Desde fuera
, El hormigueo de los fotógrafos de Prensa que esperaban a Paul McCartney en el interior del edificio para vuelos privados del aeropuerto de Barajas tuvo desde un principio un aire de escepticismo. Nadie sabía nada sobre el vuelo, si saldría por aquella puerta o si se detendría los segundos necesarios para tirar algunas instantáneas. Circulaban los rumores sobre su negativa a hacerse fotos sin estar debidamente maquillado, sobre los verdaderos estragos de la edad en su rostro, si diría por lo menos "me gusta España".
Como las respuestas a todo esto eran "no", "no sé nada", "no habrá fotos y mucho menos palabras" o "vamos muy retrasados" dedujimos que algo estaban tramando. Y, en efecto, la sospecha despertó entre los presentes la oculta faz del paparazzi (o de la mamarazzi) que todos los profesionales del espectáculo nos vemos obligados a cultivar de cuando en cuando y nos dispersamos. Cuando los dos brillantes Mercedes que esperaban en la puerta se dirigieron a una de las salidas para entrar en la pista de aterrizaje no fueron solos. Un despiste de seguridad por aquí y otro malentendido por allá. Los vigilantes se preguntaban qué era todo este revuelo y los coches en la pista. "Pero si esta mañana llejó el sultán de Omán y no lo dejaron meter el coche", comentaban. Y de pronto apareció. Allí estaba, por fin, Paul McCartney, con gafas oscuras y muy cogido del brazo de Linda, que parecía haber salido un momento apresuradamente de casa para comprar pan en la esquina. El ex Beatle se metió inmediatamente en el coche ante los inicios de una avalancha de fotógrafos.
Bienvenida
El camino hacia el centro tenía en algunos muros carteles con la foto de McCartney en los que se le daba la bienvenida a Madrid. Pero es posible que el único recuerdo que se lleve Paul de esta visita a España sea la confusión y el tumulto que lo ha perseguido incansablemente desde que los Beatles empezaron a convertirse en fenómeno. Como un monarca cuya aparición es precedida siempre por el himno que entona una banda, Paul McCartney escucha los chillidos de los fans, los clics de las cámaras, el movimiento violento de la masa apartada por las fuerzas de seguridad y alguno que otro aullido no identificado. Aunque el tiempo no pasa en vano y el himno hoy es sólo una versión reducida. No había más de 100 personas esperándole en la puerta de la cadena SER. Un adolescente con un cartel de McCartney se identificaba corno miembro de su club de fans. Habían mandado hacer especialmente para la ocasión unas camisetas con un sol sonriente al centro y una frase en inglés que decía: "McCartney, por fin, bienvenido a España".
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