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Tribuna:FENÓMENOS DE LA POSMODERNIDAD / 3

Apocalípticos e integrados de la modernidad

El cerrado antagonismo en la crítica DEL arte actual recuerda al autor las categorías de apocalípticos e integrados que inventó Umberto Eco hace 20 años, ya que desde los orígenes de la época contemporánea se han ido repitiendo respecto a las opciones estilísticas en cada momento. Señala que académicos o vanguardistas, retropompieristas o posmodernos, coinciden en las mutuas descalificaciones por la eventual rentabilidad económica de sus respectivos productos. Una de las características más indiscutibles del arte de los ochenta es la importancia de lo escenográfico, una revalorización de la teatralidad y del espectáculo.

A juzgar por la progresiva polarización de las posturas críticas antagónicas respecto al valor atribuible al arte de la presente década, vagamente etiquetado como posmoderno o posvanguardista, no se puede evitar el recuerdo de aquellas categorías que inventara, Umberto Eco, ahora hace unos 20 años, en plenos años sesenta, para definir las posturas que entonces se enfrentaban a favor o en contra de la cultura de masas. Con su característica y eficaz ironía, Eco dividió a los respectivos contendientes en apocalipticos e integrados, según estuvieran obsesivamente centrados en el disentimiento o en el asentimiento absolutos de la realidad establecida.Pero más allá que esta gráfica etiquetación de actitudes extremas, el célebre escritor y teórico italiano apuntaba muy agudamente la complementariedad de las mismas. "En tal caso", concluía, "la fórmula apocalípticos e integrados no plantearía la oposición entre dos actitudes (y ambos términos no tendrían valor sustantivo), sino la predicación de dos adjetivos complementarios, adaptables a los mismos productores de una crítica popular de la cultura popuIar".

Soy consciente de la extrapolación que hay al trasladar unas caracterizaciones pensadas en los sesenta para un debate específico de aquel momento, mas bo puedo evitar hacerlo al comprobar, en efecto, el cariz de cerrado antagonismo que se está produciendo en la crítica del arte actual. Tras unos años de atonía y perplejidad generalizados, en los que hemos visto languidecer hasta el ostracismo a los heraldos del vanguardismo más duro de los años setenta, justo cuando se iban extendiendo triunfalmente las posturas artísticas más detestadas por ellos, parece que, de nuevo, renace la polarización polémica, esta vez encarnada por quienes, en el nombre sacrosanto del espíritu moderno y vanguardista, denuncian apocalípticamente el triunfo artístico del mal; esto es: la corrupción del gusto social a instancias de un arte mediocre y conservador.

Además, está propiciado, claro, por los más turbios intereses comerciales y, en el lado opuesto, por quienes en el nombre de la no menos sacrosanta ley del presente -lo que hoy significa lo nuevo y la moda- anuncian una era -posmoderna o posvanguardista- en la que hipotéticamente desaparecerán los falsos criterios restrictivos que encarrilaban estereotipadamente el desarrollo del arte, impidiendo el libre deselvolvimiento de una pluralidad de opciones, cuya riqueza es, en todo caso, el mejor legado de una concepción de lo moderno definitivamente libre de imposiciones unilaterales.

Polarizaciones críticas

En realidad, si ampliamos nuestra mirada retrospectiva, incluyendo dentro de ella lo acaecido en arte durante los dos últimos siglos, verificaremos que, prácticamente desde los mismos origenes de la época contemporánea, se han ido repitiendo estas mismas polarizaciones críticas respecto a todas y cada una de las opciones estilísticas existentes simultáneamente en cada momento y, lo que es más curioso, produciéndose siempre no sólo los mismos modelos antagónicos que ahora, sino también con su mismo carácter intercambiable.

Así como el integrado académico de antaño anunciaba el apocalipsis de la vanguardia, cuyos representantes no eran sino artistas incapaces que trataban de disimular su falta de talento acudiendo a la provocación y la sorpresa para el regocijo de los snobs y el enriquecimiento de oportunistas y desaprensivos mercaderes, el apocalíptico defensor actual de unos valores vanguardistas, socialmente integrados, ve por doquier signos conspirativos de la más negra reacción artística, manipulada en la sombra por los espurios intereses del mercado.

Por de pronto hay algo en lo que todos coinciden, sean académicos o vanguardistas, retropompieristas o posmodemos, y es en las mutuas descalificaciones por la eventual rentabilidad económica de- sus respectivos productos. Y, hoy por hoy, ¿quién osaría arrebatarles la razón cuando todos ellos, fueran como fueran, han resultado en algún momento valores económicos altamente cotizables, tanto en el diario mercado de cambio como en el más estable del patrón-oro que atesoran los museos, a los que ya les da igual avalar el arte del pasado o el del presente, lo académico o lo vanguardista, lo moderno o lo posmoderno?

A estas alturas, no sin esa melancolía que se produce inevitablemente al contemplar, desde cierta perspectiva, la historia, creo que la polarización entre los apocalípticos e integrados, fatalmente repetida a lo largo de todo el desarrollo del arte moderno, es hoy de nuevo la consecuencia, por una parte, de una muy humana afición por lo genérico, mientras que, por otra, es el resultado de una cultura -y un arteesencialmente temporalizados; es decir: marcados por la sucesión compulsiva de las novedades, las actualidades, las modas, los presentes continuamente diversos, etcétera; en una palabra, por éstas o cualquiera de las otras maneras que tiene de mostrarse lo moderno, cuya significación etimológica no es, como es sabido, sino no hecho, al modo de hoy, un contenedor vacío sólo habitado por el transcurso del tiempo. Esta es la única deidad residual en la sociedad secularizada que se autocalifica como progresista o retardaria, dos categorías, al fin y al cabo, temporales.

No sé si todas estas divagaciones habrán conseguido transmitir cómo un mismo destino inapelablemente moderno se enseñorea también sobre la sociedad y, por tanto, la cultura y el arte, denominados posmodernos, los males pueden haber reaccionado, sin embargo, frente a determinadas concepciones vanguardistas de la década anterior e incluso librarse de una interpretación exclusivista y dominante de la idea misma de vanguardia. En cualquier caso, conviene no olvidar que esta ruptura con la concepción vanguardista anterior no se ha producido sino cuando ésta se estaba institucionalizando y, por consiguiente, comenzaba a no ser ya realmente una vanguardia, valga la redundancia, muy vanguardista.

Cifrar, por otra parte, la novedad escandalosa del llamado arte posmoderno de los ochenta en el eclecticismo o en el individualismo, como a veces se oye pregonar, es olvidarse de la continua recurrencia al pasado que ha caracterizado a toda la vanguardia histórica, ya fuera a través de técnicas de collage, homenajes o perpendicularidades irónicas. El experimentalismo rupturísta de la vanguardia militante, si no el inventor, sí fue, por lo demás, el principal promotor del estilo como desesperada, por única, posibilidad de afirmación individual, ya que ha sido el artista moderno el único que ha necesitado distinguirse para existir.

Por último, creo necesario asimismo advertir que el arte de los ochenta no se diferencia del de décadas anteriores por no proveer ya una sucesión de estilos pautadamente renovables, del tipo de expresionismo abstracto, pop, op, hiperrealismo, minimalismo, conceptualismo..., sino porque existan o no tendencias, grupos o modas, carecen ya de la legitimación social necesaria para convertirse en opciones únicas excluyentes. A ello ciertamente ha contribuido, en no poca medida, la cada vez mayor extensión del mercado del arte actual y la, a su vez, cada vez mayor extensión cuantitativa y cualitativa de la información que han dejado sin función la estrategia de concentración defensiva que necesitaron los pioneros de la vanguardia, aquellos que, aislados socialmente, sólo podían sobrevivir formando cohortes militares. Vanguardia es un término de claro origen militar...

Envejecer

En un momento histórico que se caracteriza por la estabilización y el equilibrio, la sociedad se apresta como nunca a asumir el aburrimiento melancólico de no esperar otra emoción que la de envejecer, la de dejar transcurrir el tiempo (aburrido, según Hegel, es lo infinitamente variable). En tal tesitura, que se muestra particularmente radiante en los países industrialmente avanzados, ¿qué cultura cabe esperar sino la del entretenimiento, la de la renovada organización de espectáculos?

Una de las características más indiscutibles del arte de los ochenta, en el que presumiblemente no habrá peores creadores que en el pasado, sino, en todo caso, más aspirantes a ello, ha sido la importancia otorgada a lo escenográfico, un desplazamiento enfático dirigido a primar los montajes sobre los contenidos, una revalorización de la teatralidad, del espectáculo, en suma. Para ser un auténtico apocalíptico hoy día no basta, pues, con denunciar la eventual decadencia de los romanos, sino demostrar fehacientemente que están a las puertas de la ciudad los bárbaros. E incluso así, integradamente modernos, puede que nos ocurra como a esos romanos del poema de Kavafis que todas las tardes esperaban impacientes la llegada, siempre aplazada, de los bárbaros...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de abril de 1987