La guerra complica las previsiones sobre la recesión en el Reino Unido, que tuvo una inflación del 9,3% en 1990
La inflación británica quedó el año pasado en la cota del 9,3%, superior a la inicialmente prevista por John Major, entonces ministro de Hacienda y hoy primer ministro. Esa cifra supone que la inflación empieza a estar contenida, lo que ha llevado a la patronal a reclamar cuanto antes un recorte de los tipos de interés que cargan onerosamente a una economía deprimida. La inflación a la baja unida al incremento del paro anunciado la víspera no hace sino confirmar la depresión que padece la economía de las islas. La guerra del Golfo introduce un factor de incertidumbre adicional y su repercusión económica dependerá de la evolución de los acontecimeintos sobre el campo de batalla.El 9,3% es ligeramente mejor de lo esperado por los analistas y es la cifra más baja del IPC británico registrada desde marzo del año pasado. Tras elevarse la cota interanual al 10,9% a finales del otoño, la inflación ha iniciado un deslizamiento que los empresarios confían aliente al Gobierno a reducir los tipos de interés que pesan sobre la industria y sobre los consumidores.
La discusión política, académica y económica sobre si la recesión en marcha -el Gobierno prevé un crecimiento económico para el conjunto del año del 0,5'1,- sea larga y profunda o corta y superficial, se ha visto complicada con la apertura de hostilidades en el Golfo. La cuestión crítica es el impacto que el conflicto pueda tener en el aprovisionamiento de petróleo y las implicaciones de una eventual derrota de Sadam Husein.
Distintas previsiones
Si la guerra es corta y no afecta a las refinerías de petróleo, el precio del crudo puede precipitarse hasta los 15 dólares de que ayer hablaba el jeque Yamani y desencadenar una euforia económica sin precedentes, señalan los expertos más inclinados a la euforia. Otros consideran y ponen sordina a ese entusiasmo y dicen que una solución rápida que mantenga el flujo de crudo no hará sino dejar las cosas como están.
Todos coinciden, sin embargo, en que una crisis prolongada o una interrupción del flujo de petróleo hará subir el precio del crudo -las proyecciones más alarmistas lo ponen hasta en 100 dólares por barril-, con un inmediato reflejo inflacionista, que no hará sino alargar y profundizar la crisis
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