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Lo que sea menos torear

Hay toreros que no torean ni hartos de vino. Hay toreros que harían cualquier cosa para no torear. En realidad no deberían tener problema: con no pisar el ruedo, sería suficiente. Pero no es esa la cuestión: quieren pisar el ruedo todos los días de su vida; una vez pisado, que, les aplaudan y les vitoreen, hacerse multimillonarios; comprar fincas de regadío, un cortijo en Linares, un chalé en Montoro, dos mersede, la rancherá y la vaca lechera.Sacar tan fructífero partido a la profesión de torero sin torear parecerá imposible, pero eso es según se mire. De tres décadas a esta parte se han hecho multimillonarios unos cuantos toreros sin torear lo que se dice nada. Paradigma de este selecto club es El Cordobés, que pegaba el salto de la rana y dejaba traspuestos a sus partidarios pues creían que se trataba de una tentativa de suicidio.

Puerto / Mora, Lozano, Jesulín

Toros de Puerto de San Lorenzo, muy bien presentados, serios y con casta; 5º -de impresionante arboladura- y 6º mansos; éste, destruído en varas. Juan Mora: cuatro pinchazos y dos descabellos (silencio); bajonazo (división y gran abucheo cuando va a saludar). Fernando Lozano: media descaradamente baja y cuatro descabellos (pitos); pinchazo, otro junto a la paletilla -aviso- y estocada corta perdiendo la muleta (bronca). Jesulín de Ubrique: media estocada caída, dos ruedas de peones -aviso- y se tumba el toro (pitos); dos pinchazos -aviso-, metisaca bajo, pinchazo hondo y dos descabellos- (división). Plaza de Las Ventas, 20 de mayo. 7ª corrida de feria. Lleno .

Luego vinieron otros que no necesitaban tomarse tanta molestia y sustituyeron el salto de la rana por el derechazo. Cosas más raras se habrán visto. Pegando derechazos lejos del pitón, con el pico de la muletona, apretando a correr una vez consumado el mantazo- tampoco se torea y tiene la ventaja de que no se sale la hernia. Gracias a semejante técnica han logrado sus más consumados especialistas fama, honores y billetes, y este es el motivo de que la emplee la torería entera, con muy raras y honrosas excepciones.

Los tres diestros del cartel aspiran a ser figuras del toreo sin torear, y aunque ninguno de ellos ha alcanzado aún la meta, todo se andará. A Juan Mora le puede costar más que a los otros, pues fuera de la ocasión presente va, y torea, y resulta que suele, hacerlo muy bien. Acaso padezca crisis de identidad que le hacen, olvidar esporádicamente el toreo y eso debió suceder: cuando se vio delante de los encastados toros de Puerto de San Lorenzo, le sobrevino el síndrome.

Ponía aflamencadas posturas Juan Mora en recuerdo de tiempos mejores -los de su demostrada torería- pero aflamencarse no basta para torear, sobre todo si se pone el artista fuera de cacho y embarca, desparrancado, con el pico de la muletaza tan lejos cuanto le permite el brazo. En sus derechazos al cuarto toro sólo le faltó coger una cana, atar la muleta en la punta y venteársela al toro desde la lejanía.

Los otros espadas destorearon tal cual, salvados estilos y temperamentos. Fernando Lozano con cierta torpeza y no por nada sino porque está poco pla ceado. El público protestó sus pases desabridos y no parecio muy justo pues, al fin y al cabo, fue el único de la terna que ligó algunas series de derechazos. El toro quinto, de impresionante arboladura, manso y duro de pezuña, le desbordó en la faena de muleta, se puso gazapón, y el afligido diestro pasó serios apuros para cuadrar y matar. En trambos dieron un sainete.

La gracia de Jesulín de Ubrique consistía en negarse a torear, y procuraba al efecto que el toro no le embistiera. Mas si por la naturaleza de su casta embestía de todos modos, empleaba una de las dos soluciones alternativas que la neotauromaquia ha descubierto para estos casos: solución a), situarse al hilo del pitón, meter pico, marcharse a escape, siguiendo fielmente la técnica propia del derechacismo galopante; solución b), solicitar del picador (respetuosamente), que le dejara el toro para el arrastre.Al tercero de la tarde le aplicó Jesulín la solución a). Al sexto le Iplicó la solución b), y este pobre animal salió de la carnicería lamentando haber nacido. Verio inmóvil y agonizante, Jesulín se sintió en sus salsas, e instrumentó en plenitud el destoreo de su especialidad, que cifra en pegarse al pitón, pendular muleta, citar de espaldas y toda la gama. La verdad es que tuvo escaso éxito y mientras unos aplaudían otros le mandaban al circo. El despanzurrado animal cerró un corridén de toros de irreprochable trapío, a cuya lidia infame correspondieron enseñoreándose del redondel. Suele ocurrir cuando les echan toros de casta a unos toreros que no quieren torear, así lo mande el Papa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de mayo de 1994