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Tribuna:

Iberia

Una se pregunta, alborozada, si el severo ataque, la descalificación sistemática que han recibido los pilotos de Iberia a raíz de la actuación de su sindicato en el conflicto de la empresa, obedece a un retorno de lo que nunca debió morir. Una se acelera, esperanzada, ante el furor con que, desde instancias oficiales, se les ataca y señala como únicos responsables de la sublime decisión que hay que tomar, de la puñetera calle que espera a 5.200 trabajadores. Pues, siendo verdad prácticamente contrastada que los pilotos forman una casta de señoritos que no sólo han cobrado siempre más que nadie, sino que además tenían el santo papo de ir a las reuniones luciendo prendas de marca, acaso esta bendita indignación no es sino síntoma de que se está volviendo al socialismo. De nuevo la lucha de clases. Guau.Guau y miau. Porque qué estupendamente les viene a los otros señoritos, los que se han farreado previamente Iberia, que los pilotos defiendan sus intereses puestos en jarras de caderas enfundadas de Armani. Señoritos, los primeros, que cumplieron órdenes con diligencia a la hora de comprar Aerolíneas Argentinas, vamos a suponer que para que Menem permitiera a Telefónica meterse en su país; y para adquirir a Francia innecesarios airbuses que, posiblemente, engrasaron nuestras relaciones con aquel país y facilitaron éxitos en la lucha transpirenaica contra ETA. Y para encargar -detalle no por anecdótico menos significativo- nuevos uniformes al modisto de turno, cuando el personal de vuelo tenía los armarios llenos (los uniformes los pagan los trabajadores, dicho sea de paso; pero digo yo que alguien de arriba habrá fardado lo suyo al hacer el encargo).

Que yo sepa, a los pilotos no se les caen los aviones. A los otros se señoritos se les fue de las manos la compañía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de diciembre de 1994