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Tribuna:

Caído en el campo de honor

En marzo de 1983, de paso por Nueva York, visité a Néstor Almendros en su apartamento de Broadway. Al poco de llegar apareció allí Reinaldo Arenas, y Néstor nos fotografió a los dos en su terraza, de espaldas al Empire State Building, que, precisamente aquel día, conmemoraba el cincuentenario de King Kong (¡tan merecido y menos engorroso que el del V Centenario de la hazaña de Colón!). Un enorme gorila de plástico se abrazaba a la punta del rascacielos zarandeado por el viento como una manga de aire. Media hora después se deshinchó y rompió. Pero la cámara de Néstor captó el instante: Reinaldo Arenas y yo sobre un fondo de bruma neoyorquina presidido por la majestad e irradiación emblemática de King Kong.Fue la primera y única vez que vi a Reinaldo Arenas. Conocí alguno de sus libros, y la lectura de El mundo alucinante y Arturo, la estrella más brillante me convenció enseguida de que se trataba de uno de los grandes escritores en castellano, miembro por derecho de ese soberbio quinteto de novelistas cubanos -con Lezama, Carpentier, Cabrera Infante y Sarduy- absolutamente irrepetible y único. Ni México, ni Argentina, ni desde luego España pueden vanagloriarse de haber poseído a la vez en este siglo cinco escritores de tal fuste y talla (no incluyo entre ellos a Virgilio Piñeira, pues su enorme talento literario se manifestó sobre todo en el relato breve y en el teatro).

Arturo, la estrella más brillante me pareció uno de los textos más bellos, precisos y conmovedores sobre el horror y heroísmo de la condición humana: una pequeña obra maestra. Creo que manifesté mi entusiasmo por él en una reseña publicada en EL PAÍS, pero fui el único o casi el único en hacerlo. Reinaldo había sido catalogado de una vez para siempre como disidente cubano, y su obra, englobada en la nebulosa de autores testimoniales desafectos a un régimen que contaba y cuenta aún con numerosos defensores estratégicamente situados en los medios informativos de España e Hispanoamérica. Su creación literaria era despachada de ordinario en unas pocas líneas: escritor anticastrista, refugiado en Estados Unidos, un marielito más. La riqueza y fulgor de su prosa, su extraordinaria capacidad sugestiva, la violencia genésica que la fundaba pasaban inadvertidas a quienes lo habían clasificado o, por mejor decir, desclasificado en sus manuales de literaria entomología. Cuando se suicidió, en diciembre de 1990, la noticia no mereció sino una escueta columna en la sección cultural de nuestro principal órgano informativo.

Reinaldo Arenas molestaba: como su amigo Virgilio Piñeira, había descubierto muy pronto la triple maldición que significaba en Cuba -y fuera de ella- el ser pobre, homosexual y escritor. Su rebeldía instintiva le condenaba a enfrentarse a la masa informe, enmascarada e hipócrita de los bienpensantes: los loros y periquitos portavoces de la verdad y el pensamiento correcto. Por amigos comunes me había enterado, primero, de sus dificultades a raíz de la publicación no autorizada en el extranjero de El mundo alucinante -pese a que la novela había obtenido una primera mención en el concurso de la UNEAC-; luego, de su aislamiento y castigo durante la feroz campaña de persecución de homosexuales y campos de la UMAD; por fin, de su salida de Cuba, con los del Mariel, en 1980. No dudaba que las escenas descritas en Arturo, la estrella más brillante formaban parte de su experiencia en aquel infierno -y a veces fugaz paraíso- de locas. Pero no podía ni sospechar lo que había sido su vida, en los últimos años que permaneció en Cuba. Ningún escritor contemporáneo ha atravesado situaciones más duras, en condiciones de acoso y miseria como Reinaldo Arenas. Su martirio, como homosexual y escritor, no puede dejar indiferente a nadie.Antes que anochezca, la autobiografía escrita durante su enfermedad y completada a duras penas en la fase terminal del sida, nos ilustra de manera sobrecogedora sobre el cáliz y falo que apuró hasta la hez. El texto, digámoslo de entrada, presenta desniveles, peca de desigual: junto a las partes escritas por Arenas con su jubilosa pasión por el verbo existen otras meramente dictadas. No atribuyamos el hecho al descuido, sino a la acción de este monstruo que más que enflermedad, nos dice, parece un secreto de Estado: "Un mal perfecto que está fuera de la naturaleza humana [y cuya] función es acabar con el ser humano de la manera más cruel y sistemática posible".Los capítulos sobre su niñez -descritacomo la época más fecunda de su creación, "porque se desarrolló en la absoluta miseria, pero también en la absoluta libertad"- nos hablan de una relación casi simbiótica con el mundo vegetal y animal, de la tierra con la que se alimentaba para matar el hambre, de su descubrimiento precoz del sexo, del bohío guajiro de los abuelos, de la madre y tías jóvenes y abandonadas, de esa sociedad cruel y machista del área antillana, caldo de cultivo de un soterrado pero tenaz homosexualismo. Sin los flecos y lugares comunes del llamado realismo mágico, Reinaldo Arenas nos pinta su aprendizaje vital en un ámbito primitivo cuya savia le sostendrá en los azares de la existencia, en los momentos de mayor abandono y desdicha. "Desde el punto de vista de la escritura", dirá, "apenas hubo influencia literaria en mi infancia; pero, desde el punto de vista del misterio, que es indispensable para toda formación, mi infancia fue el momento más literario de mi vida".

Sexo y escritura serán en adelante sus pilares, su castigo y su gracia; la causa de sus persecuciones, pero también de su resistencia ejemplar.

El periodo que abarca el triunfo de la revolución hasta su embarque en el Mariel contiene retratos inolvidables de diferentes personajes del mundo oficial o disidente de Cuba. Con el frenesí de una loca de argolla, Reinaldo Arenas asume los riegos de su condición, se enfrenta temerariamente al peligro. Su tiempo transcurre entre correrías y ligues -fleteos-y la redacción de novelas y textos que debe ocultar a la omnipresencia de sus verdugos: bajo las tejas de su domicilio, en casas de amigos aterrorizados o dudosos, en bolsas de plástico enterradas en playas solitarias. Cuando la policía le acosa viaja disfrazado, se zambulle en el mar y nada varios kilómetros, se encarama a la copa de un árbol y permanece en ella tres días. Ningún escritor de nuestro ámbito ha pasado por pruebas semejantes. Sólo su furor calixtiano -capaz de hallar el goce en los lugares más arriesgados y duros- le permite sobrevivir y encontrar un refugio lábil, siempre amenazado, en la escritura.

Su detención, el universo carcelario, coinciden a grandes rasgos con experiencias sufridas en otras latitudes y climas. Pero lo que más impresiona en la autobiografía de Arenas -junto a su sexualidad obsesiva y capacidad de supervivencia- es el retrato feroz, paliado por breves toques de humor de la constelación de locas que le rodea: sus disimulos, rencillas, traiciones, degradación paulatina. El dominio del sistema totalitario sobre cuerpos y almas, su ensañamiento en quebrar la resistencia moral de los desafectos, se apoya en la delación y chantaje. Poco a poco, Arenas comprueba que sus mejores amigos se truecan en confidentes: junto a las locas de argolla emergen los pájaros agentes de la policía. El universo genetiano, de carceleros bujarrones, locas delatoras y maricas histéricas y suicidas, aparece pintado con esmero de miniaturista. Algunos personajes -como el de Hiram Pratt- alcanzan una grandeza y patetismo dostoievskianos. Al recorrer las páginas del libro pensaba sin cesar en esta otra obra capital sobre la humillación fisica y ética de los cautivos del gulag escrita por Gustave Herling y prologada en francés por Jorge Semprún: An mondapart. En ambos hallamos el mismo sadismo y encarnizamiento en rebajar y destruir a los prisioneros aunque en Herling -que vivió la experiencia en el extremo norte y no en el Caribe- el factor esperpéntico homosexual no exista. La nave de las locas en la que navega Arenas es específicamente cubana y goyesca, no obstante las evocacio-

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nes en las que apunta la melancolía y aún la nostalgia. Como Herling, Semprún y otros reescapados de las aberraciones totalitarias, Reinaldo Arenas llega a la conclusión de que "en los sistemas políticos siniestros se vuelven siniestras también muchas de las personas que los padecen; no son muchos los que pueden escapar a esa maldad delirante y envolvente de la cual, si uno no se excluye, perece". Pero, simultáneamente, rebelde político y sexual, el autor de Antes que anochezca tendrá la valentía moral de reivindicar desde la libertad los momentos de dicha que, entreverados con horror, disfrutó en la isla: la belleza de las relaciones de entonces era que encontrábamos a nuestros contrarios; encontrábamos a aquel hombre, a aquel recluta poderoso que quería, desesperadamente, templamos [ ... ]. "Aquí no es así o es dificil que sea así; todo se ha regularizado de tal modo que han creado grupos y sociedades que es muy difícil para un homosexual encontrar un hombre, es decir, el verdadero objeto de su deseo".

Gústenos o no, el goce sexual se asocia en lo más hondo del ser humano a las ideas de transgresión y clandestinidad, de introducción por fractura en lo vedado, a la acuciante sensación de peligro. El desmayo del que hablaban nuestros clásicos se acrecienta con la sabrosa furtividad y decrece en el yermo de lo prescrito. Muchas son las víctimas de la sociedad -incluso de la sociedad de barniz liberal- que no consiguen siquiera esa parcela secreta, frágil y efímera: como este Tapado Anónimo, evocado en un conciso artículo de Miguel García Posada, obligado a ocultar la razón de su muerte como había ocultado la verdad de su vida. Reinaldo Arenas tuvo al menos la posibilidad liberadora del grito.

¡Qué lección de honestidad la suya para tantas caricaturas de autores homosexuales aquejados de púdico estreñimiento, de letraherida, incontinencia e intestino terminal estrecho, con sus mohínes, poses, pelucas, bastones, confesiones a medias, gorgoritos de diva, disfraces grotescos!

Reinaldo buscó la muerte a ciegas en la espesura y lobreguez de los avernos neoyorquinos, bajo el signo de King Kong. ¿Bajó uno a uno los peldaños y grados del tormento en las entrañas del pozo de la mina? ¿Conoció el "mudo descenso al abismo, gravitación animal: el afán de aniquilación, misterios de gozo y dolor, crudo, exaltador vía crucis"? ¿Se unió a los racimos humanos aglutinados en el sufrimiento, beatificados por la expiación? No temió al sida y eludió sus postreras zarpadas acortando dignamente sus días. Como dijo Monique Lange, conmovida como yo por la lectura del libro, su Final fue el del héroe: cayó gloriosamente en el campo de honor.

Juan Goytisolo es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de junio de 1992