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Editorial:

Un paso arriesgado

AL ANUNCIAR el jueves que iba a convocar un referéndum (que ayer rechazó el Parlamento) para que el pueblo ruso escogiese entre él y el Congreso de los Diputados, el presidente Yeltsin dio un paso muy arriesgado, cargado de amenazas para la muy relativa estabilidad política de Rusia. El presidente no tiene poderes para convocar el referéndum, y por tanto, lo que puso en marcha fue la recogida de un millón de firmas, preceptivas para que la consulta pueda celebrarse. Volviendo a un estilo populista que le dio buenos resultados en otras épocas,, Yeltsin hablé en un gran mitin en una fábrica de Moscú. Pero los aplausos mitineros no pueden disimular que, desde el primer momento, Yeltsin chocó con serias dificultades para su plan de referéndum, incluso entre personas que han sido cercanas a él: el vicepresidente Rutskói expresó su desacuerdo, y asimismo, de manera más disimulada, los altos jefes militares. En la jornada de ayer, después de una intervención del presidente de la Corte Constitucional y de numerosas gestiones, Yeltsin y el presidente del Parlamento, Jasbultov, se encontraron para buscar una solución que supere el actual enfrentamiento entre el legislativo y el presidente de la República.Yeltsin tiene razones para considerar que el Congreso osbtaculiza una política de reforma indispensable para que Rusia avance hacia una economía de mercado. El, Congreso fue elegido en 1990, cuando aún el PCUS manejaba el cotarro político, y en su seno hay un sector decidido a impedir cualquier paso de tipo democrático. Entre el conjunto de los diputados hay diversos grupos poco cohesionados y mucha confusión, lo que produce actitudes contradictorias: hace una semana, Yeltsin pudo impedir que se votasen unas enmiendas constitucionales que le hubiesen impedido gobernar; pero después, el Congreso rechazó al primer ministro Gaidar y tomó otras medidas encaminadas a dificultar la política de Yeltsin. Es lógico que éste se índigne porque a pesar de sus esfuerzos para pactar con los grupos centristas, en el seno de éstos no se respeten los compromisos y predominen actitudes contrarias al Gobierno.

Para comprender la reacción de Yeltsin hay que recordar su carácter aventurero. Él se siente bien en las situaciones límite, cuando hay un enemigo claro al que combatir. Así hizo contra Gorbachov y el Búró Político cuando éste le expulsó de sus filas; y salió adelante. Así hizo contra los sublevados de agosto de 1991, con pleno éxito. Pero ahora la situación es otra. Hacer del Congreso el enemigo es ignorar que entre los diputados hay muchas tendencias, pero que pueden unirse si se sienten atacadas como poder-legislativo. El error básico de Yeltsin se refleja en una frase de su discurso en la fábrica Moskvich. "En Rusia", dijo, "hay dos líneas políticas enfrentadas y que no pueden coexistir. El presidente y el Congreso aplican la reforma de manera distinta". Pero la esencia de la democracia es que coexistan líneas políticas distintas. Lo que falta en Rusia -y es lo que Yeltsin quiere suprimir- es una delimitación neta de los poderes del Ejecutivo que le permita gobernar. El referéndum, en vez de resolver los problemas en los que urgen cambios, podría ahondar las divisiones, incluso entre las personas que desean la democracia y la economía de mercado; podría aumentar la ingobernabilidad del país. La propia popularidad de Yeltsin está en descenso, y no hay seguridad de que triunfe. Por otra parte, el anuncio de un referéndum contra el Congreso suscitó inmediatos temores; se bordeaba la inconstitucionalidad. Para cortar cualquier amenaza, en la mañana de ayer, Yeltsin y Jasbulátov lanzaron un llamamiento pidiendo que no se realicen actos perturbadores y que se respete escrupulosamente la Constitución. El documento fue el prólogo de la conversación celebrada más tarde. En las gestiones desarrolladas durante toda la jornada, varias hipótesis fueron barajadas para preparar una salida de la crisis: se habló de renuncia de Yeltsin al referéndum o de modificación del contenido de éste. También de una nueva presentación de Gaidar como jefe de Gobierno, que esta vez sería aceptada por el Congreso. En todo caso, el ataque frontal de Yeltsin contra el Parlamento -por justificadas que estén sus quejas contra él- ha sido un error en estos momentos. Pero parece existir un campo suficiente para compromisos que permitan seguir la política de reforma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1992