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Tribuna:

La muerte

Yo, cuando. estoy muy agobiado, recuerdo que tengo que expirar un día, y enseguida una corriente de felicidad me recorre la espalda. Ahora la muerte se está poniendo de moda en Estados Unidos, lo contaba Vicente Verdú el martes pasado en las páginas de Sociedad de este periódico: si miras la lista de los libros más vendidos, resulta que 12 tratan de la muerte. Y es que la idea de la eternidad está bien para un rato, pero si dura mucho cansa, igual que los percebes. Y eso es lo que les pasaba a los americanos, que con lo de la salud habían llegado a vivir como si fueran eternos y ahora les apetece disfrutar un poco del alivio de saberse mortales.Además, es que a los americanos se les tiene que hacer la vida larguísima desde que han dejado de fumar y de organizar guerras. Por eso, quizá, necesitan cerciorarse de que dentro de 100 años todos calvos. Y se cercioran así, leyendo libros que cuentan las diversas maneras de morir, porque en el fondo no se lo creen. Yo hice footing durante una temporada embutido en un chándal innoble y me parecía mentira la idea de que un día podría dejar de correr sin reprochármelo.

La verdad es que la muerte es un alivio, aunque sólo sea por dejar de hacer footing. Nixon tiene mejor aspecto ahora que cuando estaba vivo. He leído algunos artículos que se han escrito sobre él y goza de un aspecto histórico envidiable. Lo malo es que no sabe uno cómo morirse.

Leí un libro de Tusquets en el que se decía que el método más seguro consistía en llenarse de barbitúricos y atarse una bolsa de plástico alrededor del cuello. Lo que pasa es que si eres claustrofóbico lo de la bolsa agobia mucho, aunque sea de El Corte Inglés. Si en los sex-shops abrieran cabinas especiales para morir a solas, agarrado a su sexo, serían un éxito.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 13 de mayo de 1994