La cofradía de Revenedors, una historia de Barcelona
La asociación heredera del gremio patrocina la investigación sobre su pasado


Enfrente de la iglesia del Pi, en la plaza del mismo nombre, se levanta el edificio que alberga la Associació Antic Gremi Revenedors 1447. Una entidad sin ánimo de lucro que recoge la herencia de la cofradía de tenderos y revendedores fundada en el mencionado año. Como gremio, término que se instala preferentemente en el período borbónico, se dedicaba a la regulación de la actividad de tiendas y mercados y a la ayuda asistencial de sus miembros. Con la prohibición en el XIX de los gremios, la entidad evolucionó a lo que es hoy con dos objetivos principales: la investigación y conservación de la memoria histórica sobre la cofradía y la promoción de la cultura catalana.
La asociación otorga una beca anual desde 2020 para la investigación, cuyos resultados publica en libros que dibujan un interesante mapa urbano y del abastecimiento alimentario en la Barcelona del pasado. Mercè Renom, por ejemplo, en Revenedores, gènere i treball a Barcelona (segles XV-XIX), explica que el gremio incorporó a las mujeres durante 145 años (1624-1768) aunque no podían ejercer cargos de gobierno. En la primera ordenación de la cofradía, en 1447, todos los revendedores agremiados debían ofrecer la mercancía en una tienda que, además, tenía que ser la vivienda donde vivían. Es en 1624, según Renom, al abrirse a los paradistes de mercados y calles, cuando entran las mujeres.
El comercio estaba regulado por el Consell de Cent con dos objetivos principales, explica Francesc Sendil, el actual presidente de la entidad: evitar la carestía y la escasez de producto. “La ciudad establecía que los payeses que traían sus propios productos tenían la exclusiva de la venta hasta, más o menos, el mediodía. Luego los revendedores de las paradas de los mercados podían abrir. Esta limitación no se aplicaba a las tiendas. Pasado el mediodía, los hortelanos podían vender sus productos al por mayor, lo que permitía aprovisionarse a los revendedores”. Los payeses que no deseaban regresar a casa con mercancía, rebajaban los precios, lo que daba margen de negocio a los citados revendedores, que eran de distinta categoría según tuvieran, o no, tienda en su hogar. Un pregón municipal de 1767 volvió a obligar a los revendedores agremiados a vender en su tienda.
Clàudia Mateo, por su parte, en Una història de Barcelona de persistència i canvi (1770-1850), muestra en tablas las zonas donde se ubicaban las tiendas en 1800, que constituye un verdadero callejero mercantil de la época. También expone las oscilaciones entre 1790 y 1845 de presencia femenina. Sendil comenta que la mujer ha trabajado siempre, de forma reconocida o no. “Su entrada en la cofradía fue un hecho singular. Además, este gremio permitía pertenecer a otro al mismo tiempo. No se ha encontrado documentación sobre otros gremios que tuvieran esta apertura. Suponemos que el hombre fabricaba el producto y la mujer atendía la venta”. Con el desmantelamiento de los gremios en el XIX, explica Sendil, la entidad buscó mantener las coberturas económicas que daba a sus agremiados. “Se constituyó una obra pía y las ayudas se distribuían como actos de caridad”. Con el tiempo esta faceta pasa a ser residual. La asociación no admite nuevos socios. Únicamente se ingresa por derecho hereditario, por ser del linaje de un miembro. Atendiendo al derecho civil catalán, pueden ingresar los primogénitos. En la actualidad no llegan al centenar y medio de asociados.
Al principio, la sede de la cofradía estaba en una capilla de la iglesia del Pi, hasta que se trasladaron al edificio citado. “La vinculación religiosa de los gremios era inevitable. El de los revendedores está bajo la advocación de Sant Miquel y en nuestro escudo figura la balanza en la que el arcángel pesaba las almas para decidir si iban al cielo o al infierno”. Una muestra de la potencia económica de la entidad fue el retablo que se encargó a Jaume Huguet en 1455, ahora en el MNAC. Otra señal de este fervoroso pasado son las reliquias que todavía conserva la entidad como un trozo de la cruz de Cristo o leche de la Virgen María. Se perdieron: el prepucio del Niño Jesús y una pluma del Espíritu Santo! Las reliquias aparecen relacionadas en un pergamino de 1607.
Sendil batalla para lograr el regreso de documentación que la Generalitat republicana requisó para salvaguardarla de la guerra. Con la dictadura ya no se devolvió. “La Generalitat actual se defiende alegando la unidad del archivo, pero las entidades que funcionan en Europa mantienen el archivo que han producido. Es un expolio. No somos una entidad muerta”. Y una señal de que están vivos son las exposiciones de arte que organizan en la sede y los premios Renart, de arte, y Seqüència, para cortometrajes de uno y ocho minutos. “Estos premios están pensados para premiar el talento y dar una oportunidad a artistas no consagrados”. También han recuperado el Ball de Diables de Barcelona. La principal fuente de recursos son los alquileres de un edificio que la entidad posee en Salt y de la sede barcelonesa. “Durante 500 años, las inversiones eran financieras, pero en un determinado momento se reorientó la política patrimonial. El 98% de los arrendatarios son personas de fuera. Nuestra comunicación siempre es en catalán y decidimos ofrecer clases de lengua, pero enseñar catalán normativo resultaba muy difícil, debido al nivel cultural, y hemos convertido las clases en grupos de conversación”. Otra iniciativa, ha sido la publicación del libro 2048x100=Barcelona. Cent veus per al futur d’una ciutat. Recoge un centenar de relatos de vecinos -desde el alcalde a un bombero o una diseñadora- que responden a la pregunta de cómo cree que será Barcelona en el 2048. ”Es un buen mosaico de la ciudad. La visión sobre su futuro es más bien triste. Será interesante leerlo en 2048”, cuando se cumplan seis siglos de la fundación de la cofradía.
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