Crítica:'UNA BANDA DE DOS'Crítica
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Las variantes del delito

La novedad cinematográfica, ligada a una mentalidad de barracón de feria, consiste en explotar lo nunca visto. Cuando los delincuentes clásicos dejaron de resultar atractivos se les dotó del estado de antihéroes, y a continuación se jugó con sus traumas infantiles y con su posible homosexualidad. Por el camino también hubo un alto para las mujeres que deseaban ser algo más que vampiresas por las que el macho perdía la cabeza. Algunas de ellas empuñaron las armas, organizaron los atracos y tenían bajo control a una banda de hombres -o mujeres- especialmente sádica.Pero cuando esas mamás o novias sangrientas perdieron su gancho, les llegó la hora a los niños, que retoman una tradición dickensiana, pero sin su carga miserabilista. Los protagonistas de Una banda de dos, son idénticos a cualquier otro ladronzuelo del cine contemporáneo, sólo que más jóvenes, niños en lugar de adolescentes. Su ingenuidad inicial derivará en escepticismo y dureza, aunque la promesa de reconstrucción de la familia facilita una serie de notas de cursilería más que notable. El director del invento es un cineasta competente, que procura mantener el ritmo y desentenderse de ciertos lastres insuperables.

Una banda de dos

Director: Robert Mandel. Intérpretes: Ricky Busker, Darius McCrary, Robert Joy. Fotografía: Miroslav Ondricek. Música: Bruce Broughton. Estadounidense, 1987. Estreno en Madrid,en cines Proyecciones y Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 05 de enero de 1988.

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