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Entrevista:

"Nada es inútil en el arte"

Barcelona
Ángel González (Oviedo, 1925) es uno de los supervivientes de la generación de los cincuenta, sobre la que esta semana se celebra un curso en El Escorial. Su poesía, irónica, deja al final un poso de angustia que es común a los poetas del grupo. Pero González considera que el intento de hacer reivindicación social a través de la poesía, pese a los fracasos, no ha sido estéril. "Nada es inútil en el arte", piensa el autor de Áspero mundo.

Pregunta.Tanto Carlos Barral como Jaime Gil de Biedma cuentan que apareció usted un día de 1955 en Barcelona en casa del primero, durante una tertulia, y que al día siguiente todo el mundo, con resaca, se preguntaba si ese tipo callado y serio -usted- era un agente de policía. Luego creció la amistad, y Gil de Biedma habla de usted con una admiración bastante inusual en él. ¿Cómo es el regreso a los escenarios del pasado con ausencias tan duras?Respuesta. Cuando vengo a Barcelona vivo la ciudad de una manera totalmente diferente a como la vivía. Salgo muy poco y todavía voy a ver, casi siempre, a algún amigo muy especial de aquellos años, que es Juan Marsé. Barcelona sin todos estos amigos no es lo mismo.

P. ¿La edad cura estas ausencias?

R. La edad no las cura, las agrava. Uno, con el tiempo, va teniendo cada vez menos cosas, y las que se pierde se convierten en huecos todavía mayores.

P. La visión que queda de la generación de los cincuenta es la de un grupo desolado y autodestructivo.

R. Creo que hay algo de eso y que está justificado por la vivencia en la España tan amarga de la posguerra. Y la guerra civil, vivida en situaciones distintas, pero que también dejó un poso de amargura en nosotros.

P. La generación del 98 vivió también una situación de vacío y no reaccionó con la misma angustia.

R. Yo creo que la generación del 98, a pesar de todo lo que se puede decir de la España de su época, tenía un ámbito operativo más real y amplio que el que tuvimos. Nosotros tuvimos una España muy represora y muy negra. La España del 98 era más abierta y más liberal. La angustia de los cincuenta es tener un horizonte muy cerrado, no poder hacer proyectos, y no sólo por la censura literaria, sino por la censura de la vida en general.

P. En su caso, su primer libro de poemas, Áspero mundo, muestra una tristeza desoladora, que luego usted cura en su poesía con la ironía. Pero entre sus últimos poemas hay uno tremendo, Canción triste de amigo, que hace pensar que la angustia del principio no se ha resuelto.

R. No, no se ha resuelto, no. Por otros motivos, pero la angustia reaparece con la edad. Ese poema en concreto está escrito después de una conversación muy amarga con Jaime Gil de Biedma. Amarga no sólo en el sentido del pasado, sino también por reflexiones referidas a la ve jez y al acabamiento del tiempo.

P. La poesía de la experiencia es uno de los rasgos del grupo y usted es uno de los poetas más fieles a esa forma de poesía, que enfrenta al hombre con la dicotomía vida-poesía. ¿Cómo se vive esta dualidad?

R. Hay que ser muy consciente de que todo poema surge de otro poema. La poesía es el resultado de una serie de lecturas y aproximaciones a la poesía. Pero eso no quiere decir que la poesía se refiera solamente a la poesía y olvide la vida, no. Me parece que era Rilke quien decía que para escribir un poema hay que ver muchos países y conocer muchas gentes. De forma que un poeta, poetísimo, como Rilke reconoce la importancia de la experiencia para escribir un verso.

P. Y la ironía ¿es un mecanismo de defensa del hombre o una necesidad poética?

R. La ironía, en principio, puede venir justificada por la censura, era una manera de tratar de burlarla. Pero en mi caso acabó siendo algo más. Más que un medio es el contenido de mi poesía. Es una expresión de escepticismo que permite decir que las cosas son y no son a la vez, que permite huir de las afirmaciones muy tajantes y definitivas.

P. Y en ese recurrir a la ironía, ¿no hay una renuncia a la capacidad del poeta de definir el mundo?

R. O un reconocimiento de la incapacidad del poeta para definir el mundo en términos tajantes.

P. Esa actitud, ¿no puede llevar a la esterilidad?

R. Tal vez, llevado al extremo, uno tendría que renunciara escribir, pero con convicción uno puede definir la absoluta ambigüedad de la vida y del mundo.

P. ¿En qué situación se coloca el poeta de los 50 cuando hace poesía social?

R. La idea de Celaya de cambiar el mundo era un aforismo, nadie se lo creía, ni siquiera él. Era una manera de hablar. Pese a ello vimos con dolor -después de unos años en los que tuvimos la esperanza de que la poesía de compromiso podía incidir de alguna manera en la sociedad- el fracaso de todo ello, y pasamos a una etapa de escepticismo con respecto al valor de la palabra. Pero luego yo he pensado que nada es inútil en el arte. El arte nos enseña a ver el mundo de determinada manera, y ese mostrarnos el mundo desde un punto de vista con el que, no contábamos es una manera de transformarlo.

P. El compromiso de los poetas de su grupo surge en un momento político muy concreto. ¿El poeta, sin embargo, puede renunciar al compromiso?

R. El poeta no puede renunciar al compromiso. Lo que ocurre es que la poesía se mueve también por la presión de lo que es puramente literario, y las corrientes y las modas empujan y canalizan la poesía por caminos muy diversos. Hay suficientes motivos en el mundo para manifestar preocupación y compromiso, pero parece que la poesía es incapaz en este momento de recoger estas preocupaciones.

P. ¿Realmente las noches eran tan canallas y tan divertidas?

R. Canallas no lo sé, muy alcohólicas sí lo eran.

P. Y necesarias.

R. Sí, las noches son necesarias, porque tienen algo, sobre todo llevadas hasta sus límites más extremos, de transgresor. Era una forma de huir de aquella España monótona, triste y opresora. Por la noche sucedían cosas mágicas y de vez en cuando el milagro, y había que buscarlo.

P. ¿Sucedía el milagro?

R. A veces sucedían cosas extraordinarias, pero no siempre. Lo único que sucedía era la resaca del día siguiente, eso seguro. Pero a veces, sucedían cosas extraordinarias.

P. ¿Quién era el más golfo?

R. Entre los más alcohólicos estábamos Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Juan García Hortelano, Caballero Bonald y yo con ellos.

P. Preguntaba por el más golfo.

R. El más golfo quizá fuera Jaime.

P. ¿Sigue escribiendo?

R. Escribo muy poco, y con mucha más inseguridad que nunca. Tengo un grupo de poemas, que a veces veo con mucha ilusión y a veces con decepción. Entre la ilusión y la decepción los poemas están ahí sin publicar.

P. ¿Por qué inseguridad?

R. No lo sé. Tal vez porque los poemas son peores y en lugar de inseguridad es buen criterio crítico.

P. ¿Son desoladores?

R. Sí. Tienden a la desolación. Tal vez también me molesta eso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 31 de julio de 1995

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