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Editorial:

La hélice de la vida

LA SEMANA pasada se reunieron en París 300 científicos para celebrar el 400 aniversario del descubrimiento de la estructura del ácido desoxirribonucleico (ADN). Lo que se esconde tras ese formidable vocablo, y el hoy ya popular acrónimo ADN, es nada me nos que la molécula que atesora toda la información necesaria para que los seres vivos vayan conformándose, en su extraordinaria complejidad, desde que son concebidos como una única célula. El ADN de ésta contiene las instrucciones para sintetizar todo el material biológico con que se irá formando el organismo completo, así como para autorreplicarse y transmitirse al conjunto de todas las células que lo componen.De esta manera, todas y cada una de nuestras células -como las de cualquier otro ser vivo, o los organismos más simples, como los virus- portan esa clave que se transmite a lo largo de las generaciones y que garantiza la extrema estabilidad de los seres vivos, junto con un margen para la variación que permita la evolución, y, con ella, la progresiva adaptación al medio en que esos mismos seres han de desenvolverse.

A dos jóvenes e imaginativos científicos, el norteamericano Watson y el británico Crick, presentes también en París, les correspondió el honor de descubrir la estructura del ADN, una diminuta cadena, aunque larguísima en dimensiones moleculares, en forma de doble hélice, que contiene en su interior la totalidad del mensaje genético que cada ser vivo transmite a sus descendientes, y gracias al que éstos acaban por constituirse en seres vivos con las características propias de su especie. Ese mensaje está expresado en términos de un lenguaje, de un código, escrito con ayuda de cuatro letras que se corresponden con cuatro moléculas simples que aparecen escritas por millones a lo largo de la hélice, y en cuyo desciframiento participó de manera destacada el español Severo Ochoa. Toda una fascinante maquinaria molecular, de asombrosa perfección, fruto de la evolución natural a lo largo de miles de millones de años.

El descubrimiento del ADN no fue, por cierto, el resultado de un programa de investigación aplicada; fue, como la mayoría de los grandes descubrimientos que revolucionan toda una ciencia, el resultado de un programa de investigación de los llamados básicos, cuya finalidad es profundizar en el conocimiento de la realidad y satisfacer así la curiosidad humana. Pero como todos los verdaderos descubrimientos científicos, si son de la envergadura adecuada, tarde o temprano encuentran aplicación. En este caso, sus aplicaciones pueden modificar radicalmente el modo de proceder en campos completos de la sanidad o la nutrición.

Justamente, el proyecto del genoma humano tiene como finalidad desentrañar toda la información contenida en el ADN humano, es decir, encontrar la raíz genética de los caracteres, incluidas ciertas enfermedades de origen genético que conforman a cada individuo. Los beneficios que pueden obtenerse de la manipulación genética en plantas y animales empiezan a ser evidentes, aunque el tratamiento legal de los resultados, y los límites que deben imponerse a una tal manipulación, son hoy objeto de discusión por parte de autoridades, juristas y científicos de todo el mundo.

Con todo, los problemas más delicados se refieren, como es natural, a la utilización de la información genética de los seres humanos y, con mayor razón, a su posible alteración. En los países más avanzados empiezan a elaborarse leyes y códigos que garanticen una utilización segura de las técnicas genéticas. Al conocimiento en sí no pueden ponérsele más fronteras que su propia dificultad, pero las aplicaciones prácticas de esos conocimientos deben ser cuidadosamente reguladas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 29 de abril de 1993