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CINE / 47º FESTIVAL DE CANNES

Alan Rudolph se plagia de nuevo a sí mismo

Decepcionante retorno de Andrei Konchalovski a Rusia con 'Mi gallina Riaba'

Como todas las películas del independiente norteamericano Alan Rudolph, La señora Parker y el círculo vicioso tiene dentro buen gusto, una filmación eficaz y un elegante y peculiarísimo sentido del ritmo. Sin embargo, una vez más el cineasta se plagia a sí mismo, lo que convierte al círculo vicioso al que alude el título del filme en doblemente cierto, pues es aplicable tanto al personaje como a su autor. No obstante, esta aceptable película es una gerdalidad si se la compara con la rusa Mi gallina Riaba, donde Andréi Konchalovski retorna del exilio a sus raíces con tanta torpeza que su autoplagio es doblemente mortal: suicida para él y homicida para quienes aguantan sin sublevarse esta ofensa al cine.

Quien viera hace unos años Los modernos puede decir que ya ha visto lo más significativo de La señora Parker, ya que nada nuevo añade.En Los modernos, Rudolph describía -sin lograr atravesar la piel de los personajes y quedándose en el umbral de sus andanzas- el exilio bohemio y gandul de la corte parisiense de Gertrud Stein, agitadora y mecenas artística con vocación de cazatalentos. En La señora Parker, Rudolph indaga, con evidente paralelismo respecto de la anterior, en la vida de la narradora, dramaturga, poeta y guionista de cine Dorothy Parker, que durante algunos años animó una tertulia llamada La Tabla Redonda, en la que un grupo de escritores, comediantes y periodistas que frecuentaban el Hotel Algonquin de Nueva York, también en el periodo de entreguerras, alcanzaron alguna notoriedad.

La primera mitad de la película -potencialmente lo más interesante de la historia: la vida y milagros de aquel pequeño y sofisticado grupo literario y artístico- es, sin embargo, cinematográficamente la más farragosa. Narra los cotilleos de alcurnia en aquellos años en Manhattan, por la que resulta bastante ininteligible: una acumulación de nombres y de guiños sin armazón dramática, en que, a falta de tronco, la cámara se pierde, y nos pierde, en las ramas de un árbol seco.Y nos vemos obligados a recordar al Rudolph de hace 10 años: el de Elígeme, que sigue siendo muy superior al posterior, pues éste no acaba de encontrar un buen cauce para sus dotes.

Hace casi 30 años, Andrei Koncholovski, un joven nacido en la alta aristrocacia soviética, filmó su primer largometraje titulado La felicidad de Assia. La censura estalinista se lo prohibió y secuestró: era demasiado libre. Siguió haciendo buen cine en su país -Tío Vania, Siberiada- hasta que en los primeros años ochenta se exilió e hizo en Estados Unidos media docena de películas del montón, con la excepción de El tren del infierno, que superaba la medianía de las otras. Mi gallina Riaba nace en plena libertad y es una película tiránica, porque es esclava del vacío, de la carencia de ideas, del nada que decir a nadie, de la pérdida de la generosidad de su autor incluso para consigo mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de mayo de 1994