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Editorial:

Biografía y política

PARA MUCHOS de los estudiantes que el jueves trataron de boicotear la charla del presidente del Gobierno en la Universidad Autónoma de Madrid, el poder está representado seguramente, desde que pueden recordar, por Felipe González (además del rey Juan Carlos). Que exista democracia, que la gente pueda expresar libremente sus opiniones, incluso que el primer ministro pueda ser interpelado por los estudiantes en el aula magna de su facultad debe parecerles algo tan natural como habitual. Sin embargo, como les recordó González, tales cosas eran inconcebibles en España cuando él, y otros muchos, iniciaban, en los años sesenta o setenta, y precisamente en las aulas de la universidad, su aprendizaje político. Pero aprender significa adquirir una memoria que trasciende la propia biografía: adquirir conocimientos por otros procedimientos, además de la experiencia personal.Algunos de los que trataron de impedir hablar a González se mostraron orgullosos de su gesta -"nunca le han pitado tanto"-, y tal vez hasta se hayan sentido unos héroes al escuchar los elogios que les han dirigido algunos comentaristas. Sin embargo, sus abucheos más bien reflejan lo contrario: miedo a disentir del nivel medio establecido en su ambiente, temor a desentonar respecto a los lugares comunes dominantes actualmente en la universidad. Su gesto, por el que sabían que nada arriesgaban, no fue de rebeldía, sino de gregarismo.

Pero precisamente porque reflejaban opiniones y actitudes muy extendidas entre la juventud, y en toda la sociedad, la jornada puede resultar provechosa para el presidente. Es cierto que esas opiniones tienen que ver con el estilo sumarísimo que se ha instalado en muchos medios de comunicación. Entre la afirmación de que el PSOE es "una cueva de ladrones" y cualquier otra que intente matizar la anterior -recordando, por ejemplo, que todos los partidos se han financiado de manera irregular-, la primera siempre tendrá el éxito de lo cortante y maniqueo. Algo que adoran, más que los jóvenes, los que quieren ser reconocidos por ellos como sus maestros. Pero es igualmente cierto que esos demagogos que contraponen la verdad palpitante a la verdad a secas llevan una década tratando de deslegitimar al Gobierno por los más diversos procedimientos, y sólo ahora han obtenido eco. Ello se debe a que diez son muchos años, pero también a que lo de Filesa no es un escándalo más.

Así parece haberlo entendido González al admitir, por primera vez, que en un asunto como ese existen, además de las penales que pudieran establecer los jueces, responsabilidades políticas; y que él asumirá las suyas. Se trata de una afirmación sometida a varios condicionantes que podrían discutirse desde diversos puntos de vista. Pero que parece anunciar una línea diferente a la de la negación de la evidencia seguida por su partido hasta el presente. Esta segunda línea fue la defendida en León horas después, y con admirable aplomo, por el vicesecretario general del PSOE, Alfonso Guerra. Sostuvo éste que el partido socialista, algunos de cuyos gastos electorales fueron pagados por Filesa, nada tiene que ver con dicha empresa, sin ofrecer interpretación alternativa alguna a la obvia que se deduce de los datos conocidos, y volvió a recurrir a la teoría de la conspiración para explicar la vinculación establecida entre esa firma y la financiación de su partido.

Al pronunciarse como lo hizo en la Universidad Autónoma, González ha asumido riesgos políticos considerables. Es posible que no pensase llegar tan lejos, y que las circunstancias le forzaran a ello. Pero es seguro que su credibilidad depende de que sea capaz de marcar distancias respecto a la teoría de la conspiración universal autoexculpatoria y, por el contrario, de dar la cara y de oponer argumentos a los intentos de descalificación general. Como hizo el jueves ante los estudiantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de marzo de 1993