Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:FERIA DE SAN ISIDRO

Contradicciones

Decía Scott Fitzgerald que el signo de una mente madura es su capacidad para albergar dos ideas contradictorias sin aturullarse. Por ejemplo -explicaba- estar convencido de que las cosas no tienen remedio y, sin. embargo, hacer lo posible por cambiarlas. El recuerdo del ilustre escritor me reconforta cada año cuando, en plena efervescencia primaveral, aparece en el horizonte la feria de San Isidro.Los toros son el espectáculo más salvaje del mundo occidental. ¿Quién puede dudarlo? Una reliquia del paleolítico aderezada de sadismo tardorromano. Evidente. Ritual de sangre y muerte impresentable en una sociedad febrilmente entregada a la frivolidad más posmoderna. De acuerdo. Y además: exhibición impúdica de los más bajunos valores machistas. No seré yo quien sostenga lo contrario. Y que no me vengan con que si la caza del zorro, las peleas de gallos y el boxeo, porque primero, también son una barbaridad, y segundo, nadie pretendió nunca que esas cosas fueran arte.

Después de concederle todo al interlocutor -no sólo no me siento con fuerzas para discutir, sino que le doy gustosamente la razón, porque la tiene- me avalanzo sobre el programa de la feria, marco las corridas que más me interesan y procedo a conectar con alguno de la larga nómina de mis parientes taurófilos para acudir a las que pueda. Como señalaba hace unos días un inspirado lector-filósofo en la sección de Cartas, "el corazón del pueblo tiene razones que la razón no conoce pas".

En mi familia hay tal afición a la fiesta, que dos de mis primos han conseguido ganarse la vida hablando de toros, que ya es decir. El abuelo Feliciano -que tuvo ganadería brava -transmitió a todos el amor a esos animales. Cuando le salían mansos, los usaba en las faenas de la finca como bueyes, guardándoles el debido respeto, pero sin castrar, porque le daba pena someterlos a esa tortura. Yo, que nunca conseguí ver Bambi hasta el final sin que me diera un ataque de llanto, miraba de lejos a los toros en el campo -que me daban pavor, igual que las gallinas y los perros- pero no podía imaginar lo que se hacía con ellos en la plaza porque no me dejaban ir. Mis padres, pertenecientes al sector más integrista del racionalismo practicante; el colegio estudio y las largas estancias en el extranjero durante la infancia me alejaron por completo de aquel ambiente, aunque siempre se hablaba en casa de algunos toreros -sobre todo de Belmonte- con admiración.

Los toros fueron para mí parte del choque traumático que me produjo la vuelta a España, a los 13 años. Quizás me llevó mi tío Luis, al que yo más quería, y que murió el pasado sábado. Fuimos primero a ver los toros al corral y a saludar y desear suerte a los toreros, que eran sus amigos. Después, en el tendido, me vi envuelta en el bullicio compartido de la calorina, los refrescos, las almohadillas y el desbordamiento de la expectación. Me quedé sin aliento al primer lance de capa, cuando reconocí a aquel hombre que había estado charlando poco antes con nosotros -quizás era Victoriano Valencia- que se pasaba al toro una y otra vez por la cintura. No sucedió nada interesante después de aquel quite, como suele ocurrir en las corridas, que en este país cumplen, además, una peculiar función psicopedagógica de enseñar a aceptar colectiva y reiteradamente la frustración. Pero aquellos minutos iniciales decidieron mi cuelgue particular y algo vergonzante con los toros, y pienso ahora que quizás tuvieron que ver también con que con el tiempo, optara por hacer el esfuerzo de adaptarme a este país, que por tantas cosas me resultaba ajeno y arisco. Un país donde hay gentes capaces de jugarse la vida no sólo por sus ideas, ni por dinero, ni por batir una marca deportiva -que de ésas hay en todas partes- sino por un minuto de belleza. Tócate lo que puedas.

Cuando Yiyo murió en la plaza de Colmenar, sin embargo, decidí borrarme. Todo tiene un límite, me dije. Esto es peor que la guerra. Miles de obscenos estetas empujando a la muerte cada verano a un puñado de adolescentes insensatos, deberíamos salir todos de manifestación para pararlo. Firmé peticiones (aunque siempre me ha molestado que el objeto de las preocupaciones sea sobre todo el toro) y dejé de ir a las corridas. Pero volví una tarde por compromiso -una de esas tardes en las que lo único que se ve son las banderillas de Esplá- y comprendí que un enganche como el mío no se pasa con una simple cura, aunque sea larga. Quizás me ocurra como a mi tío Luis, del que nos dimos cuenta que se moría la tarde que no pudo siquiera mostrar interés por la corrida que estaba retransmitiendo la televisión.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de mayo de 1990