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La edad del capitalismo

Ministros, directores generales, asesores. Catedráticos o aspirantes. Incluso jueces puede que haya, y sin duda leones ya no tan jóvenes de empresas públicas y privadas. No podían caer más bajo los revolucionarios convertidos a los vinos de cosecha, la cocina de las guías, la ópera, el cine americano y el erótico (¡gracias sean dadas al Bertolucci pionero!), a la literatura kitsch y a las discotecas de moda. Ávidos recaudadores de impuestos y consumidores profesionales de plusvalía, que hasta un Vilallonga puede sonreírse de ellos con ternura de pariente.Antes se habría dicho que el capitalismo ha recuperado a los más floridos del 68. Cosas conocidas, desde luego, pero que no basta considerar en términos moralistas espontáneos. Eran carne de cañón, de acuerdo, pero -finalmente hermanados con los que parecían no haberse enterado de nada- son víctimas prósperas del capitalismo: en verdad lo pasaban mal con Antonioni, han realizado sus más genéticas tendencias y algunos han llegado a coleccionar cuadros, o por lo menos algo de valor. Ya no hay quien no exhiba algún tipo de cruceros: la carne es débil, y todos tienen derecho a la vida de la burguesía mientras no se sepa de otra. Es sólo cuando menos curioso, y por ahora impertérrito, pero lo relevante es que si el capitalismo puede cobrarse víctimas pujantes es porque no está tan decrépito como se creía.

Al contrario de lo que siempre han dicho economistas, sociólogos y otros malos filósofos, Marx no se equivocó demasiado. Se dedicó poco a la filosofía y a la política, y mucho a una ciencia incipiente -y por tanto balbuciente- que hoy no está más avanzada: la economía. De ella definió los principios generales, y entre ellos, uno permanentemente olvidado por los revolucionarios: "Una formación social no desaparece jamás antes de haber desarrollado todas las fuerzas productivas que puede contener". Como también estableció Marx y suelen ignorar los marxistas, "sólo el capitalismo puede crear las bases materiales del comunismo". Pero las está creando a su ritmo -no faltaba más-, que es más lento de lo que muchos creíamos. Marx y Engels llegaron a pensar que el capitalismo estaba materialmente bastante maduro para que la revolución comunista triunfara durante sus vidas. Se equivocaron porque los instrumentos de análisis y la investigación eran demasiado escasos para conocer el grado de desarrollo de las fuerzas productivas y, por tanto, la edad del capitalismo.

Lenin (que hizo la revolución burguesa en Rusia como Mao en China) aprendió mucho, pero no lo suficiente, y por la misma razón. Casi no se hizo ilusiones sobre que fuera posible el comunismo en un país tan atrasado, pero también pensó -50años más tarde- que las naciones capitalistas desarrolladas ya estaban maduras. Después, en todas las ocasiones aparentes -los frentes populares, la resistencia- se volvió a creer lo mismo, porque se seguía con el mismo despiste sobre la cuestión esencial: el grado de evolución y agotamiento del capitalismo.

El 68 fue un gran movimiento: la culminación del crescendo capitalista de la posguerra, el comienzo de la lenta muerte de los Partidos Comunistas y del proletariado, y la última protesta universal contra la disolución definitiva de la sociedad tradicional. Vislumbramos que ya no había escapatoria, que todos teníamos que entrar en las filas de la mercancía y del capital, e intentamos escaparnos hacia adelante, hacia un ideal que vagamente no podía ser más que un comunismo libertario o un comunismo riguroso. Pero, precisamente, no podía ser. No sabíamos lo que eran, ni el uno ni el otro, porque sólo los teólogos pueden pensar con precisión lo inexistente. Lo único que tenía existencia era la desaparición de las bases de la sociedad tradicional y el triunfo del capitalismo puro: su última etapa, que -para vergüenza de los economistas- seguimos sin conocer cuánto durará.

Aquel gran movimiento no fue vanguardista de nada porque no podía serio: para ser vanguardia hay que tener seguidores. A nosotros no nos seguía casi nadie, y con razón: les ofrecíamos la Unión Soviética y Hungría -en el mejor de los casos, Cuba, Argelia o la utopía en lugar del seiscientos, y la nevera que aquí el franquismo ya les estaba dando. Y pocos años después algunos llegaron a ofrecerles -según los gustos- el colmo del subdesarrollo, si se exceptúa el África negra: en España no pasaron de China o, como máximo, de Vietnam; en otros sitios descendieron hasta Corea del Norte y Albania, y las diversas variedades de hippies andaban por la India. Los supuestos intelectuales revolucionarios exhibían un espejuelo consistente en la cabra y el pastoreo prehomérico, tal vez intentando hacer soñar con otra edad de oro de la que ellos mismos no habían oído hablar; sólo nos seguían -y nos arrastraban- los malos estudiantes revoltosos, y el proletariado empezaba a pasear con el seiscientos y por fin hacía algún picnic con el Dúo Mecánico en el transistor. ¡qué les iban a contar a ellos, que ya habían visto a Kim Novak! Al final sólo quedaron los cuentos chinos, y unos pocos -buscando la veta- se dedicaron al timo de la estampita montado como negocio lumpen: agencias de viajes a las patrias del socialismo. Ahora, cuando se han barajado las cartas y se juega con la emoción desnuda y vaga, se venden y se consumen historias como la de Nicaragua, y los mismos del internacionalismo proletario -cuyo nombre por fin se ha olvidado- arman cuando hace falta un escándalo pasajero sobre la circulación internacional de capitales, llamada evasión según como se haga.

Por eso, el aspecto progresista de aquel glorioso movimiento internacional ha dejado solamente las ruinas que las fuerzas materiales iban acumulando por sí solas: escombros de moral victoriana, de intelectualidad, de arte, de individualidad, de los grandes sentimientos, de cultura, de familia. Todos son buenos, aunque algunos nos duelan, porque (como ignoraba Proudhon y nadie parece haber aprendido desde entonces) la realidad también progresa por su lado malo. Y basta pensar en el nacionalismo, o en la Almudena que nos espera y ya amenaza (o en el monumento a Victorio Emanuel), para saber que esto va a durar y que aún quedan derribos por hacer.

No hay prisa, aunque nos impacientemos, y además las prisas no llevan a nada: el 68 mostró que el capitalismo no estaba agotado, y que la demolición del modo de producción es lo que no se podía emprender. Con menos pujanza, universalidad y conciencia, la vanguardia de 1789 arrastró a las masas y acabó en Francia con un feudalismo moribundo porque estaba moribundo. Todo lo que ha dado ahora el aspecto reaccionario del utopismo sesentayochista es el ecologismo y las diversas variantes nacionales del autoritarismo que aquí, provincianamente, llamamos psocialisia. Entonces no produjo la igualdad ni la fraternidad, y costó casi un siglo estabilizar la república; de momento dio a luz a la guillotina y a los cuadros de David, pero también al código civil burgués. Ahora ha contribuido a dar paso más1ranco, al abominable capitalismo de Estado, y es lo único que vemos. Pero tenía que venir, y -como decía Engels y sospechó siempre Lenin- es la última etapa del capitalismo, la antesala del comunismo.

El 68 no hace más que 20 años y ya son palabras olvidadas, significados ignorados, referencias paleoculturales, nombres salidos del túnel del tiempo. Quizá quiera decir que las cosas van más deprisa de lo que aparece, aunque ahora reduzcamos la cultura a golpes de aniversario y celebremos cumpleaños como los pequeños burgueses y los reyes. Entre tanto, seguimos sin saber cuánto durará, y vivimos con los engendros: montañas apreciables que han desaparecido disueltas en arena, jóvenes gentes que no saben de dónde vienen, y ratones que se han crecido- a alturas de posmodernistas efímeros y burócratas del copete que pueden. Les ha ido bien, porque muchos soñaban con un comunismo burocrático al cual subirse, y ya están montados en el carro de un capitalismo de Estado que -eso es todo lo que de verdad quieren saber- por lo menos pasará las próximas elecciones: para ellos, como quien dice, la infinitud. No han de preocuparse: durará más; pueden seguir bailando sevillanas, o mucho me equivoco. Pero, al menos, también tenemos más ruinas.

Antonio Bort es profesor de Teoría Económica en la Universidad Nacional de Educación a Distancia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 13 de marzo de 1988.

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