Rehenes de una huelga
CUANDO TODO indicaba que los maquinistas ferroviarios, agrupados en su sindicato sectorial Semaf, y la dirección de Renfe estaban a punto de firmar la paz en el contencioso laboral que les enfrenta desde las pasadas Navidades, la pretensión de estos trabajadores de que se les remunere cómo fijas el cupo de horas extra que realizan cada mes reactivó nuevamente las hostilidades de manera desproporcionada. Consolidar esta remuneración de horas extras en el salario es un objetivo discutible desde todos los puntos de vista, incluido el sindical, Puesto que supone la aceptación de un alargamiento encubierto de la jornada laboral, lo que no ha sido obstáculo para que el sindicato de maquinistas coloque de hecho el servicio público en una situación de huelga permanente.Ciento setenta y dos integrantes del Semaf han decidido que esa única y discutible reivindicación es suficiente para planificar cuatro días mensuales de huelga hasta el próximo agosto. No importa que el resto de los sindicatos ferroviarios esté en desacuerdo con la pretensión -dado su tufo a defensa de privilegios- ni que su aceptación constituiría un agravio para el resto de los trabajadores. Tampoco parece importarles el hecho de que su aprobación por parte de la empresa supondría la instalación crónica de la irregularidad en la prestación de un servicio público que afecta a miles de usuarios. La solidaridad para con el resto de los trabajadores o con los sectores de la población más perjudicados por su acción es un valor que queda fuera de la actuación del gremialismo. Está claro que asumen la decisión de los conflictos desde el convencimiento de que los usuarios son -somos- sus rehenes y su principal arma negociadora, y la huelga -recurso extremo en la tradición del sindicalismo responsable- se convierte en un instrumento de presión rayano en el delirio. Excesos de este tipo son los que alimentan las tendencias latentes en amplios sectores sociales favorables a una regulación legal del derecho de huelga.
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