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El ancla del SME

El sistema de paridades europeo gana terreno

C. S. Madrid El pasado 5 de enero, el Sistema Monetario Europeo (SME) reajustó sus paridades tras tres años de inmovilidad. El minírrealinea miento se basó en un cambio de la posición de la lira italiana, presio nada durante meses en los mercados de cambios. La búsqueda de una posición más cómoda por parte de la lira se acompañó de una medida específica, dar entrada a la divisa italiana en la banda estrecha de fluctuación de las monedas que forman el acuerdo del SME El mecanismo ha sido devaluar la lira respecto de la unidad de cuenta europea (ECU) en torno al 3%.

La otra medida ha sido pasar de una banda de fluctuación del 6% en ambos sentidos -en más y en menos- a una banda de fluctacíón denominada estrecha, del 2,25% en ambos sentidos. El pase de banda se produjo tras 10 años de permanencia de la lira en la banda ancha.Pero para hacerse una idea del significado de la medida sería necesario comenzar por entender que es esa historia del SME. Europa, desde la firma del tratado de Roma -que dió origen a la Comudidad Europea (CE)-, ha buscado diversas fórmulas de marchar hacia una estabilidad monetaria propia, una región monetaria que identificara al bloque de naciones que componen este acuerdo económico. Tras diversas experiencias, se adoptó un sistema de paridades laxas, pero no libres. El eje sobre el cual han girado las distintas versiones del sistema ha sido una moneda equivalente a la que todas las divisas comunitarias puedan traducirse. La invención, ya que fisicamente no existía, se denominó unidad de cuenta europea, y como su nombre indica fue pensada inicialmente como simple elemento contable unificado al cual se podían traducir los créditos y débitos de las naciones europeas entre sí para dar una base común a todas las transacciones, que, como los diversos subsidios y compensaciones, dependen de Bruselas.

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El sistema actual ha anclado cada moneda europea a una paridad central frente al ECU, y a una paridad central, derivada de aquella, para cada moneda entre sí. Pero como un sistema rígido en un mundo que vive grandes sobresaltos monetarios podía estallar, se dotó de un margen de elasticidad a esas paridades. De tal forma que las monedas tienen una libertad de movimiento entre sí y con el ECU que se denomina límite de divergencia. Tradicionalmente las monedas más fuertes y más estables optaron por una banda estrecha de divergencia, que es del 2,25% en más y en menos, mientras que las monedas más débiles adoptaron una banda ancha. La peseta es, de las divisas que conforman el SME, la única que mantiene en este momento la banda del 6%.

Balanza de pagos

Mientras que el esquema es simple, las consecuencias derivadas de una estructura de estas características son complejas. Es necesario señalar que Gran Bretaña se ha negado a formar parte del SME postergando su ingreso al acuerdo monetario en aras de una independencia económica. Por su parte Grecia y Portugal aún no han entrado en el sistema, mientras que España adelantó su participación respecto del calendario previsto. Las objecionesbritánicas son bien simples. Al no atar su moneda, a paridades prestablecidas puede jugar con el tipo de cambio de la moneda para defender su balanza corriente. Si exporta menos, deja bajar el valor de la libra con el objetivo de abaratar sus productos y vender más en el exterior. Este sistema independiza los costos de producción internos -precio de la mano de obra, tasas de inflación- de las del resto de la CE y permite un juego político interno más elástico.

Curiosamente España ha optado por el modelo antagónico. El gobierno español considera que atar la peseta al SME es imponer una disciplina monetaria externa a los movimientos internos de la economía. Lo que obliga a que la tasa de inflación española esté en línea con la del resto de la CE, y por lo tanto los incrementos de salarios y costes diversos. Esta idea nace de que la competitividad basada en los movimientos de la moneda es inconducente. Hace dos semanas The Economist, la prestigiosa revista británica, hizo tabla rasa con los argumentos del gobierno de Margaret Thatcher, preconizando un sistema de paridades fijas y una unión monetaria europea, al señalar que la exeriencia de Estados Unidos, con una fuerte caída del valor del dólar desde 1985 no ha logrado reflotar su balanza por cuenta corriente ni su balanza comercial. Estamos atravesando un período en el cual jugar a las paridades no rinde frutos en materia de equilibrios comerciales. La elección parece simple y la decisión española acertada.

Francia ha sido particularmente eficaz a la hora de ir ajustando en forma progresiva las vicisitudes internas de su economía a las economías con menor índice de inflación de la CE, en especial la de la República Federal de Alemania (RFA). Esta política permitió al país vecino mantener sus niveles de competitividad. El argumento añadido de ese éxito político, que también persiguen España e Italia, e

convencer a la RFA de que una unión monetaria europea no tiene porqué suponer para ese para "importar" los desequilibrios de las economías más débiles de la región, principal reparo germano para la unión monetaria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de enero de 1990