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Otra vez

Ya están aquí otra vez: los antiabortistas. Emergen de la noche de los tiempos como muertos vivientes, envueltos en sus sotanas y sus prejuicios, y te obligan a participar en una batalla que tú creías resuelta hace ya mucho. Y no es que el tema del aborto esté agotado, o que no se pueda, e incluso se deba, seguir reflexionando sobre este asunto tan grave y doloroso: sobre cómo ayudar a las mujeres que están en tal trance; o cómo conseguir que la sociedad se responsabilice de las embarazadas, de manera que ninguna se vea obligada a abortar sólo por razones económicas. O sobre el papel del hombre en estos casos: hay varones que, directa o indirectamente, fuerzan a sus compañeras a abortar, y otros que consideran que sus derechos y sus ensueños de paternidad han sido bárbaramente pisoteados. Hay que analizar los métodos abortivos, estudiar bien las consecuencias; y hay que intentar evitar por todos los medios que las mujeres tengan que llegar a una solución tan dramática, a esa herida interior que siempre deja huellas.De modo que hay mucho que decir sobre el aborto, pero por desgracia no es posible decírselo a los antiabortistas radicales, a la jerarquía de la Iglesia dura. Con ellos no hay manera de comunicarse,' porque plantean la batalla desde un sitio imposible y desde luego impensable, desde la irracionalidad, la arbitrariedad y el fanatismo. Unos señores que, en un mundo trágicamente superpoblado y asolado por el sida como el nuestro, predican que el uso del condón es pecado mortal, carecen de credibilidad intelectual e incluso se diría que moral (por la irresponsabilidad, y por el daño que producen) para intentar. imponer sus ideas sobre el aborto. ¿Pero en qué mundo viven? Son residuos de otras eras, trilobites cámbricos. Salen de la noche y murmuran dogmas que me dejan helada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 19 de noviembre de 1993.