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Tribuna:

Voto de silencio

Una apaciguadora sensación de quietud y vacío se impone de improviso a la conciencia distraída, que no sabe identificarla, que la descubre del todo unos segundos después, cuando acaba de perderla: era que por un instante se ha escuchado el silencio, un silencio Absoluto y fugaz, casi desconocido, olvidado, limpio de todo rumor de tráfico o de televisores, de sirenas, de alarmas, de acondicionadores de aire, de soeces emisoras de radio, un silencio submarino, de paisaje nevado, tan diáfano que hasta la mirada ha podido percibirlo en el recogimiento de las cosas, que han cobrado sobre la mesa de trabajo esa inmutable serenidad que tienen los objetos y las figuras humanas en los cuadros. Si durara, tanto silencio daría miedo: pronto irrumpen motores o estalla como un disparo el timbre del teléfono, y al cabo de un rato el oído ya no notará que está siendo socavado por un estrépito incesante, que por debajo de las palabras y de las sensaciones se prolonga un ruido de fondo que algunas veces asciende hasta ahogarlas del todo, en cualquier parte, en las calles y en las habitaciones cerradas, en las afueras de la ciudad, hasta en el mar.Conozco aventureros que no viajan para descubrir paisajes que no hayan visto nunca sus ojos, sino variedades más puras de silencio. Un amigo aficionado a la vela me cuenta que sólo cuando se ha alejado a cuatro millas del puerto deja de oír el tráfico de la ciudad donde vive y de la carretera de la costa. Hablo con un espeleólogo y lo primero que le pregunto es qué se oye en una gruta a doscientos metros bajo tierra: caudales súbitos y ocultos de agua, me cuenta, gotas de agua solitarias y aritméticas que llevan milenios culminando una estalactita, silencio, el silencio más denso que ha podido percibir un oído humano, un silencio arcaico, fósil, aterrador algunas veces, que otorga una categoría de riada y de escándalo al flujo de la sangre en las sienes cuando el explorador ha apagado su lámpara y se queda quieto y cobijado en su saco de dormir y ya no sabe si en el mundo exterior es de día o de noche ni recuerda otros sonidos que los de sus pasos y su respiración.

En sus apresuradas memorias -que más que las de un nómada parecen las de un viajante de lo exótico- Paul Bowles habla del tiempo en que el silencio aún no había sido desterrado de las ciudades y de las vidas de los hombres, cuando se podía mantener una conversación sin gritos en la terraza de un café y escuchar los pasos multiplicados de la gente. Los sonidos de la ciudad eran una constelación de ecos y de voces que para nosotros ya resultan inaccesibles, como una gama de colores que nuestras pupilas de hoy ya no pudieran percibir. Si los sentidos nos explican los pormenores de la realidad, en los últimos veinte o treinta años nos ha sido impuesta sin que nos diéramos cuenta ni nos rebeláramos una rigurosa miopía auditiva que nos amputa la posibilidad y el privilegio no sólo de conocer los verdaderos sonidos de las cosas, sino de distinguir sus vínculos con las imágenes y hasta con los olores. Los perfumes, los colores y los sonidos se corresponden, dice Baudelaire: quien no escucha es como si no viera, y cuando de pronto recibe el advenimiento del silencio queda deslumbrado como un ciego al que se le concedieran unos instantes de luz: tardes silenciosas y ardientes en el verano de Madrid, cóncavas como una gran plaza abandonada, noches en las que empieza a oírse con extrañeza y casi con recelo el sonido del viento entre las hojas de los árboles, íntimas horas en las que nada existe fuera de una habitación donde escuchamos una. voz o una música. Para lo que el navegante se adentra en el mar es para oír la ondulación de la vela y el chapoteo del agua contra el casco. A donde quiere descender el espeleólogo no es a la oscuridad de una gruta, sino a una región no vulnerada del silencio. Hace años, en la medina de una ciudad marroquí, hubo un momento en el que sólo escuché conversaciones en voz baja, roces de pasos sobre el suelo y de tejidos ásperos que se frotaban entre sí: por primera vez en mucho tiempo había vuelto a escuchar la vida de los hombres.

Pero el silencio ha perdido su prestigio entre nosotros, igual que la voz tranquila y la palabra, suplantadas por el ruido y el grito: recién llegado a Madrid de un viaje a Lisboa me sobresaltó el tono de ira con que me alzaban la voz los camareros de los bares. Hace unos diez años, cuando nos ganó la moda de lo urbano y la superstición, tan provinciana, del cosmopolitismo, decidimos resueltamente, como los poetas futuristas, que amaríamos sobre todo la belleza convulsa de las grandes ciudades, y que preferíamos el estrépito de los motores y el retumbar de las cajas de ritmos en los bares nocturnos al anticuado silencio de los cafés de provincias y de las novelas rurales. El campo, ése horrible lugar donde, según Max Jacob, los pollos se pasean crudos, dejó de ser un paraíso imaginario, poblado de comunas místicas o de jornaleros sentenciosos y heroicos, para convertirse en un decorado polvoriento que era preciso arruinar cuanto antes en los desvanes del pasado y de la memoria avergonzada y proscrita. Como en aquellas emisiones de radio que nuestros mayores intentaban sintonizar a medianoche después de haber cerrado sin fisuras las ventanas y las puertas, las palabras se han ido perdiendo entre el ruido de fondo, confundiéndose, tachándose entre sí, ahogadas no sólo por motores y alarmas, sino por la discordancia de su profusión, por el desorden de la mentira y la monotonía de la injuria y el grito, palabras repetidas y deshechas como una pulpa inconsistente, palabras profanadas, embusteras, deformes, puro ruido que aturde en las páginas de los periódicos y en los noticiarlos de la televisión, verbenas y carnavales de palabras urdidas no para explicar, sino para esconder.

Palabras, palabras, palabras, dice con desprecio el principe Hamlet. "Basta de palabras", anota en la última página de su diario Cesare Pavese, y abandona la pluma y se sumerge en el silencio maléfico de su cuarto de hotel, porque algunos silencios son letales como precipicios y para escucharlos sin riesgo hace falta atarse como Ulises a los asideros más firmes de la realidad. Pero hay otro silencio que es preciso recobrar y erigir como una casa segura, ese maravilloso silencio del que habla Cervantes en un pasaje del Quijote, un silencio de cautela, de atención y pudor, no de celda acolchada ni de campana neumática, sino tan poblado de resonancias anteriores y futuras como una calle tranquila al amanecer o una página en blanco sobre la que alguien está empezando a escribir. Hace falta un voto de silencio, para elegir entre la confusión las pocas voces no distorsionadas que importan y reconocer la de uno mismo, sabiendo entonces que sólo habremos aprendido a usarla cuando hayamos aprendido a escuchar y a callar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de octubre de 1990

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  • En sus apresuradas memorias Paul Bowles habla del tiempo en que el silencio aún no había sido desterrado de las ciudades y de las vidas de los hombres, cuando se podía mantener una conversación sin gritos en un café.