La hora del Titanic
La rentabilidad por dividendo es la tabla de salvación de los valores tradicionalmente más líquidos y con mayor capacidad de refugiar la inversión latente. Los millones de accionistas que tienen títulos de empresas eléctricas o de grandes bancos no piensan en la posibilidad de un descalabro a gran escala porque, al fin y al cabo, -se dicen- los precios no han oscilado tanto como para sentir pánico. Ellos mantienen la tienda abierta y piensan: un mercado serio no puede hundirse a pesar del goteo continuado del mismo modo que un transatlántico bien equipado apenas zozobra en medio de una tormenta. Lo del Titanic, como lo del último lunes negro, siempre fue un accidente, a pesar de los síntomas inequívocos. El resto del mercado, es decir, los valores sometidos a oscilaciones por su menor liquidez y frecuencia de cotización, vive en pleno drama. Algunas sociedades con balances saneados y ratios de rentabilidad envidiables se han depreciado hasta un 50% desde el pasado julio antes de iniciarse la crisis del Golfo. Ya nadie se la juega. La Bolsa lo ha descontado todo: el barril de crudo, la inminencia de un conflicto militar, el dólar y los bajos precios de los títulos que ya no constituyen un reclamo para nadie, y menos para los extranjeros.


























































