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CARTAS AL DIRECTOR

Drogas

A medida que iban llegando parlamentarios, la atmósfera del bar del Congreso se enrarecía más y más. Los camareros iban y venían con bandejas llenas de un café negro que secaba el paladar, del que algunos ilustres clientes ya tomaban su tercera taza. Otros, ya despabilados, optaban por el chinchón y la castellana, los que tenían que subir a la tarima, y por el coñá o el whisky los que sólo votarían las proposiciones. Como el portavoz del grupo X, que se jactaba de no ser persona hasta la segunda taza de café matinal, que le provocaba retortijones intestinales. Casi todos los presentes fumaban, y era rica la variedad polutiva que exhalaban sus pulmones: abundaban los Winston pata negra y en menor medida iban los rubios y negros nacionales, las pipas y los puros, y entre estos últimos destacaban los habanos, consumidos en mayor medida por los representantes de la izquierda, y las farias, las más protestadas por su penetrante olor. Todos hablaban a la vez y era difícil entenderse sin levantar la voz. Cuando se encendió una luz y entró un bedel todos pasaron a la sala de votaciones. Allí, los que tomaban anís y algunos abstemios hablaron desde lo alto, mientras los demás escuchaban o dormitaban, esto último más los que tomaron la coñá. Al terminar, todos brindaron con champaña, contentos por las importantes resoluciones acordadas y el consenso recién estrenado, sin cesar de fumar y hablar a voces. Él debate trataba sobre el problema de las drogas.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de noviembre de 1991