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43º FESTIVAL DE CANNES

Deserciones de espectadores en la proyección de 'El puente de Varsovia', de Pere Portabella

No comenzó bien la participación de películas españolas en las secciones paralelas de Cannes 90. El filme del catalán Pere Portabella -uno de los fundadores de la Escuela de Barcelona, retirado voluntariamente del oficio cinematográfico durante muchos años- El puente de Varsovia, seleccionado en la Quincena de los Realizadores, obtuvo una acogida final tibia, precedida por oleadas de deserciones de espectadores durante la proyección. La película, que con tiene muy bellas y vigorosas imágenes, es víctima mortal de una banda sonora desastrosa.

El puente de Varsovia está concebida como una película antinarrativa, como una composición de tipo visual eminentemente abstracto, casi en el borde del superrealismo clásico, una especie de puzzle donde se combinan en forma de partitura varios elementos, unos poéticos, otros descriptivos, otros musicales y otros de tipo analítico: sociales y dramáticos. Cada uno de estos elementos va por su lado y raramente se funde con los otros, dando lugar a una película desarticulada, rota interiormente.La razón de este destrozo no hay que buscarla en sus imágenes, que casi siempre son originales, fuertes y bellas, sino en las apoyaturas e ilustraciones musicales, que son externas, tonantes y retóricas; y, sobre todo, en el desarrollo de las situaciones y los personajes, que se relacionan con tal elementalidad y dialogan con tal torpeza, que el intento de Portabella de expresar a través de ellos la trivialidad de un grupo de intelectuales de la burguesía catalana actual se vuelve al pie de la letra contra él.

Expresar en cine la trivialidad es un asunto nada trivial. Basta con leer el guión de El discreto encanto de la burguesía (editado en Barcelona por Lumen) para darse cuenta de que expresar mediante diálogos la superficialidad de las formas de relación de una clase social estupidizada requiere que esos diálogos se escriban con ninguna estupidez y con mucha hondura. Pero en el filme de Portabella los personajes no dialogan, sino que se machacan con frases más propias de comentarios editoriales de una revista cultural que de una verdadera película. Y su parloteo resulta insufrible, y opaco, que es peor.

Los hermanos Taviani

Mientras tanto, en la sección oficial se proyectaron tres películas más: la de los hermanos Taviani El sol incluso de noche; la japonesa de Kohei Oguri La aguja de la muerte, y la francesa de Raymond Depardon La cautiva del desierto. De la primera no hay nada nuevo que decir, salvo que la fugaz presencia de Nastasja Kinski da un poco de alegría a la tristona rutina de los hermanos italianos, que sólo en algunos destellos alcanzan aquí las alturas de sus mejores obras, Padre, padrone, La noche de san Lorenzo y algunos relatos de Caos.En lo que respecta a la segunda hay que darle las gracias al director por el tenso arranque del drama, reprocharle la hora y media de estancamiento que le sigue y volver a agradecer la súbita aceleración final. La aguja de la muerte, obra con regustos herméticos y, como se dice ahora, minimalistas y austeros, podría haber sido, con media hora menos, mucho mejor de lo que es. Es una película mal medida y plagada de repeticiones rituales innecesarias. Pero hay en ella cine de altura, una infrecuente precisión en los encuadres y en el ritmo interior de la secuencia, precisión que pierde eficacia por la falta de sentido de la síntesis de Oguri.

De la tercera película, la francesa La cautiva del desierto, no hay literalmente nada que decir, pues las dos terceras partes de los comentaristas críticos aquí destacados se han quedado sin verla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 16 de mayo de 1990