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CARTAS AL DIRECTOR

Callada por respuesta

Entre indignado, perplejo ¿o quizá esperanzado?, fui testigo hace unos días de la aparición en la pequeña pantalla del doctor Joaquín Amat, lo que me induce a pensar que está vivo.Muchos lectores recordarán la polémica entablada tiempo atrás respecto a la actividad profesional de este señor, encaminada a curar la enfermedad más temible hasta que, con tintes más espectaculares y en ocasiones morbosos, tuvimos conciencia de la existencia del SID.

Habiéndome cuestionado seriamente su modo de proceder ante las presuntas -tal vez manifiestas- irregularidades derivadas de la aplicación a mi difunto padre de su en aquel momento y para mí misterioso tratamiento, me permití la licencia de escribirle una carta. En ella exponía respetuosamente mi deseo de recibir alguna explicación racional que justificase la inversión de más de 300.000 pesetas (esta cifra no incluye otros gastos requeridos por el tratamiento, que tomados en consideración se acercarían al medio millón) en sus casi milagrosos procedimientos.

Ante la ausencia de la más mínima contestación a mis -así lo juzgo- más que justificadas pretensiones, opté por seguir instándole, en términos cada vez más contundentes -eso sí, sin desbordar los límites que la cortesía reclama (¿o no reclama?) en estos casos-, a proporcionarle la satisfacción solicitada. Hasta el presente, tras siete u ocho intentos, tan sólo he obtenido la callada por respuesta.

Me consta que el Ministerio de Sanidad puso en tela de juicio en su día las actividades del aludido. Soy el primero que, ante las consecuencias que acarrea en enfermos y familiares tan horrible dolencia, reclamo se le ayude si de alguna manera el doctor Amat puede aliviarla. Pero si practica el oscurantismo, si experimenta sin riesgo alguno para él y la persona objeto de sus prácticas (¿podríamos hablar de cobaya?), lejos de cobrar, paga cantidades astronómicas a cambio de lejanas e hipotéticas posibilidades de milagros, tal vez exista alguien a quien incumba el ejercicio de alguna competencia al respecto. Me pregunto si no ha transcurrido tiempo suficiente desde el ya casi lejano 1983 para que don Joaquín presente sus resultados, mediante la oportuna estadística, que permitan tomar en serio su actividad y, por lo que a un servidor atañe, me haga sentir que mi desembolso estuvo justificado.

Por cierto, ¿es verdad que si, ante la indigencia de su padre, un hijo desprendido se permite el lujo de firmar un cheque para los fines aquí descritos el beneficiario deberá cumplir con las obligaciones impositivas inherentes a la percepción de tan rumboso presente?-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de julio de 1988