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Rubicón de la Europa política...

CONTRA LO que suele pensarse, el Rubicón que atravesó César no es ningún gran obstáculo, sino un riachuelo que se cruza de un saltd. Uno de los lugares comunes de la literatura producida con motivo de la más decisiva cumbre de la Comunidad Europea (CE) desde su fundación, que se inicia mañana en Maastricht, es que Europa está ante un gran obstáculo de cuya superación depende el futuro del continente. Las declaraciones previas de países como España, por una parte, y el Reino Unido, por otra, más las amenazas de dimisión del presidente de la Comisión, Jacques Delors, si no se alcanza un compromiso satisfactorio, han dramatizado esta cumbre más que otras. Pero no es, ni mucho menos, la primera vez que la reunión se celebra al borde del abismo. Con frecuencia, la existencia de intereses contrapuestos entre dos o más socios amenazó con hacer inviable cualquier acuerdo.Si, pese a ello, la CE ha sobrevivido es porque la experiencia ha enseñado que a la larga resultaba más eficaz una estrategia del paso a paso que otra de espectaculares avances que luego había que rectificar. La necesidad de poner en consonancia intereses de 12 países -el doble que los fundadores- obliga a veces a la montaña a parir ratones. Pero así se va construyendo Europa.

Es cierto, de todas formas, que el debate sobre la unión política y la unión económica y monetaria (UEM) sintetiza todas las contradicciones acopiadas a lo largo del proceso, y singularmente el déficit de legitimidad democrática acumulado, en aras del acuerdo mínimo, durante estos años. Por una parte, no se da al Parlamento de Estrasburgo un control efectivo sobre el proceso de la unidad, lo que pone de manifiesto la desconfianza de los Gobiernos hacia instituciones elegidas y hace que se reserve el poder a instancias ejecutivas, como el Consejo de Ministros.

Naturalmente, en una materia tan complicada como la legislativa, en la que además los parlamentos nacionales son los primeros en resistirse a ceder competencias a la Cámara europea, ésta tiene un futuro inmediato poco halagüeño. Dicho lo cual, en Maastricht debería conseguirse para el Parlamento Europeo un poder de codecisión en la propuesta de temas comunitarios. Otro avance en la dirección adecuada, por más que a los nacionalistas les parezca insuficiente, es el proyecto hispano-alemán de creación de un comité regional (una especie de senado) con competencias sobre los temas que afecten a las regiones europeas.

Por otra parte, el sistema utilizado por la Comisión de Bruselas para legislar en multitud de materias que afectan a la vida diaria del ciudadano entraña también un déficit democrático. Aunque haya un control remotamente e ercido por eI Consejo de Ministros, el día a día de la reglamentación tiene orígenes puramente técnicos y administrativos. Y en 1993 el 65% de la legislación aplicable en España tendrá ese origen.

En el aspecto institucional, es sabido que la conpcion e era ista e a nueva nion uropea e oca con la radical resistencia del Reino Unido a ceder competencias soberanas. Pero la preocupación es compartida por otros países. En todo caso, con o sin vocación federal, la constitución de un Estado europeo es cuestión todavía lejana. Basta considerar las dificultades para definir una política común respecto al conflicto yugoslavo. Dificultad, porotra parte, que contrasta con la relativa rapidez con que los Ejecutivos se han puesto de acuerdo en materia policial y de control de la inmigración.

... y económica

Pero si la clave está en el problema de la cesión de soberanía en aras de la creación de un espacio político común, no puede minimizarse la trascendencia de la dimensión estrictamente económica que tendrá esta cumbre.

La decisión de abandono de las monedas nacionales en favor de una moneda común y la creación de un Banco Central Europeo políticamente independiente, tal como probablemente asumirán los máximos mandatarios comunitarios, sintetizan una ambiciosa pretensión. Ésta, a diferencia de algunos de los propósitos de la unión política, dispone de una experiencia relevante de,cooperación: se trata de esa plataforma de estabilidad cambiaria que ha supuesto el Sistema Monetario Europeo (SME), cuyo favorable balance en sus 13 años de funcionamiento se constituye en estos días en una firme apoyatura para el más ambicioso empeño de creación, a partir de 1997, de una unión monetaria.

El convencimiento de que el fortalecimiento de la cooperación monetaria es una exigencia básica e instrumental para la consecución de todas las ventajas asociadas al mercado único, las evidentes ganancias que para el conjunto de los agentes económicos depararía la reducción de los actuales márgenes de fluctuacióny, en última instancia, la eliminación de la diversidad de monedas existentes son argumentos que han permitido a los ministros de Finanzas de los Doce alcanzar acuerdos en los aspectos esenciales antes del encuentro de Maastricht.

Aspectos como la introducción de la cláusula opt out -mediante la que se concede al Reino Unido la posibilidad de mantener una exención temporal de los compromisos propios de la tercera y última fase de la UEM-, o la organización del Instituto Monetario Europeo, institución que sustituirá al actual comité de gobernadores en las tareas de coordinación de las políticas monetarias de los Doce durante la segunda fase, han quedado esta semana vistos para sentencia.

En menor medida se presentan atendidas algunas demandas específicas del Reino Unido y Espafia. Las reticencias británicas en asuntos tales como la política social, el alcance de las atribúciones del Parlamento de Estrasburgo, la política exterior o la aplicación de ía regla de la unanimidad constituyen efectivamente una amenaza a la integridad del tratado en los términos deseados por la mayoría. España, por su parte, tratará de que no quede fuera de esa concepcion comunitaria el principio de solidaridad y cohesión que implicaría el apoyo a las economías más atrasadas. Y más en concreto, la creación de un fondo de convergencia y la introducción del principio de progresividad, de acuerdo con la riqueza relativa, en la determinación de las contribuciones al presupuesto comunitario, según ha apoyado el propio presidente de la Comisión, Jacques Delors. Cuestiones todas ellas que, sin llegar a amenazar la firma del tratado, sí pueden, efectivamente, vaciarlo de sustancia.

Con todo, la trascendencia de esa cumbre no puede limitarse al impacto potencial del proyecto de unión económica y monetaria sobre las economías de los Doce. La firma de ese tratado tiene lugar semanas después de que las autoridades comunitarias y las de la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA) suscribieran un preacuerdo para la extensión de los principios generales del mercado único a los siete socios de esta última, candidatos algunos de ellos a la adhesión a la CE. La concepción de Europa tampoco podrá darse por concluida hasta tanto los países comunitarios asuman un esquema de relación o asociación específica con ese otro grupo de vecinos que en estos días intentan una costosa transición a sistemas de economía de mercado y han situado en la voluntad de integración con la otra Europa" una suerte de panacea aceleradora de su proceso de transición y de superación de la crisis económica en que están inmersos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 07 de diciembre de 1991.

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