Crítica:CINE / 'LAURA'Crítica
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Melodrama romántico

La filmografía de Gonzalo Herralde revela una curiosa voluntad de cronista. Inicialmente se interesó por el pasado más inmediato, y lo hizo sirviéndose de técnicas documentales o a partir del análisis de ficciones rodadas por otros, como en el caso de Raza, el espíritu de Franco.Más tarde cambió de registro y revisó, de la mano del Marsé de Últimas tardes con Teresa, los mitos de su juventud, y ahora, con Laura, aborda el tormentoso anteayer de los padres y abuelos de Teresa. Este retroceder en el tiempo le permite liberarse de ciertas exigencias naturalistas y plantear el relato como un desaforado melodrama romántico con resonancias trágicas.

La adaptación, muy libre, de la novela de Miquel Llor hace que el país concreto descrito en el libro se transforme en un espacio mítico, reconvirtiendo Vic en una capital de provincias en la que en 1927, y con motivo de la fiesta mayor, se representa Hedda Gabler. Las presiones religiosas que ahogaban a los personajes novelescos son en el filme de orden estrictamente social y moral, o incluso fruto de la predestinación. La trayectoria del personaje de Laura es transparente: desde la primera secuencia sabemos que su irrupción equivale a la de un germen del desorden en un universo inmóvil. Su misión consiste en cambiar una casa y las personas que viven en ella. El primero de los objetivos es parcialmente conseguido, pero fracasa en lo tocante a modificar los hábitos de su esposo y cuñada. Un hermano bastardo, bien interpretado por Sergi Mateu, se irá dibujando como única alternativa a la mediocridad. Al final Laura descubrirá dramáticamente que su salvación pasa por la soledad, al tiempo que comprende que ha sembrado la destrucción.

Laura

Director: Gonzalo Herralde. Intérpretes: Ángela Molina, Juan Diego, Sergi Mateu, Terele Pávez. Guión: Gustau Hernández, G. Herralde y Enrique Viciano, libremente inspirado en la novela de Miquel Llor Laura a la ciutat deis sants. Española, 1987. Estreno en cines: La Vaguada M-2, Luchana 1 y Rex.

Rodada con elegancia y procurando estilizar al máximo ciertas situaciones, asumiendo riesgos inhabituales en el cine español, sin personajes positivos -Laura no deja de ser una burguesita que duda entre unos falsos Caín y Abel-, la película de Herralde no acaba de cuajar plenamente por la timidez o decorativismo que impregna ciertas secuencias que debieran ser más intensas o por una extraña laguna central que olvida dar los datos que nos hagan sentir el clima opresivo que rodea a Laura. Es una lástima, porque la idea de película alrededor de la que Laura ha sido construida es excelente.

En la memoria del espectador han de quedar las imágenes del estallido final, el rostro de Terele Pávez descubriendo vicariamente la sexualidad, la estupenda utilización de los encadenados o las explosiones de violencia de Tomás (Juan Diego).

Y quedará también la sensación de estar ante un cineasta que descubre el placer de servirse de recursos que hasta ahora no se atrevía a utilizar, ante una película que afronta riesgos mayores y más estimulantes que los normativos en el cine español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 24 de septiembre de 1987.

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