Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
DESAPARECE EL AUTOR DE 'FRANK V'

Muere Dürrenmatt, escritor del pesimismo

El dramaturgo suizo, que en sus obras satirizó el poder iba a cumplir 70 años

El escritor suizo Friedrich Dürrenmatt, autor de las obras de teatro La visita de la vieja dama y Frank V, murió ayer de un infarto cardiaco, semanas antes de cumplir 70 años, en su domicilio de Neuchâtel, Suiza. Sufría de diabetes y ya había padecido tres infartos. Uno de los escritores en alemán más prolíficos desde la II Guerra Mundial, Dürrenmatt abandonó el teatro para dedicarse a la prosa, de la que deja numerosos fragmentos, como él los llamaba. Dürrenmatt ganó varios premios de primera línea, pero no el Nobel, para el que también fue candidato. Su última novela, El valle del caos, publicada el año pasado, está a punto de salir a la venta en España, editada por Tusquets.

La última obra que se vio de Dürrenmat en España fue Frank V, en el Centro Dramático Nacional (Teatro María Guerrero), dirigida por Mario Gas (febrero de 1989). Además de la repetida versión cinematográfica en la televisión de La visita de la vieja dama -La visita es su escueto titulo original, de 1959-, un clásico del cine, con Ingrid Bergman. Su moralismo de hijo de pastor calvinista suizo (Konolfingen, 5 de enero de 1921), su rígida educación alemana (en las Universidades de Berna y Zurich: no terminó filosofía ni literatura), y la sombra marxista de Bertolt Brecht (hasta para repudiarle), se sumaron a la historia de Europa que pasó sobre él: la II Guerra Mundial, las esperanzas despiertas y luego apagadas -en él- por los sobresaltos del comunismo, le hicieron un escritor complejo: un moralista cínico, un contemplador crítico.El mayor pesimista europeo de nuestro tiempo, se llegó a decir (vendrían luego otros); y él explicaba que "todos somos demasiado culpables colectivamente, demasiado colectivamente encerrados en los pecados de nuestros padres y nuestros antepasados". Es decir, una especie de noción del destino del que no se puede escapar individualmente, porque "todo se desarrolla sin intervención individual". Pero esto no quiere decir que no haya una responsabilidad ni una obligación: la de pertenecer a una colectividad que sí debe hacer un esfuerzo total. Su manera de incorporarse a esa lucha colectiva era el teatro, que comenzó a escribir en la posguerra. Más recientemente le desalentó algo, y prefirió el ensayo, la prosa, los recuerdos, la memoria, la novela.

De los primeros escritos surgió una obra, Está escrito, estrenada en Zurich en 1947, y tuvo la suerte de producir un gran escándalo. Lo que depositó en ella era una bomba contra la satisfacción pacata de la posguerra, contra la creencia en los grandes documentos humanistas de las Naciones Unidas como solución mundial; concretamente, por su ámbito, por la burguesa satisfacción Suiza que, en su neutralidad, había sido espectadora de la tragedia, se había enriquecido con ella y luego se ufanaba. de su propio papel.

Dos años después llegó Rómulo el Grande.- los críticos encontraron en él una especie de mezcla entre el juego de la primera gran vanguardia teatral, la de Jarry ( Ubu Rey) con el otro transformador de la materia escénica que fue el Pirandello de Enrique IV. Pero ya se le incluía directamente en la herencia del "grotesco alemán", en una de las tradiciones de su lengua.

El matrimonio del Señor Mississippi, de 1952; La visita, de 1959 o Los fisicos, de 1962, fueron marcando los pasos hacia la visión trágica de la historia; hacia la sensación de que no hay nada que esperar. Pero por entonces ya se volcaban en los escenarios europeos los grandes maestros del absurdo, de la desesperanza, de la muerte: Beckett, lonesco, los existencialistas, los desgarrados. Dürrenmatt comenzó ya, a aparecer como un gran urdidor de tramas casuísticas, pero finalmente no tan pesimista como los demás: con la ingenuidad, del primer descubridor... Los había peores.

Sabios atómicos

En la idea de Los físicos, la mezcla entre locos y supuestamente sanos, entre sabios atómicos posiblemente locos, conseguía magistralmente borrar las fronteras entre lo real y lo fingido. En Frank V la fuerza negativa era la de la gran banca, confundida con una banda de gánsteres. Pero cuando se difundió por el mundo, y no digamos nada cuando llegó a España, casi ahora mismo, ya ese tipo de farsa grotesca y esa acusación estaban superadas: no por la negación, sino por la asunción de la sociedad de que el mundo, o la sociedad en que vivimos, están hechas realmente de ese tejido de la lucha por el dinero, como forma básica de la natural lucha por la vida.

La denuncia resultaba demasiado obvia o fácilmente esquemática. La moraleja iba mas allá: Frank V es un personaje de jefe de banda que mezcla fácilmente el dinero y el crimen, pero que mantiene una cierta conciencia de sí mismo: su dinero le sirve para alejar a sus hijos de ese ambiente. No es posible: son precisamente sus hijos los que le destronan, los que le matan a él y a la madre para que la banca fundada por ellos sobre el asesinato pueda continuar. No hay salvación individual... En La visita de la vieja dama la vengadora que coloca a su pueblo en la necesidad de envilecerse y asesinarse unos a otros para conseguir su salvación económica y ser ricos para el resto de sus vidas equipara tambien el dinero al crimen: el pueblo es la sociedad entera, condenada así por Dürrenmatt.

El autor tenía la capacidad, reservada sólo a algunos grandes de este mundo, de colocar claramente los dilemas morales de su tiempo en el escenario, con brillantez pero sin concesiones: la teatralidad no era en él un truco de oficio, sino algo que fluía espontáneamente. Pero también aprendida en una tradición, desde la tragedia griega hasta Jarry o Pirandello; y Shakesperare, y Strindberg, de los que hizo versiones y paráfrasis elevadas. Es decir: no renunció nunca a esa -condición del teatro que es la de apasionar y gustar. Ha dejado también su propia herencia en la gran literatura en lengua alemana que se produce hoy mismo, y no sería fácil imaginar ni la austeridad de Bernhard ni la facundia de Günther Grass sin los descubrimientos, al menos de lenguaje, de Dürrenmatt.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de diciembre de 1990