depósito de fuel de la fábrica abandonada de Numancia de la Sagra, un pueblo situado a 42 kilómetros de Madrid, pero sólo a dos del domicilio de Emilio Muñoz y su esposa.

Dos días después, el 14 de abril, se recibió en la vivienda de la familia Segura la primera llamada de los homicidas. Exigieron 150 millones de pesetas por la liberación de la estudiante. Aseguraron que se encontraba bien. Fue la primera de las 15 comunicaciones establecidas entre la familia y los malhechores. La última se registró el 22 de junio de 1993, y en ella se trató sobre la entrega de una cinta en la que Felisa García imitaba presuntamente la voz de Anabel y comunicaba que gozaba de buena salud.

Sustitución de mandos

Durante las comunicaciones, con todo, se frustraron dos entregas del rescate. Siempre en la Comunidad de Madrid. Una se intentó el 19 abril en el kilómetro 126 de la carretera de Barcelona (N-II) y otra el 6 de mayo en el kilómetro 160 de la carretera de Toledo (N-401). Ambos contactos fracasaron cuando los secuestradores descubrieron la masiva presencia policial, siempre según la primera versión de las confesiones. Seis meses después, el entonces jefe de la Brigada Provincial de Policía Judicial, encargado del caso, fue sustituido por Juan Antonio González.

Cortados los cauces de comunicación, los investigadores sólo poseían las grabaciones de los secuestradores. También sabían que las llamadas fueron efectuadas desde fuera de la provincia de Madrid. La Policía Judicial decidió entonces difundir las voces a través de los medios de comunicación en busca de alguna identificación. La recompensa ascendía a 60 millones de pesetas (pagados a partes iguales por el Ministerio del Interior y la familia de la víctima). Se recibieron 30.000 llamadas, de las que 1.625 fueron consideradas pistas. La definitiva llegó el 6 de abril, cuando en un especial del programa de televisión ¿Quién sabe dónde? una persona relacionó una de los voces con un vecino que vivía en el pueblo toledano de Pantoja. Se trataba, si se confirma la hipótesis policial, de uno de los secuestradores. La policía estrechó el cerco. Investigaron sus antecedentes, su situación económica, sus relaciones familiares y sociales. Descubrieron, siempre a tenor de la versión policial, que el hermano de Emilio Muñoz tenía un conocimiento aproximado del secuestro. La madeja se tensó, hasta que el pasado miércoles la policía se encaró con este familiar. Su reacción -presumiblemente captada mediante un pinchazo telefónico- fue hablar con el supuesto secuestrador. La conversación -descrita como "nerviosa" por los agentes- corroboró las sospechas.

Así, el jueves fueron detenidos Felisa García, en Pantoja; Emilio Muñoz, en el distrito madrileño de Puente de Vallecas -donde viven sus padres-; y Cándido Ortiz, en Escalona, donde está empadronado desde 1992 y residía con su esposa y dos hijos. Ortiz, dedicado a trabajos esporádicos de fontanería e instalación de calefacciones, también atravesaba un bache económico en la época del secuestro.

La confesión de los detenidos, el reconocimiento de la furgoneta y el hallazgo del cadáver ayer a las 11.45 confirman la acusación policial. El cadáver de Anabel aún vestía parte del chándal que llevaba el día del secuestro.

La Brigada Provincial de Policía Judicial considera que este caso ha sido de los más delicados de su historia. Cuando en abril surgió la pista definitiva, los agentes de Juan Antonio González habían investigado a más de 1.000 sospechosos, y habían reventado al menos cinco pisos y desechado cientos de falsos anónimos.

Entre las dificultades, los agentes citan el hecho de que no supieron hasta el final si Anabel seguía viva. Otro de los escollos residió en que los secuestradores carecían de organización y no estaban adscritos a ningún grupo mafioso. Por el contrario, sus antecedentes y su vida cotidiana apuntaban a lo contrario. De hecho, los agentes destacan el contraste entre el tono de las llamadas del cabecilla del grupo, Emilio Muñoz, y la vida que llevaba como tranquilo padre de familia cuyo único apuro era llegar a fin de mes.

Cuando hablaba con los Segura, su voz imperativa, de la que llegó a sospecharse que correspondía a un toxicómano, mostraba falta de cultura y un uso de expresiones inadecuadas al contexto. Se desprendía la intención de impresionar. Pero fuera de este contexto, sólo un detalle traicionó a Emilio Muñoz: su Constante cambio de imagen. "Unas veces llevaba barba; otras, perilla; otras, bigote; otras, melena... y otras, pelo corto", indicó a la agencia Efe el alcalde de Pantoja, Ildefonso Alonso Moreno. Estos cambios fueron advertidos en los últimos tres meses, precisamente el tiempo en que los agentes estrecharon el cerco en torno a los secuestradores.

Habla claro

Distinto es el caso de Ortiz, el denorninado segundo secuestrador. Sus llamadas, sólo tres, denotaban una mayor claridad: "¿Don José Segura Nájera? Es urgente, es sobre su hija... Escuche atentamente, no voy a esperar respuesta de ustedes: la hija se encuentra secuestrada, en estos momentos se encuentra bien, no le falta nada. Su seguridad depende de usted o de ustedes. Para ello deben reunir 150 millones de pesetas y guardarlos en una bolsa de deportes y esperar una llamada nuestra el día 16 a las 18.00 horas. De no ser así, o si nos damos cuenta de que han avisado a la policía, su hija sufrirá".

En la conferencia de prensa ofrecida ayer por la cúpula policial y los representantes de los padres de Anabel -su tío y el portavoz Rafael Escuredo-, los agentes agradecieron la colaboración ciudadana, que calificaron de excepcional. Los policías insistieron en el buen resultado -"pese altriste fin"- que ha proporcionado la difusión de la voces de los secuestradores, una experiencia que jamás, había sido desarrollada en España. El mutismo, en cambio, rodeó los pormenores sobre la persona que facilitó la pista definitiva, así como el eventual pago de la recompensa.

Al hilo del estudio de las cintas, los investigadores negaron que se hubiesen descubierto en el fondo de las grabaciones las voces de unos niños que hablaban con términos propios del norte de Toledo, versión que había circulado anteayer. "Lo que hubo es mucha investigación y un tiento enorme. No queríamos equivocamos. Desde nuestra perspectiva estaba en juego una vida", afirmó un agente.

Los tres, detenidos permanecían ayer en las dependencias de la Brigada Provincial de Policía Judicial, en la madrileña plaza del Marqués Viudo de Pontejos (Centro). Los investigadores esperaban pasarlos hoy a disposición judicial.

"Confesaron muy rápidamente y ante sus abogados. La verdad es que cuando los detuvimos teníamos el asunto muy bien agarrado. No creo que puedan zafarse de la prisión preventiva", indicó un responsable policial que participó en la investigación desde el principio: desde hace 900 días, que terminaron cuando el cadáver de Anabel entró ayer en el Instituto Anatómico Forense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de septiembre de 1995