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Sombras de verano

En realidad, el trauma pudo ser evitado. A lo largo de los años setenta, el distanciamiento de la izquierda eurooccidental respecto del socialismo soviético dio lugar a sucesivos planteamientos críticos y a propuestas estratégicas que nada tenían que ver con el posestalinismo. Nada mejor para apreciarlo que la virulencia con que el llamado socialismo real reaccionó frente a la evolución de partidos comunistas como el español, al que acosó con todos los medios a su alcance. La aparición hace sólo seis años de un partido filosoviético entre nosotros fue el mejor signo del modo de actuar del sistema Bréznev para impedir disidencias internas y exteriores. Pero los eurocomunistas no supieron extraer hasta el fondo las lecciones de la confrontación. Ni siquiera en el caso italiano, donde la independencia estratégica fue siempre evidente, se dio una ruptura clara con cuanto ocurría en la URSS. Los comunistas italianos supieron apostar con claridad por la causa de los disidentes checos o por la alianza con la socialdemocracia alemana, pero han esperado en exceso para evitar que la simpatía por la perestroika de Gorbachov pudiera confundirse implícitamente con el diseño de una causa común. Los casos francés y español son aún más graves, por cuanto los respectivos pecés optaron por las vías del repliegue y la autodestrucción, echando por la borda el enraizamiento social conseguido en décadas de luchas por la democracia y por la mejora en la condición de los trabajadores. Su desastrosa política de ensimismamiento fue así el acompañante más eficaz del ascenso de las tendencias conservadoras y de la consolidación de la hegemonía del poder económico. Y la drástica reducción de su espacio electoral constituyó la expresión más clara de este fracaso.Ahora bien, si la irresistible caída de los comunistas franceses ofrece una imagen lineal, con un grupo dirigente aferrado a las esencias y que conserva el poder gracias al ejercicio implacable del centralismo burocrático, el caso español resulta más complejo y ofrece rasgos de difícil explicación. Quizá por la rapidez del desmoronamiento en 1981-1982, llevándose por delante al infalible secretario general, surgieron pronto perspectivas de renovación. Lo que sería después Izquierda Unida se debatía ya en torno a los círculos dirigentes en el invierno de 1983 con el propósito evidente de aunar la recuperación comunista y el replanteamiento de una izquierda política. Luego el referéndum sobre la OTAN creó condiciones aparentemente óptimas para ensayar la cosa, un movimiento sociopolítico para el enlace con las nuevas sensibilidades tendentes al cambio (el pacifismo, entonces en primer plano). En vez de eso, por una razón política alucinante de la Plataforma Cívica, surgió la sopa de letras que configuraba un esquema solar en torno al partido comunista, con astros tales como el Pasoc, el partido personal de Tamames, humanistas, carlistas, grupo republicano. Los pobres resultados de la operación quedaron pronto a la vista, y tuvo que venir otro impacto exterior, el 14 de diciembre de 1988, para forzar un aparente salto adelante de cuya fragilidad hablan elocuentemente las elecciones de Andalucía. La realidad siguió siendo la inicial, con la centralidad comunista rodeada de micropartidos, más grupos de independientes mirando hacia el interior de la coalición, los cuales, a falta de enlace con otros colectivos o individuos de la izquierda sociológica, reclamaban nada menos que cuotas de poder. En conjunto, el vacío hecho política. Y una desvirtuación del proyecto inicial.

La cuestión es si las cosas podían haber sido de otro modo, y no parece aventurado apostar por una respuesta afirmativa. Si se trataba de superar la estructura partidaria abriéndose a la sociedad, la salida no consistía en encerrarse con micropartidos carentes de representación, sino en abrirse a los problemas y a los colectivos ya existentes en la sociedad española, aunque hubiese que renunciar a la secuencia captación-manipulación- afiliación propia de la tradición comunista. Si se buscaba la incidencia sobre el PSOE, no era la mejor vía oscilar entre la permanente condena verbal y la no menos continua colaboración defacto en los niveles local y de comunidad. Y si se trataba de forjar una política para la izquierda, había que situar la reflexión en un distanciamiento drástico respecto al mundo del Este en ruinas y en una definición nítida dentro del espacio socialdemócrata dejado vacante por el PSOE. De otro modo resultaba imposible evitar los remolinos del barco que se hundía. Pues bien, ni siquiera el 14 de diciembre sirvió para poner el reloj en hora, y ahí están declaraciones y prensa comunista sobre el 89 del socialismo real para demos.trarlo. Como consecuencia de todo ello, la opacidad del juicio auspicia la razonable desconfianza de unos electores llevados a pensar, parafraseando a Lenin, que por lo menos con Solchaga la economía funciona.

Cabe considerar, llegados a este punto, que no son retoques organizativos ni refundaciones del partido comunista dentro de otras siglas (remedio ya gastado) lo que puede reactivar la izquierda política en este momento de estabilización del poder socialista. Aunque haya sobrados elementos, desde la maraña de viejas y nuevas corrupciones que se gestan en torno al partido-Estado al incremento de la desigualdad, susceptibles de fundamentar una perspectiva realista de izquierda. Lo ocurrido desde el tan citado 14-D prueba que el Gobierno ha sido' sensible a una presión exterior cuando ésta fue coherente y recibió un apoyo social.

¿Por qué Izquierda Unida ha de carecer de la flexibilidad política de que ha dado muestras el vértice González-Guerra al aceptar la política de concertación? Ciertamente, la salida no consiste en apuntarse in extremis al Programa 2000, entre otras cosas porque organizativamente el PSOE es como máximo una casa-cuartel coipún, conforme muestran los casos de Damborenea y de la propia Izquierda Socialista, condenada a agotar sus metas en la lucha por la supervivencia tolerada. Hay muchas cosas que pueden y deben hacerse fuera del PSOE, no necesariamente contra el PSOE, si queremos evitar la eternización de un régimen de monopolio político parcial, con dosis muy altas de injusticia social y de corrupción. Lógicamente, también intolerancia, se.gún ponen de manifiesto los ejercicios de estilo a cargo de los intelectuales de la situación, con una incapacidad para entablar frontalmente la polémica que lleva necesariamente a la descalificación personal rayana en el insulto. ¿Qué será cuando actúen protegidos de la luz pública? La España de los escaparates culturales, de los clientes de expertos y asesores y de los Guerra encuentra así un preciso antecedente en la de Cánovas, Romero Robledo y el caciquismo. No es tan claro, sin embargo, . que en nuestro país sea lícito confundir moderados con moderación ni, obviamente, que semejante tradición política tenga que ver con las expectativas deseables para la democracia en España.

Antonio Elorza es catedrático de Historia del Pensamiento Político de la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 05 de agosto de 1990.

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