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Torearon al natural y se armó el alboroto

Vázquez / González, Jiménez, VázquezTres toros de José Vázquez (tres fueron rechazados en el reconocimiento), desiguales de presencia, 1º y 3º bravos, 2º inválido. 4º de Peñajara, un ensabanao de preciosa lámina y capa, serio, poderoso y bravo, acabó agotado; dos de Gabriel Hernández, con trapío: 5º poderoso manejable, 6º basto y grandón, de 654 kilos, manso.

Dámaso González: estocada corta delantera y descabello (silencio); medía y descabello (silencio).

Pepín Jiménez: medía (oreja protestada); estocada corta delantera (silencio). Javier Vázquez, que tomó la alternativa: tres pinchazos y otro descordando (silencio); estocada y descabello (palmas).

El banderillero Antonio Gil sufrió una cornada menos grave en el glúteo. Se guardó un minuto de silencio y la banda tocó la Marcha Real, en memoria de Don Juan de Borbón. Plaza de Las Ventas, 4 de abril. Dos tercios de entrada.

JOAQUÍN VIDAL

Javier Vázquez en el toro de su alternativa y Pepín Jiménez en el primero de su lote se echaron la muleta a la izquierda nada más tantearlos, y ya estaba armado el alboroto. El toreo al natural es lo que más gusta y divierte, como las coplas de Reverte. La afición ve a un torero echándose la muleta a la izquierda, y le repican jubilosas las campanillas de la esperanza. Luego el repiqueteo seguirá gozoso o no, depende, pero el mérito del torero se le reconoce, la relación tormentosa con la fiesta se reconcilia.

Pepín Jiménez, diestro maduro, y Javier Vázquez, joven toricantano, torearon al natural unas veces muy bien, otras muy mal, dependía. Al toricantano le faltó templar muchos de sus naturales y es justo señalar que un vientecillo inoportuno le flameaba el trasto afranelado en los momentos cruciales de la suerte. Al veterano coletudo le faltó quietud, quizá mando para poner en su sitio una temperamental embestida que le desbordaba. Ahora bien, cuando cogía el temple uno, o conseguía pararse el otro haciendo de tripas corazón y jugándose la integridad de las femorales, torearon por lo grande. Los naturales que instrumentaron fueron hondos, sentidos, de esos que rezuman torería y alegran los corazones.

Bajaban tanto la mano de torear ambos muleteros, que el toro les pisaba la pañosa. A Javier Vázquez le ocurrió bastante; menos a Pepín. La faena de Vázquez tuvo variedad, aunque la deslució su destemplanza. Luego mató mal, y por eso cuando el público le echó cuentas, dio lo comido por lo servido y silenció su labor. La de Pepín Jiménez transcurrió atropellada, valentona a ratos, garbosa para resolver situaciones comprometidas, y además la coronó su autor dejando media lagartijera, lo cual indujo a unos cuantos espectadores a pedir la oreja y al presidente a concederla, mientras el resto de la audiencia manifestaba su disconformidad con el premio.

Al sexto toro, un manso grandón que cogió en la brega al peón Antonio Gil, Javier Vázquez lo porfió pases valen tones. El quinto se puso reservón y Pepín Jiménez acentuaba el defecto ahogándole la embestida. Tampoco se cruzaba, como manda Dios que se crucen los toreros. Lo denunció una gran voz procedente de los espacios siderales: "¡A ver si se cruza usted, don Pepín!". A Don Pepín no pareció estremecerle esta sobrecogedora reconvención, que llegaba del más allá; antes bien, fue, y volvió a matar de una estocada.

Dámaso González compensó la abundosa aportación de naturales pegando derechazos. No se acopló con su primer toro y hubo de liquidar al cuarto, que se agotó tras la pelea en varas. Resultó ser este toro uno de los más bonitos que haya parido madre-vaca en las dehesas de Iberia. Vestía su imponente trapío con un pelaje ensabanao, ilustrado a botinero por las patas, a zaíno por el morrillo y a cárdeno por su careto rizoso y guapo. Y no sólo tenía estampa, pues sacó poder y derribó. No fue el único en la tarde: otros dos tumbaron plazas montadas y un tercero desmontó, lo cual también alegró el cotarro; y no por nada (no por el gusto de ver cómo caen picadores desde un segundo piso, por ejemplo) sino porque el toro de trapío y poder da sentido a la lidia. Y si además comparecen diestros cabales que se echan la muleta a la izquierda y lo torean al natural, esa es la fiesta verdadera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de abril de 1993

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