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¿Por qué no aceptar la diferencia?

El autor de este artículo, consejero de la Presidencia de la Xunta de Galicia, reflexiona sobre los estereotipos que proyectan los medios de comunicación estatales sobre la comunidad autónoma del Noroeste y trata de rebatirlos.

Hablando el otro día con un profesional de la información, madrileño él, me comentaba: "Desde luego los gallegos son unos cachondos, ¿qué pasa con Galicia? Dais la impresión de seguir atrapados por la fuerza de lo irracional".Aproveché la ocasión para chequear qué imagen de Galicia podía tener alguien habituado profesionalmente a la lectura de los medios de comunicación estatales y le pregunté directamente: "¿De qué Galicia me hablas?".

"De los cuchillos de Chantada, del contrabando de las rías, del combate del Poli en la TVG, del tráfico de drogas y, ¿cómo no?, de la corrupción política... hasta vuestros guerrilleros se envuelven en una extraña atmósfera de irracionalidad".

Tal vez al caer en la cuenta de que estaba hablando con un gallego, remató su opinión con un extraño reduccionismo: "Debe de ser el clima, tan brumoso, o los ancestros que todavía andan sueltos por allí".

Preocupado porque ésta fuera la imagen generalizada que de nosotros se proyecta en el resto del Estado, me lancé a hacer un sondeo entre amigos que viven fuera de Galicia; con una sola pregunta: ¿qué noticias recuer das haber leído sobre Galicia este año? Desgraciadamente todos coincidieron en los temas apuntados por el especialista madrileño.

Frente a estos estereotipos que configuran la percepción de Galicia que proyectan los medios de comunicación estatales, las conclusiones de un estudio (1988) sobre La evolución de actitudes en la Galicia de la transición afirma: "La realidad sociopolítica de Galicia es comprensible, y al decir esto queremos afirmar que la realidad investigada se nos presenta con una lógica de funcionamiento basada en razones intersubjetivas, que fundamentan el intercambio dinámico entre los distintos puntos de vista. Acudir a los tópicos de que "los gallegos son muy individualistas" o que "todos los políticos gallegos son unos trapalleiros y por tanto aquí no se puede hacer nada... es creer en estereotipos que pretenden argumentar una falta de lógica en los procesos psicosociales para ocultar la incapacidad o el desinterés de analizarlos".

Creo que cualquier buen antropólogo podría suscribir una formulación semejante. Y es entonces cuando surge una inquietante pregunta: ¿por qué los medios estatales de comunicación transmiten por lo común una percepción de Galicia reduccionista y estereotipada?

Entre otras posibles respuestas aparece una sociológica evidente: en el tratamiento que de Galicia hace la opinión pública estatal siguen operando mecanismos centralistas. En vez de abordar en profundidad la razón de la diferencia, se echa mano del viejo tópico de Galicia is different. Y acudiendo al estereotipo reduccionista, la lógica centralista se está negando implícitamente a reconocer la realidad de Galicia como pueblo y nación socioculturalmente diferente y no reducible a la pretendida homologación de una uniforme y no plural cultura española.

La realidad encierra otras claves. Habría que considerar la lógica del voto como valor de cambio en un país que aún lucha por consolidar la plena expresión individual de la voluntad electoral; habría que considerar el papel del viejo y el nuevo caciquismo más tecnificado, y tantas otras cosas. Y sobre todo habría que tener en cuenta la situación crítica de impasse entre la vieja y la nueva mayoría de un país que sabe que lo que había ya no sirve, pero que todavía no ha experimentado lo nuevo cómo seguro.

Desde el análisis profundo de esta crisis los sucesos de Chantada, o la revuelta de Cangas o el pacto de los Tilos alcanzan una interpretación sociocultural más allá de la pincelada tenebrosa, la irracionalidad colectiva o los contubernios políticos.

Galicia va a cerrar este año su transición sociopolítica. En ello muchos estamos trabajando. Nos jugamos mucho como gallegos: sentar unas nuevas reglas de juego sociales y culturales o regresar dramáticamente a los viejos demonios familiares.

¿A quién podría favorecer tanta insistencia en estos últimos?, ¿a quién una proyección de Galicia más rigurosa, más matizada, llena de responsabilidad y de esfuerzo por valorar y aceptar la real diferencia?

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 14 de junio de 1989.

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