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Una tranquila ciudad en guerra

REUTER, La capital afgana, Kabul, ya prácticamente sin soviéticos, vivió ayer una jornada de calma y relativa normalidad. Los comercios abrieron sus puertas, aunque con menor actividad; el tráfico, más ligero que de costumbre, encontró pocos puntos de control, y hasta los niños echaron al vuelo las cometas en un día frío y soleado.

El cambio negro del dólar tampoco se ha resentido estos días -la moneda norteamericana se cotizaba ayer a 220 afganíes, frente a los 234 de 10 días atrás- y la atmósfera general era de confianza en evitar la catástrofe: "Creo que todo irá bien. Ahora que ya no hay misiles, los rebeldes pararán", declaró un afgano a la salida del principal mercado de cambio.

El abastecimiento era, sin embargo, el gran problema de los habitantes de la capital afgana. Las colas ante las panaderías o las largas caminatas a falta de autobuses con los depósitos llenos eran imágenes constantes en este Kabul del dia después. "Ayer tuve que andar siete kilómetros para llegar a mi trabajo. No había autobus es", contaba un traductor.

Después de nueve años, quedan pocos signos de la presencia militar de la URSS en Kabul. A excepción de los coches soviéticos, de los gorros de piel o de los kalashnikov automáticos, los símbolos ingleses han superado a los de la Unión Soviética.

La diplomacia de Europa occidental, por otro lado, completó ayer su retirada de la capital afgana con la salida de dos funcionarios franceses y tres austriacos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de febrero de 1989