Crítica:TEATROCrítica
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Los franceses descubren a Calderón

Primer montaje de Gómez en París, en un teatro nacional, con cómicos franceses. Gómez llega al Odéon de la mano de su director, Lluís Pasqual, quien presenta el montaje de La vie est un songe dentro del denominado cycle hispanique (Tirano Banderas, Doña Rosita la soltera, un Lorca en alemán; La del manojo de rosas... ); un ciclo conmemorativo del quinto centenario del Descubrimiento en el que, directa o indirectamente, están implicados la Sociedad Estatal Quinto Centenario, el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y Musicales y la Sociedad General de Autores.La obra escogida por Gómez es un hueso: al público francés le resulta muy trabajoso digerir el teatro de Calderón. La culpa, claro está, no es siempre de don Pedro ni del público, sino más bien de los traductores y los directores e intérpretes. El montaje de Lavelli de La vida es sueño en la Comédie Française (1982), con una buena traducción -la misma que utiliza Gómez- fue víctima del barroquismo que el director no quiso o no supo limar y que la dicción, la música de los intérpretes, no hizo sino acrecentar. Otro tanto ocurrió en Aviñón, en 1986, con el montaje de Raúl Ruiz: ni los mismísimos tambores de Calanda, que el director chileno-francés se había traído de España, lograron despertar al público de su apacible sueño.

La vie est un songe (La vida es sueño)

De Pedro Calderón de la Barca.Traducción: Céline Zins. Adaptación: Alvaro Custodio, José Sanchis Sinisterra y José Luis Gómez. Intérpretes: Bernard Freyd, Thierry Hancisse, Laurence Masliah, María de Medeiros, Jean-Paul Roussillon. Escenografía: Christoph Schubiger. Vestuario: Jacques Schmidt. Música: Alain Kremski. Iluminación: Dominique Borrini. Dirección: José Luis Gómez. Théâtre de I'Odéon-Théâtre de l'Europe, París, 14 de abril.

Gómez, al contrario que la mayoría de los directores franceses, coge el toro por los cuernos. Como ya hiciera en su montaje de La vida es sueño en el Teatro Español de Madrid, se zambulle, según su propia expresión, en la obra y descubre lo que considera "un punto esencial: Calderón escribe a partir de lo real, de lo vivido".

Ahora, escribe Gómez en el programa de mano, "puede parecer extraño, incluso patológico, que un material literario como La vida es sueño, una obra tan poderosamente barroca, situada en los límites del lenguaje por el juego constante de oposiciones y disonancias retóricas, posea un tal poder de condensación de lo real.(...) La obra de Calderón ofrece múltiples proyecciones de una realidad que llega, que alcanza al hombre, de manera directa, sin desviarse un pelo".

Menos duro que su primer montaje madrileño, La vie est un songe nos descubre un Segismundo de una verdad y una actualidad apabullantes (interpretado por el actor de la Comédie Thierry Hancise, un chico que vale su peso en oro y al que podremos ver en Sevilla y en Madrid el próximo septiembre, interpretando el Fígaro de Le barbier de Seville, de Beaumarchais, con sus compañeros de la Comédie); un Segismundo con resabios grotowskianos, primo hermano del Calibán de La tempestad según Peter Brook; un Segismundo que ataca el celebérrimo "¡Ay, mísero de mí, ay, infelice! / Apurar, cielos, pretendo..." sin pizca de retórica, como una bestia herida presa en la torre por orden de su padre, el rey Basilio (Bernard Freyd), un monarca oriental, vagamente tibetano, encerrado a su vez en un palacio-planetario, servido por un puñado de dakois con una tilde de humorismo en sus zalamerías palaciegas.

Espléndido trabajo

Si algún reparo puede ponérsele a este espléndido trabajo de Gómez, yo mencionaría la falta de emoción en ciertas escenas, la de Rosaura con Segismundo, (creo que a una actriz con la sensibilidad y los recursos de María de Medeiros (Rosaura) se le podría sacar mejor partido) fruto, tal vez, de un cuidado trabajo de mesa, pero no tanto ya sobre el escenario -salvo la parte de Segismundo- llegado el momento de dar libertad al intérprete para que éste se apropie de su personaje. Del resto del reparto hay que mencionar la brillante interpretación de Roussillon, un gigante de la escena francesa, en el personaje de Clotaldo, una baza importantísima para humanizarlo, así como el buen trabajo de Rufus en el papel del gracioso Clarín, si bien con una ligera tendencia a pasarse.Ignoro si el montaje de Gómez viajará a España (no figura en la programación de la Expo), pero de no ser así, sería una lástima. Porque, al margen de ayudar en gran medida al redescubrimiento o, simplemente, al descubrimiento, de Calderón por parte del público francés (que se muestra encantado con el espectáculo), se trata de un gran montaje. Su programación en el Odéon está prevista hasta el 14 de junio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0018, 18 de abril de 1992.