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Crítica:POP

Anécdota chocante

Bill Douglas, un tipo simpático, actuó en el Auditorio Nacional de Madrid, como podía haberlo hecho en el parque del Retiro, porque su estilo bienhumorado, carente de pretensiones y de gran espontaneidad puede competir con el de cualquier músico callejero. A sus 48 años, con una formación clásica y un currículo de muchas páginas, Douglas se ha visto incluido -él parece estar de acuerdo- en el cajón de la new age, nueva música o como se quiera clasificar lo inclasificable. Chocante.La música de Bill Douglas no es nueva ni en armonía, ni en melodía, ni en ritmo. Armónicamente, trabaja sobre lo conocido y huye de las disonancias; sus melodías son de un lirismo clásico, y en el ritmo apenas se aparta de lo binario. Así pues, de nuevo, nada; de música, bastante; de frescura y comunicación, toda. En definitiva, lo que parece perseguir el músico canadiense.

Bill Douglas

Bill Douglas (piano, teclados, voz),John Steinmetz (Eagot, voz), Geoff Johnis (percusión, voz). Auditorio Nacional. 1.000 personas. Precios: 2.500, 2.000 y 1.500 pesetas. Madrid, 22 de mayo.

Acompañado de John Steinmetz (fagot) y de Geoff Johris (percusión), el concierto de Douglas fue un mosaico de estilos. El renacimiento español; el jazz (Freedom jazz dance, de Eddie Harris; Blue Monk, de Thelomous Monk; Ramblin', de Ornette Coleman);Jigas y reels de la tradición irlandesa; canciones de los años treinta, e incluso algún acercamiento a lo latino en una composición titulada Bananas -ahí resbaló- , formaron su repertorio, junto a composiciones propias de ambientación más etérea y aire personal.

Espontáneo

Como intérprete es simplemente correcto en el piano y con una tímbrica en el sintetizador de lo más convencional. Steinmetz mostró buen sonido en el fagot y vocación del hoviman, mientras Johns cumplió con decoro en las tablas, congas, bongós y bodhran. Los tres montaron un námero agradable, y consiguieron que el público se divirtiera participando.Con un sentido bastante pedagógico de la música, a Bill Douglls no se le caen los anillos en intentar emular a un crooner o inspirarse en las ragas indias para acercarse a una audiencia que quizá busca quintaesencias donde la primera y fundamental es la de la música popular.

Y la new age, nueva rnúsica o como se quiera clasificar lo inclasificable, bajó de las alturas, eliminó el barniz de seriedad del Auditorio Nacional y alcanzó sentido callejero y funcional. Gracias a tratar la música como anécdota. Lo dicho: chocante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de mayo de 1991