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CARTAS AL DIRECTOR

Un cuento

Había una vez un lugar cuyo nombre prefiero no citar por temor a equivocarme, en el que en otro tiempo florecían preciosos valles, discurrían nerviosos y transparentes ríos vivos y había una población hacendosa y firme. Y había también un empresario que quiso -no sin esperar beneficio- ayudar a que aquella tierra no perdiera -como entonces se decía- el tren de la modernidad, y construyó una inmensa fábrica donde trabajaron muchos, muchos obreros; tantos, que hubo que traer más de tierras lejanas. Poco a poco, todos contaban con prosperidad, aunque los valles y los ríos y el aire se iban poniendo malitos poco a poco. Y sucedió que una mañana a nuestro empresario se lo llevaron adonde nadie sabía, donde no nieva ni llueve, y allí lo tuvieron durante muchos días los hombres de la bicha pagó mucho, mucho dinero, para que nuestro empresario volviera a estar con ellos. Y ocurrió que volvió a su casa y empezó a recibir amenazas para que siguiera pagando mucho, mucho dinero, a los hombres de la bicha enroscada. Y una mañana se paseaba la muerte en su cotidiana labor y arrastró consigo a uno de los hombres de la bicha enroscada, y fue entonces cuando los hombres de las dos letras atornillaron los sueños, incendiaron trenes, enturbiaron más y más el aire. Y sucedió que, harto y agotado, el empresario decidió cerrar su fábrica y marcharse.Entonces, el obrero Luis Velasco tuvo que irse a su casa, y una vez cada dos semanas asistir a una inmensa cola que crecía y crecía bajo la lluvia, y allí le sellaron un papel a nombre de Koldo Belasko. Para entonces el aire había empalidecido y las sombras habían hurtado lo cristalino de los ríos, y las fábricas se llenaban de un oscuro musgo de inacción, y los hombres de las dos letras seguían prendiendo fuego a los trenes. Y sucedió que Koldo Belasko había agotado todas las colas que crecen bajo la lluvia y se fue una mañana del lugar cuyo nombre no prefiero citar al de donde no había eses finales pero había fábricas y alguna sonrisa. Y allí, donde le llamaban Kordo, entró a trabajar y sonreía de vez en vez. Allí fueron muchos de su tierra y les llamaron "vasquetos", pero nadie sabía por qué.

Y una mañana la muerte se paseaba por allí y acarició a Kordo para siempre- Alfonso F. Burgos. .

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de junio de 1988