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Crítica:MÚSICA
Crítica

Quasthoff, gran iluminador

Hace dos años, escribí desde la quincena musical donostiarra sobre el asombroso Thomas Quasthoff. Ahora los melómanos madrileños lo han conocido por vía directa, pues muchos lo apreciaban ya a través del disco. Se trata de Thomas Quasthoff, un artista sorprendente nacido en 1959, discípulo de Charlotte Lehmann y Carol Richardson, mientras seguía estudios de Derecho en la Universidad de Hannover o compartía el tiempo trabajando como locutor en la radio de Hamburgo.Quasthoff es conmovedor, pues en su voz densa, flexible y de bellísimo timbre, se transparenta la verdad de un artista limpio de alma y de saberes, riguroso y de gran poder afectivo. En unión del gran pianista Justus Zeyen -formado con Engel, Werba y Ficher Dieskau-, nos dieron una suma de lecciones y emociones superlativas a través del liederismo más hondo: Schubert, Loewe y Brahms.

En las escenas del Fausto de Goethe, Schubert creó un "teatro interiorizado", como dice con precisión García del Busto, que en manos del dúo Quasthoff-Zeyen quedó desentrañado hasta en sus últimas y más problemáticas razones.

Todo gran intérprete debe ser, sobre todo, un iluminador de la música que asume. En Prometheus, El cantor y El hijo de las musas, las tres sobre poemas goetheanos, descubrieron las galerías más recónditas de un Schubert capaz de volar, otras veces, con la levedad y la gracia de la célebre Trucha que tuvimos como propina.

Trascendencia

Carl Loewe (Halle, 1796-Kiel, 1869) constituye no sólo en sus Baladas -su creación más original- sino en sus varios cientos de lieder un gran capítulo en la historia de la lírica vocal de cámara. No es genial en la medida de Schubert y de Brahms, pero su música alberga posibilidades reservadas quizá a los muy grandes. Como Quasthoff lo es, supo cantar, entonar y declamar páginas como El príncipe Eugenio o Edward.

En fin, en el nuevo diálogo de Brahms con la muerte, ocho años posterior al del Requiem germano, el dúo Quasthoff-Zeyen dio con la trascendencia grave, humanística y religiosa de los Cuatro lieder bíblicos, de 1896, supremo adiós del compositor apoyado, principalmente, en textos del Eclesiastes, para proclamar la más alta virtud teologal: la caridad.

La despedida de Thomas Quasthoff se demoró largamente, pues la Zarzuela era un hervidero de entusiasmo y las páginas fuera de programa se sucedían una tras otra. Si por los asistentes fuera, todavía estaríamos gozando el privilegio de una experiencia estética singular e inolvidable.

Ciclo de Lied P. Quasthoff y J. Zeyen (voz y piano). Obras de Schubert, Loewe y Brahms. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 22 de febrero.

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