Crítica:TEATRO - 'PASODOBLE'Crítica
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Un eslabón perdido

Pasodoble es una obra de 1973. Romero Esteo, miembro de la generación del teatro subterráneo español bajo Franco, apadrinada por el hispanista Wellwarth, por el profesor exiliado Ruiz Ramón, ha sido objeto de numerosos ensayos, y en todos ellos se le ha considerado como un personaje excepcional por su intento de ruptura. Como todos sus compañeros de lo que podríamos llamar generación, aunque representen distintas edades, ha sufrido luego de la imposibilidad, o de la poca suerte, en el contacto con el escenario: lo escrito no brillaba representado.

Lenguaje directo

Pasodoble

De Miguel Romero Esteo.Intérpretes: Rosario Lara y Roberto Quintana. Escenografia: Javier García. Vestuario: Creativo Fridor. Dirección: Alfonso Zurro. Centro Andaluz de Teatro. Sala Olimpia, 11 de febrero.

Convencidos ellos, por sí mismos y por sus admiradores y exegetas, de que sus obras eran maestras y no podían quedar solamente en sus ediciones y en la historia, las sacaron del sueño que había sido obligado por la censura, pero probablemente cuando la sociedad ya no quería claves, sino lenguaje directo y claro; no quisieron, o no pudieron, transformar su escritura en la adhesión al presente, y no salieron adelante. Todo esto se ha confundido con una polémica, a veces enfurecida, entre realismo y vanguardias, cuando no tiene nada que ver con ello.Pasodoble, 20 años después, tiene un cierto renacimiento afortunado por un regreso (es una forma de hablar: nunca se regresa; siempre es todo - nuevo, aunque se vean otros antecedentes) al puritanismo, a algunas de las antiguas formas de relación. El lenguaje singularísimo de Romero Esteo, donde continuamente aparece la palabra insólita forzada por un ripio, por un parentesco sonoro que no tiene relación aparente con lo que se dice o sucede, sino una especie de unidad inmaterial como la que el abate Bremond señaló hacia 1926, cuando empezó a hablar de la "poesía pura" y cuando en Francia se iniciaban estos juegos profundos; tiene relación con la "escritura automática" y probablemente con un acondicionamiento especial que tienen ciertos escritores, o no escritores, para encontrar relaciones sonoras de las que pueden salir hallazgos a veces. Este balbuceo, hace 20 años, era el del discurso que no podía expresarse, la incoherencia del oprimido -psiquiatrizado por la camisa de fuerza del régimen-, y tenía su sentido propio.

El título, la estampa, la música del pasodoble, es así una relación con España, y la historia de lo que aparece como pleito conyugal, y la forma de detestar formas de vida impuestas, y el doble asesinato de un santo obispo -por la navaja, por la horca-, y los intentos sadomasoquistas de los dos personajes unidos a la fuerza hubieran tenido, entonces, todo su sentido. Por eso no fue representada, aunque sí publicada (Primer acto, 1973).

Se encuentran hoy resonancias de lo que el pasado tan próximo nos ha legado, y de lo que puede revivir, en cuanto a puritanismo y conservadurismo; y un interés literario casi técnico para esta especie de lenguaje, aunque llegue a ser dolorosa su prolongación durante casi dos horas. Y se encuentra, sobre todo, un raro prodigio de interpretación y de dirección del Centro Andaluz de Teatro. Es un diálogo de actor y de actriz, que son Roberto Quintana y Rosario Lara: resuelven la dificultad infinita de memorizar este texto, de darle un sentido, de humanizarlo; teñirlo con el humor necesario, graduar la acción desde el lento protocolo de relaciones del principio hasta la casi masacre del final, el arte de conducir cada uno de ellos su personaje y relacionarlo con el otro y con los objetos diseminados y escondidos por los artificios del decorado. Y la dirección inteligente de Alfonso Zurro, que no deja cesar el movimiento ni un solo instante, y crea recursos teatrales para resaltar lo literario. El Romero Esteo de las ediciones y los ensayos salta aquí, tratado como se le debía, hacia una calidad enteramente teatral.

El medio

A mí siempre me quedará la idea de que esta obra, y otras de su autor y de otros autores de entonces, no son ya un fin, sino que debían haber sido un medio, un camino de evolución del teatro español; que tenían que haber sido abandonadas a tiempo. Pero esta ucronía no sirve de nada. Todo fue como fue y como es; no creo, como el anotador del programa Alfonso Zurro, que pueda ser el inicio de un nuevo despertar; pero sí que es un valioso eslabón perdido en la historia del teatro.Las ovaciones se multiplicaron y se alargaron al final de la obra: se dirigían a los dos excepcionales actores que habían pasado la difícil prueba con éxito. No aparecieron ni el autor ni el director.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0014, 14 de febrero de 1994.