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Crítica:

Película libre y generosa

La historia de El rey pasmado se puede representar en cine de muchas maneras. La elección de la manera de contarla y de la forma de verla, decide la singularidad del director del filme. Hay en el entramado argumental de la novela y el guión -que se atiene a ella- tentaciones para conducir a la historia por caminos fáciles e incluso facilones: tragedión o su contrario, farsa más o menos esperpéntica. En lugar de ello, Uribe elige el camino difícil: darle verosimilitud y hacerla creíble; diluir la tentación de autolucimiento en un enfoque generoso y transparente, que da a un asunto exagerado el tono leve y elegante de una buena comedia.El resultado es más que meritorio: una película ligera y sin embargo honda; divertida y que da que pensar; directa y no obstante llena de entrelineados; concebida y hecha con la dificultad propia de un cineasta adulto, que no necesita poner su huella dactilar en cada plano, cosa que conduce, salvo en excepciones que se pueden contar con los dedos de una mano, a la catástrofe de la petulancia- que conlleva la sencillez. Consecuente con este enfoque libre, Uribe nos hace ver con rectitud una torcida fábula; y para ello la concibe como juego de personajes, por lo que da primacía a los intérpretes, que actúan con capacidad de convicción; y hay pocas cosas más gratificantes que ver a una decena de intérpretes que hacen cada uno su parte como parte de un todo, pero tan sueltos y dueños de sí mismos que logran tansmitir una sensación de comodidad casi telepática.

El rey pasmado

Dirección. Imanol Uribe. Guión: Juan Potau y Gonzalo Torrente Malvido, sobre la novela de Gonzalo Torrente Ballester Crónica del rey pasmado. Fotografia: Hans Burmann. Música: José Nieto. España, 1991. Intérpretes: Gabino Diego, Eusebio Poncela, Juan Diego, Joaquín de Almeida, María Barranco, Laura del Sol, Eulalia Ramón, F. Fernán-Gómez, Alejandra Grepi, J. Gurruchaga, Anne Roussell, Emma Cohen, José Soriano, Carmen Elías, E. San Francisco, L. Barbero. Cines Callao, Carlos III y Renoir.

Galería de intérpretes

Eusebio Poncela resuelve su difícil tipo con una facilidad y economía envidiables. Juan Diego usa la sobreactuación con tanta maestría y precisión que parece comedido. A Fernán-Gómez le bastan un par de pinceladas para dar la vuelta a un monolítico personaje. Gabino Diego podía, con un traspiés, caer en el fantoche de carnaval, pero, lejos de ello, convierte al pasmado en un tipo cercano, reconocible -un paradójico rey oprimido-, que crea una cálida distancia en razón de esa paradoja que vive. Almeida, la otra cara de Poncela, se convierte en perfecto complementario suyo. Gurruchaga está a punto de caer en el chiste, pero se frena, sortea la bufonada y entra en lo cómico en sentido más noble. Y así todos, perfectamente engarzados.Imanol Uribe -que tras iniciar su carrera con tres películas de fuste, dio muestras de autoindulgencia en sus últimos trabajos- vuelve a ser exigente consigo mismo y hace una obra seria y con posibilidades de alcanzar buen resultado comercial, pero sin halagar a las huecas galerías de la mansedumbre vestida de lo contrario y del acatamiento regresivo al miserable reinado del lo que se lleva. Su filme es un tipo de cine imprescindible hoyen España, ya que en él la ambición de inteligencia y de refinamiento no obstaculiza la rentabilidad. El público lo pasa muy bien ante este pasmado: se le oye disfrutar, envuelto en una especie de silencio sonriente.

Uribe, aun siendo cáustico, a veces incluso cruel, con las trastiendas históricas, religiosas y políticas de sus personajes, les defiende en la pantalla como tales personajes, como sombras de sombras de personas: gente humana pese a lo poco humanos que son sus cometidos. Y nos permite identificarnos con ellos y así convertir a sus miserias en gracias. De ahí proviene la elegancia: de la generosidad que Uribe tiene con los hombres -lo que no endulza su dureza contra sus ideas- que llenan a los crispados personajes de esta suave e inteligente película.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de noviembre de 1991

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