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Entrevista:

"Contra ETA se han usado iguales métodos con el PSOE y con UCD"

El teniente general José Antonio Sáenz de Santa María, asturiano de 75 años, se incorporó en 1971 al Ministerio del Interior y todavía hoy acude cada mañana a su despacho, ahora como asesor de la secretaría de Estado Margarita Robles.

En el reducido despacho del teniente general hay un mapa de España con sus 17 autonomías; otro de Europa, en el que no faltan las jovencísimas repúblicas bálticas o Bosnia-Herzegovina; y un tercero de Euskal Herría, incluidas Iparralde y Nafarroa. Entre las múltiples fotografías -con el Rey, con Jordi Pujol, con todos los ministros del Interior que en este país han sido en el último cuarto de siglo- está el polémico cartel que el EMK (Movimiento Comunista de Euskadi) le dedicó en 1980 cuando la UCD le hizo delegado especial para el País Vasco, y del que sus autores tuvieron que responder ante los tribunales.Con su inconfundible mostacho ya blanco y su lenguaje tan directo como siempre, se diría que Saénz de Santa María no olvida, pero tampoco guarda rencor a nadie, ni a los etarras ni a los golpistas, para los que fue bestia negra por distintas razones. Prepara sus memorias pero promete no publicarlas si no es con carácter póstumo, pues "lo que tiene interés no lo puedo decir y lo que puedo decir, no tiene interés". Eso cree él.

Pregunta. ¿Qué habría sucedido con usted si Tejero hubiese triunfado?

Respuesta. Pues que no estaríamos haciendo esta entrevista, seguro.

P. Aun a sí, pide su indulto.

R. No tiene nada que ver. Una democracia fuerte es lo suficientemente generosa como para poder asimilar estos perdones. Si nos instalamos en la venganza y la ira, no avanzamos.

P. Usted cree que el elefante blanco, la autoridad militar, por supuesto, que esperaba Tejero era el general Fernando De Santiago y Díez de Mendívil.

R. Todos los indicios apuntan a que era él, pero confirmación no había. No apareció por el Congreso ni se puso de manifiesto en el juicio de Campamento.

P. ¿Por qué fracasó el golpe?

R. Porque estaba mal organizado. Hubo una salida [de tropas] en Valencia, pero no se decidieron en otros sitios. Tejero era sólo el detonante, un poco desconexo de los demás. En fin, fue una chapuza, afortunadamente.

P. ¿Se pensó seriamente en asaltar el Congreso con geos?

R. Era una de las opciones que se barajó en el [hotel] Palace, donde montamos el operativo. Como ha apuntado, algunas regiones militares estaban dudosas y el elemento que las podía aglutinar era la situación del Congreso. Se pensó que, si se acababa con ese foco, no se extendería el golpe. La idea partió de Laína [director de la Seguridad del Estado], pero tanto Aramburu [director de la Guardia Civil] como yo [general inspector de la Policía Nacional] la rechazamos, porque el número de bajas calculado podía ser importantísimo.

P. ¿Quiénes formaban la trama civil del 23-F?

R. No se puede centrar sólo en García Carrés, que fue el único procesado. En realidad, no había trama civil organizada, sino apoyo civil. Todo el magma que rodeaba al Ejército estaba vinculado a la ultraderecha y estimulaba esa sensación de que había que salvar a la Patria, había que hacer algo, como se decía entonces, ante el avance tremendo del terrorismo.

P. La guerra sucia contra ETA empezó tras morir Franco.

R. Empezó antes. Grupos antiterroristas nacen espontáneamente en la época de Franco, como respuesta a los atentados. El término guerra sucia es muy amplio. No hay ninguna guerra limpia, las guerras son todas sucias. Hay guerras irregulares, con acciones irregulares. Además, no sólo ha habido guerra sucia contra ETA, sino también dentro de la propia ETA, como la desaparición de Pertur.

P. El atentado contra Argala se atribuye a los servicios secretos de Carrero Blanco, como venganza por su muerte.

R. El atentado contra Argala figura, en mis notas, atribuido a la Triple A. Es uno de tantos grupos, entre los que estaba el Batallón Vasco Español o Comando Anti ETA. Todos tenían un sustrato ideológico de extrema derecha, con un componente muy violento y conexiones con miembros de las Fuerzas de Seguridad, que les suministraban armas. Es difícil explicar ahora el clima que había entonces.

P. En 1980 se le envía a Euskadi. ¿Qué situación encuentra?

R. Kafkiana. El detonante para que yo vaya al País Vasco es el atentado de Ispaster, donde hay seis guardias civiles muertos y ETA roba cañones sin retroceso. Es la gota que colma el vaso. A mediodía, me llama el general Gutiérrez Mellado y el presidente Suárez decide que hay que tomar alguna medida excepcional, que es nombrarme delegado del Gobierno para seguridad en las tres provincias vascas y Navarra. Mi misión era pacificar lo posible para que pudieran celebrarse en marzo las primeras elecciones vascas. Hubo medio centenar de muertos. No dormí una noche entera sin que hubiera atentado.

P. ¿Había riesgo de que los policías se tomasen la justicia por su mano?

R. Pudo haber no una, sino muchas noches de los cuchillos largos. Un atentado con cuatro o cinco víctimas produce sentimientos de venganza muy humanos y el mando tiene que tener la cabeza fría para contenerlos.

P. ¿Qué hacía Francia?

R. Todos sabían que el territorio vasco-francés era santuario de ETA. Sin esa frontera, ETA se habría acabado hace mucho. Yo estuve en Francia con Martín Villa, antes del advenimiento del PSOE, y siempre nos dijeron que era un problema español, que no querían saber nada, que los atentados eran en España. Yo les devolví la pelota luego, cuando el GAL. Y ahora nos ponemos tan estrechos. Venían protestando de que se había hecho un atentado y no teníamos control, que podían haber sido miembros de las fuerzas de seguridad españolas. Les respondía, 'es un atentado en Francia, a mí qué me dice usted'.

P. ¿Qué le decían en el Consejo Superior del Ejército?

R. Mis ideas eran un poco disonantes. El Ejército, como sabe, odiaba cordialmente al general Gutiérrez Mellado, que era mi superior y mi ejemplo. Hay que ponerse en el sitio de esos militares, que eran objeto de atentados. Con su simplismo, no comprendían cómo se podía tolerar eso sin, poder hacer una acción armada violenta. A mí me decían: '¡Sabes quiénes son! ¿Por qué no los matas?' Y yo contestaba: 'Porque me falta munición, son 250.000. Que eran los votos de HB. Era una respuesta irónica a una proposición indecente.

P. ¿Cuál era la actitud de la derecha en aquella época?

R. La ideología de la derecha en aquella época, y ahora todavía, la resumía su jefe, don Manuel Fraga, con quien también trabajé, en una frase: "El mejor terrorista es el terrorista muerto". Y hay otra frase que complementa la anterior: "Cualquier teniente de la Guardia Civil sabe lo que hay que hacer para acabar con ETA". Pues no. Yo sostenía lo contrario. Un terrorista muerto da satisfacción. Un terrorista vivo, y detenido, da información. Es más práctico. Por naturaleza, soy enemigo de toda muerte violenta, mientras no sea estrictamente necesaria.

P. ¿Hubo políticos de UCD que le pidieron más mano dura?

R. Sí.

P. ¿Puede citar sus nombres?

R. No.

P. ¿Alguna vez recurrió en aquella época a la guerra sucia?

R. Le responderé con una máxima: En la lucha contraterrorista, hay cosas que no se deben hacer. Si se hacen, no se deben decir. Si se dicen, hay que negarlas. Creo que he contestado.

P. A su vuelta del País Vasco, se le ofreció ser ministro.

R. Hubo un cambio de gobierno y el presidente Suárez me propuso ser ministro. Pero yo era general de división y quería continuar la carrera militar y llegar a teniente general; por lo que dije que sí, con esa condición. Legalmente no pudo ser, porque el decreto Gutiérrez Mellado obligaba a que los militares que entrásemos en política pasáramos a una situación especial, ya irreversible. Yo mismo propuse a Juan José Rosón. Y creo que acerté, porque fue un magnífico ministro del Interior, mucho mejor de lo que habría sido yo.

P. Durante la etapa de UCD hay un atentado, el de Cubillo, que no encaja en esas acciones de venganza o de ultraderecha.

R. Yo no querría entrar en éso ahora. Martín Villa era entonces ministro y él está teniendo en este momento una actitud muy colaboradora, dentro de la crispación de su partido. Como ministro del Interior, conocedor del paño, creo que debía atemperar un poco más a su entorno. Pero yo no quiero hablar del atentado a Cubillo. Como sabe, hay una demanda interpuesta.

P. Tras el juicio del 23-F, usted se fue de capitán general a Valladolid y Barcelona.

R. Tengo la suerte de haber estado en las dos autonomías reales: Euskadi y Cataluña. Allí me hice muy amigo del presidente Tarradellas y del presidente Pujol. Cuando tomé posesión de la capitanía de Barcelona, mandé a Pujol subir al podio, rompiendo el protocolo, y nunca lo hubiera hecho mejor. Me facilitó tremendamente mi tarea. La política, a veces, son gestos. Me llevé muy bien con Pujol y conservo una magnífica amistad con él. Añoro Cataluña. Lo que pasa es que yo había mandado dos ejércitos profesionales, la Policía Nacional y la Guardia Civil, y en Barcelona me encuentro con el Ejército normal que, viniendo de donde venía, es de pena. Lo que me reafirma en mi idea de que el Ejército debe ser profesional, porque los ejércitos profesionales son caros pero eficaces; los no profesionales son mucho más caros e ineficaces.

P. En noviembre de 1983, el PSOE le hace director general de la Guardia Civil.

R. Yo tenía mucha relación con Narcís Serra porque, siendo alcalde de Barcelona, los primeros pasos en la milicia los hizo de mi mano. Y fue un alumno muy aventajado. Luego se produce la vacante por cese de Aramburu y me traen a la dirección general de la Guardia Civil.

P. Donde vuelve a encontrarse con ETA.

R. El PSOE, al llegar al poder, pensaba quizá que ETA, por haberse iniciado en la lucha contra la dictadura, cesaría en sus acciones. La sorpresa fue cuando matan a Lago Román, el general de la división acorazada, la emblemática del Ejército. Con éso quería decir ETA: estamos aquí y de cesar los atentados, nada. Entonces vino el caerse los palos del sombrajo y el empleo de la Guardia Civil contra ETA, con preferencia sobre la Policía. El PSOE tenía en su programa hacerla civil, pero Barrionuevo pronunció su famosa frase: "Los socialistas han descubierto a la Guardia Civil". Lo que descubrió estaba ya descubierto: La Guardia Civil siempre es leal al poder instituido.

P. El frustrado secuestro de Larretxea, asumido por el Ministerio del Interior, y el posterior de Segundo Marey, cuando equivocan la víctima, reflejan una grave falta de coordinación.

R. La guerra sucia nunca fue coordinada. Se actuó por impulsos, según los atentados, los medios y el momento. ¿Cómo vas a planificar una lucha irregular? Por su propia naturaleza es imposible. Vas a remolque de las circunstancias. Pero nadie [puede planificar]. Se nos compara con la Baader Meinhoff o con las Brigadas Rojas. Es distinto combatir contra unos delincuentes que no tienen soporte ni apoyo político que contra quienes cuentan con una organización política detrás. Es el caso de Irlanda, que empezó cuando nosotros y lleva 3.000 muertos, 2.000 más que nosotros. Yo fui a Inglaterra con Martín Villa y me decían: 'Qué suerte que tienen ustedes la Guardia Civil'. Porque ellos tuvieron que meter al Ejército, y aquí hubo presiones de la derecha para meter al Ejército en el País Vasco. ¿Qué hace el Ejército en una guerra de guerrillas? No podemos ni siquiera compararnos con ellos. El IRA tenía un soporte político, el Sinn Feinn, con una cabeza, Gerry Adams, que consiguió la tregua total, porque el problema estaba en conseguir el cese de la violencia antes de negociar. Eso falta aquí, no tenemos el responsable [político].

P. ¿Por qué fue una chapuza el GAL?

R. No fue una chapuza, sino muchas, porque los orígenes eran distintos. El GAL no existía como organización unitaria y así lo dice la propia sentencia del Tribunal Supremo, recurrida y confirmada. Le voy a poner un caso. Cuando mataron por primera vez a una mujer policía, en Zarauz, se produjo una conmoción tremenda y, no me consta, pero tengo un gran porcentaje de posibilidades de acertar: un grupo de policías, amigos del padre de la víctima, que también era policía, se largaron a Txapela. Ésa era una línea, luego hay otra de [hampones] marselleses que se están ofreciendo permanentemente a los empresarios vascos, aparecen pululando por el oeste americano aquél a ver si cae algo. Y les cae, a veces. Por eso, hay atentados selectivos, menos chapuzas, y los ataques a bares, que son un verdadero desastre.

P. Se asegura que hubo un GAL de la Guardia Civil, precisamente el más selectivo.

R. Para nada.

P. En otros países, donde el Estado ha recurrido a la guerra sucia, no ha habido un debate como existe hoy en España.

R. Hay una gran cantidad de hipocresía. El problema es que existe el terrorismo. Sin terrorismo, no habría guerra sucia. Yo me siento insatisfecho porque a la democracia española, que ha avanzando en tantos terrenos, le falta la asignatura. pendiente de acabar con el terrorismo. Y lo malo no es sólo que exista el terrorismo, sino que se intente politizar en beneficio partidista, que es lo que está ocurriendo en este momento.

P. ¿Qué le parece la actitud de la derecha ante el caso GAL?

R. Me parece obscena, claramente. Porque es un aprovechamiento oportunista de una situación de Estado que tendría que ser motivo de pacto constitucional. Hay que apoyar al Gobierno al que en este momento le toca acabar con ese cáncer.

P. Usted deja la dirección de la Guardia Civil en octubre de 1986 cuando le sustituye Luis Roldán, el primer civil al frente del instituto y el mayor fiasco de la etapa del PSOE. ¿Llegó usted a sospechar de él?

R. Era impensable para todos. Yo era el menos indicado para investigar la vida de Roldán, por una razón de ética. Cada maestrillo tiene su librillo. Yo dejé la Guardia Civil y le entregué el mando. Ni él me consultaba a mí ni yo quise intervenir. Luego me llegaron noticias de irregularidades, pero de tipo menor y nunca hay que hacer caso de ellas, porque el chisme es un elemento muy de guardia civil.

P. Desde el Ministerio del Interior ¿se ha hecho algo cualitativamente distinto en la lucha contra el terrorismo con los gobiernos del PSOE que con los de UCD?

R. El Ministerio, del Interior tiene, por su propia naturaleza, unos medios para actuar contra los delitos normales, pero no contra el terrorismo, que ha impedido la total implantación del Estado democrático en España. Contra este cáncer, que existía con UCD, existe con el PSOE y, mientras exista, con quien venga, los métodos para luchar contra él tienen que ser iguales. Los detalles, las personas, serán diferentes quizá, pero la filosofía es la misma. Se puede actuar con la legalidad contra el, terrorismo, pero en el filo de la legalidad. Unas veces, un poco por el borde de dentro y otras veces, un poco por el borde de fuera.

"Me acuso de cinco delitos"

"Todos los usos que se quieran dar a los fondos reservados son ilegales. Le voy a contar una anécdota, la anécdota final de mi mandato al frente de la Guardia Civil. Habrá oído hablar de la Operación Sokoa. Pues bien: me acuso de cinco delitos en la Operación Sokoa. Primero, me entero por mis servicios de información de que ETA quiere comprar unos misiles tierra-aire para derribar el avión de una alta autoridad, a ser posible la más alta, cuando aterrice en el aeropuerto de Fuenterrabía, que está muy cerca de la frontera.Ante ésta información, para la que empleé fondos reservados, y me acuso del delito de no haber pagado IVA, me pongo en contacto con un traficante de armas conocido, que puede tener a través de servicios extranjeros acceso a un país de Oriente Medio, donde se compran los misiles. Tráfico de armas del que me acuso.

Se compran dos misiles, se manipulan para quitarles la carga explosiva y se les ponen dentro dos emisores y un poco de carga para disimular. A través de Portugal, los ponemos a disposición de ETA, llevándolos en una furgoneta mía, entrando y saliendo de Portugal sin muchos requisitos legales, y dejando la furgoneta en San Sebastián, donde ETA recoge los misiles. Colaboración con banda armada. Ese es el tercer delito. ¿O van cuatro?

Pasados unos días, activamos los transmisores y se sabe que los han puesto cerca del aeropuerto. Escuchas ilegales. Están una temporada larga. Hacemos eso con otros servicios. Los demás se cansan y se van, pero la paciencia de la Guardia Civil, y en este caso la mía, aguanta. Desaparece y luego vuelve a aparecer más débilmente la escucha.

Entonces se ve que aquello está en Francia y hay que pasar. Se pide pasar a través de unos policías franceses adictos, delito también, y llegamos a Sokoa, a una fábrica de muebles. Sin permiso, entramos en la cooperativa. Delito.

Se registra todo y no aparece nada, pero un sargento dice: hay que tirar este tabique. Tiran el tabique -daños, otro delito- y aparece todo: los misiles, la documentación, los objetivos, las listas. Se estuvo viviendo más de un año de la Operación Sokoa en la lucha contra ETA. Yo pregunto: ¿son delitos?

El fin no justifica los medios, dicen. ¡Claro que los justifica! Lo que no justifica son asesinatos, a ser posible. Actuar dentro de la legalidad, al extremo de dejar que compren los misiles, que tiren al Rey o a san Pedro, pero, eso sí, yo he actuado, dentro de la Democracia, de la Legalidad y de los Derechos Humanos. ¡Venga ya, hombre!".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de febrero de 1995

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