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Últimas barracas del Carmelo

¿Me preguntas por el Pijo aparte? Quién sabe por dónde anda. Me lo figuro a veces malviviendo por ahí, no sé dónde exactamente, pero, desde, luego en Barcelona. Nunca se fue de la ciudad, a pesar de las derrotas. Espoleando la imaginación, tumbado tranquilamente en un camastro con las manos en la nuca, los Ojos en el techo y fumando un cigarrillo; lleva un pulcro pantalón de verano color crema y zapatos blancos y marrones, el torso desnudo tal vez con un tatuaje, la muñequera de cuero... Debe de andar por los cincuenta y tantos, hay que ver cómo pasa el tiempo, pero no puedo dejar de verle guapo todavía, porque siempre fue guapo en mi memoria y porque así pervive en la otra memoria del barrio, en las soleadas laderas del monte Carmelo. No sé en qué está pensando. Pero en sus negros cabellos peinados hacia atrás se puede aún rastrear un esfuerzo secreto e inútil, una esperanza mil veces frustrada, pero intacta: es -todavía, a pesar de algunas canas- uno de esos peinados laboriosos donde uno encuentra los elementos inconfundibles de la cotidiana lucha contra la miseria y el olvido, esa feroz coquetería de los grandes solitarios y de los ambiciosos superiores.. .Puedo imaginármelo así, pero no distingo nada más a su alrededor, más allá de ese camastro en medio de la penumbra: podría hallarse en el cuartucho de una pensión barata o en el dormitorio de un piso de promoción pública de Can Carreras (Nou Barris) o en el exasperado barrio del Besós. No sé. Puedo figurármelo casado y con hijos, e ignoro cómo se ha ganado la vida estos últimos 30 años, desde que abandonó el Carmelo (si es que lo abandonó), ni si ha seguido alimentando aquellos sueños de dignidad y dinero que iluminaron fugazmente un verano que nunca olvidará, una isla estival y mítica que quedó atrás para siempre con su desorden de besos y de peligros... Lo que sí veo es que alguien abre la puerta para decirle:

-Oye, van a derribar las últimas barracas del Carmelo.

-¿Y qué?

-Pensé que te interesaría. ¿No vivías allí, en una de esas barracas, hace muchos años?

Podría ser una mujer la que le habla, siempre habrá una mujer a su lado, dondequiera que esté. Él tarda un poco en contestar:

-Está bien. Déjame solo.

Otra vez solo, mirando al techo. Su situación me recuerda al sueco Ole Andreson / Burt Lancaster esperando en la cama a los dos pistoleros que han de matarle; esperando y pensando en Ava Gardner, aquel espejismo de terciopelo negro que arruinó su vida. Pero en lo que él debe de estar pensando ahora es en las piquetas derribando las barracas en la calle de Francisco Alegre, y ve otra vez la calle de la Gran Vista, y la calle de Malliberg, y la vieja torre del Cardenal, y el bunker del Carmelo donde los chavales jugaban a guerras. Y presiento que tal vez él también nota esas piquetas y excavadoras acosándole, y me pregunto si ha leído en la prensa, si conoce los objetivos de ese documento nacionalizador de la Generalitat, inspirado en unas notas o apuntes del president Pujol, con propuestas de control policial e ideológico en diversos estamentos de la sociedad. ¿Acaso no es para asustar a cualquiera, sea charnego integrado o catalán de la ceba ese cualquiera, semejante voluntad de intervenir, infiltrarse, vigilar, controlar y manipular los medios de comunicación y las escuelas y las empresas y la mente de los ciudadanos?

Pero no estoy seguro de que las meditaciones del charnego solitario, cercado por esa maquinaria infernal, tumbado en un camastro que flota extraviado en el tiempo y el espacio, se centren en tan actuales y aburridas cuestiones. No, creo que no. Me juego un huevo y parte del otro que sigue pensando en sus encuentros con Teresa en el Carmelo. No consiguió hacerla suya entonces, hace 30 años, no fue aceptado y se le cerraron las puertas del éxito y del prestigio social, todo fue un espejismo.

Y ahora ya lo ves, compañero (déjame llamarte así todavía, como si los dos aún cabalgáramos la fogosa Ducati en pos de un sueño), la piqueta derriba tu mísera chabola y te ofrece a cambio un piso supersocial de pulidas baldosas y finos sanitarios marca catalana para que te integres (para que cagues y mees en catalán, por lo menos, ya que tanto te cuesta hablarlo, puñetero). Aunque dime tú, zarandeado por tantas falacias, si todo eso no es también un espejismo.

Pero, bien pensado, ¿de qué se compone la vida sino de espejismos?

Juan Marsé es escritor, autor de últimas tardes con Teresa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0010, 10 de noviembre de 1990.

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