Huelga

Debo de estar alcanzando unos niveles de insania verdaderamente peligrosos, porque empiezo a pensar que todo el mundo se equivoca menos yo. Claro que, como soy una ciudadana media y muy común, esto que me sucede le podría estar ocurriendo a muchas otras personas: sería algo así como un síndrome nacional de intolerancia y aceporramiento. Tomemos el caso de esta maldita huelga, por ejemplo. Por el lado del Gobierno, no puedo aceptar sus argumentos para justificar el inadmisible decretazo: no creo que la famosa convergencia con Europa deba pasar necesaria y exclusivamente por ahí, ni que el cinturón se lo tengan que apretar siempre los mismos, ni que el Gobierno no pueda apearse de esa actitud tan olímpica y sorda ante las reivindicaciones de los sindicatos. Pero al mismo tiempo, y por el lado sindical, ¡cielos!, ¿de verdad necesitaban lanzar ese estúpido órdago exigiendo la retirada del decreto para empezar a negociar? ¿Es que no saben todavía que, puestos a ser chulos, los barandas, o sea, los que mandan, lo son siempre más? ¿O es que estaban cegados por viejas rencillas que me traen al pairo?
Y todo para que ahora los sindicatos ya no exijan la retirada previa del decreto, el cual, por cierto y por desgracia, ya está en el Parlamento. Qué quieren que les diga, yo hubiera preferido que se hubiesen sentado a negociar desde el principio, y que hubieran sido duros, y racionales, y exigentes; y que, si no se conseguían los necesarios cambios en el decreto, se hubiera convocado entonces una huelga, pero una huelga de verdad, de 24 horas, y no como ésta, que ha sido un retal de huelga, toda a cachitos. Me parece que, como sigamos así, arrastrando tanto desconcierto, la próxima vez se hará la huelga a base de cupones y por correo.
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