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Un editor neoyorquino ayuda a su esposa a suicidarse hecho recrudece la polémica de la eutanasia en EE UU

El caso de un editor neoyorquino que el pasado lunes por la noche tyudé a su propia esposa a quiarse la vida ingiriendo una dosis mortal de pastillas promete abrir iin nuevo capítulo en el debate obre el derecho a morir dignanente. La fallecida, Myrna Leiov, padecía esclerosis múltiple lesde 1973 y había preparado Ena carta en la que expresaba su deseo,de suicidarse con la ayuda -e su marido, George Delury.Éste, relató al diario The New York Times que durante tres meses estuvo guardando unas píloras contra la depresión y que, a petición de su esposa, se las administró diluídas en agua en una dosis fital, el pasado lunes. "Sabíamos que era ilegal que yo laa yudara", declaró en un tono tan abierto como inusual. "Pero también era imposible que no lo hiciera", añadió.

A la mañana siguiente, Delury llamó a una ambulancia para anunciar que su esposa estaba muerta.en la cama. La operadora le preguntó si necesitaba instrucciones de técnicas de reanimación, y él contestó que no era necesario pues él mismo la había ayudado a morir. La policía le detuvo pocas horas después, acusado de homicidio en segundo grado. El miércoles fue puesto en libertad sin fianza después de que el juez le citara para el próximo 1 de agosto.

Delury, de 62 años, y Lebov, de 52, estaban casados desde que a ella le fue diagnosticada la enfermedad. Ambos habían trabajado como editores en almanaques de información mundial. Desde 1991, Lebov vivía en una silla de ruedas y su deterioro físico y mental era irreversible. En la carta que dejó antes de morir había escrito: "estoy cansada de mis funciones corporales y se me va la cabeza. Es mejor acabarlo ahora mientras todavía puedo hacer algo".

La ayuda al suicidio es ilegal en todos los estados de EE UU, y Delury podría recibir una condena de hasta 15 años en la cárcel. Pero en los antecedentes más cercanos, la justicia ha sido bastante laxa en la aplicación de penas por este delito. Un ciudadano de Connecticut, por ejemplo, se encuentra en libertad condicional por dos años tras asfixiar a su padre, enfermo terminal de cáncer, con una bolsa de plástico. Y el doctor Jack Kevorkian sigue de hecho en libertad practicando regularmente la eutanasia a sus pacientes.

La Heinlock Society, una asociación que defiende el derecho a morir con dignidad, estima que, cada año, miles de personas en todo el país ayudan a morir a sus familiares en casos muy parecidos al de Delury. Quizá el rasgo determinante de George Delury es que ha admitido abiertamente haber actuado en contra de la ley. Delury dijo también que quiere escribir un libro explicando que la muerte es algo espiritual cuya definición no puede dejarse en manos de los médicos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 1995