Ir al contenido
_
_
_
_
Crítica:MÚSICA CLÁSICA
Crítica

Tríos en homenaje al compositor Angel Barja

Tres generaciones de compositores españoles han rendido homenaje a Ángel Barja, desaparecido hace unos meses cuando su obra presentaba un rostro maduro, y su estética, plural por naturaleza, se definía cada vez con mayor precisión. Tríos de Rogelio Groba (1930), Eduardo Pérez Maseda (1953), Tomás Marco (1942) y Evaristo Fernández Blanco (1902) acompañaron al de Ángel Barja, compuesto en 1983, en versiones del Trío Mompou. El acto se celebró el viernes en el contexto de la exposición Ancares, que se realiza en la sede del Ministerio de Obras Públicas, en Madrid.Buen ámbito para un amante de la naturaleza y de la historia como era Barja, cuya fuerza era la de la verdad. Nacido en Orense en 1938,justo en la frontera de la generación del 31 (la de Halffter y De Pablo) y la de 1946 (la de Marco y José Luis Turina), hizo estudios religiosos y musicales en Burgos y en Madrid con Echevarría, San José, Goicoechea, Urteaga y Samuel Rubio antes de viajar por Italia, Suiza y Alemania.

La voluntad de Barja como aprendiz y como oteador no tenía como objetivo la asimilación exterior de ciertos procedimientos, sino la definición de su modo de pensar la música a través de una operación de contraste entre sus propias ideas y las del entorno musical y cultural de su tiempo.

Cuando hablaba, oral o musicalmente, lo hacía no con timidez, pues era artista de convicciones, pero sí en voz baja, consciente de que no tiene más razón aquel que grita más, sino quien razona mejor. En el caso de un artista convencen, sobre todo, los creadores cuya obra refleja al hombre que la inventa.

Se consumió la existencia de Barja, robador de horas al sueño, practicante de un día que para él parecía tener 25 o 30 horas, las necesarias para acoger sus actividades: órgano, enseñanza, dirección coral, composición, investigación folclorística, crítica, atención extremada a los suyos y al ambiente musical de su León adoptiva.

Bastaría escuchar un par de partituras suyas (Fluencias, para orquesta, y el Trío, por ejemplo) para medir las trazas de una personalidad segura, singular y responsable, tan verdaderamente vocacional como exigentemente profesional. Deberíamos escuchar con frecuencia -éste sería el mejor homenaje- la música de Barja, en la que encontraremos, como quería Couperin, la emoción antes que la sorpresa; como gustaba decir Manuel de Falla, un arte puro y hondo, sin resquicio para la trampa ni hueco para la apariencia.

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_