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Reportaje:

Las tripas de la villa

Cerca de 4.500 kilómetros de túneles y galerías componen el tejido subterráneo de Madrid

Un descomunal hormiguero. Ésa es la imagen que ofrece el subsuelo de Madrid, recorrido por una telaraña de alcantarillas, túneles y galerías que puestos en línea recta llegarían hasta las mismísimas puertas de la exótica Bagdad. Más de 4.500 kilómetros mide el intestino de la gran ciudad, por donde circulan el metro, las aguas negras, las aguas claras, la luz, el teléfono y el gas, entre otras muchas cosas. Todo un mundo paralelo, vigilado por la policía, en el que se dan la mano los lingotes del Banco de España y las piezas de oro de las dentaduras que se cuelan por las cloacas.

Los obreros municipales dieron con un misterioso conducto cuando perforaban el pavimento de la calle de Serrano. Minutos después se presentaba en el lugar la policía militar norteamericana, procedente de la cercana embajada. A los obreros no les dio tiempo ni a pensar qué era aquello con lo que habían topado y que no figuraba en ningún plano de 1970. Tuvieron que replegarse sin más explicaciones.El año pasado, sin ir más lejos, el paso subterráneo de Atocha sacó a la luz un descubrimiento no precisamente arqueológico: unos antiguos urinarios públicos enterrados a varios metros bajo tierra. Los planos describían un laberinto de galerías, túneles y canalizaciones. Pero nadie había previsto lo de los urinarios. Y es que hasta el propio Ayuntamiento se pierde en la selva subterránea.

Sólo la llegada del ordenador ha permitido desenterrar alguno de sus secretos. Así surgió Geomadrid, una base de datos geotécnicos sobre el subsuelo que entrará en funcionamiento en unas semanas. Algo más está haciendo el Ayuntamiento para penetrar en los misterios de la ciudad oculta. Según explica Ángel Cano, director de los Servicios de Coordinación de Urbanismo, "este año se va a incorporar la red de alcantarillado a la cartografía automatizada de Madrid. Con este sistema se pretende tener planos parcelarios que incluyan no sólo el nivel de superficie, sino también el subsuelo".

A finales de 1987 pueden estar fichados los 3.700 kilómetros de colectores y acometidas. Faltarán entonces por incorporar los 114 kilómetros de metro; los 10 de ferrocarril subterráneo; los 70 de galerías de servicio municipales y 31 del Canal de Isabel II; los restos de los cerca de 180 kilómetros de viajes (antiguas canalizaciones de agua); centenares de sótanos, aparcamientos y pasos subterráneos y miles de kilómetros de cables y conducciones. Como para olvidarse del subsuelo.

Hedor intenso

La bajada al colector Axil izquierda, que desciende hasta 40 metros bajo tierra, no es precisamente el descenso a los infiernos. Hay en el ambiente, eso sí, un hedor que se hace cada vez más intenso. Con una altura de 2,50 metros por 3 de anchura y con un pequeño andén para avanzar por él, este moderno colector pasa por ser la Castellana del subsuelo. Y no sólo porque discurre por debajo del amplio paseo.Los 450 empleados del servicio de mantenimiento de las alcantarillas conviven con la suciedad y con las ratas. "Encontrarse con ellas aquí abajo es un alivio", comenta un pocero, "pues son las primeras en advertir un escape de gas o una avalancha".

Muy de cuando en cuando aparecen gatos o perros que han caído en la oscuridad de los colectores y van perdiendo la vista hasta volverse rabiosos. Lo que ya es más infrecuente es toparse con un burro vivo y coleando, como el que llegó a la depuradora de La China en 1970.

La red de colectores sigue prácticamente el trazado de las calles. A la altura de la plaza de Colón, el Axil izquierda recibe las aguas de otros colectores menores. A lo largo del día, Madrid produce cerca de un millón de metros cúbicos de fangos.

Más de un pocero ha escuchado alguna vez una voz anónima que le daba el alto en los colectores. El encuentro con la Unidad de Apoyo de Subsuelo de la policía, compuesta por un centenar de agentes, es algo habitual en la ciudad oculta. Su función es inspeccionar la red de alcantarillado y galerías de servicio para prevenir atentados y robos por el procedimiento del butrón (agujeros practicados desde el subsuelo).

La vigilancia policial llega también a las galerías de servicio del Ayuntamiento y del Canal de Isabel II. En total son poco más de 100 kilómetros por donde discurren el agua, las conversaciones telefónicas, las comunicaciones especiales, los cables eléctricos, el alumbrado público, las bocas de riego y los semáforos. Una tupida red que recorre las principales arterias de Madrid a una profundidad media entre dos y cuatro metros, pero que a veces desciende hasta los 38 metros.

En las galerías no se escucha ni el rumor del agua, que circula a dos metros por segundo por las tuberías. La capa de medio metro de firme que corre por debajo del asfalto madrileño ahoga los motores de los coches. "Pero también se convierte en una trampa que oculta los corrimientos de tierra y se desploma sin previo aviso", advierte Moisés Escolá, jefe de la sección de actuaciones en las galerías municipales.

Los socavones están al orden del día. Se tragan de todo: camiones, coches, árboles y hasta viandantes. Sucedió el 11 de abril de 1976: el cadáver de Nicolás Almoguera aparecía a 12 metros bajo tierra tras ser engullido por un socavón que se abrió en la calle del León, en el centro de Madrid.

El primer 'hormiguero'

Aparecen en el lugar más insospechado. No en balde fueron el primer hormiguero que surcó el subsuelo de Madrid. Se trata de los antiguos viajes, canalizaciones construidas desde antes del siglo XIII que captaban el agua del exterior a través de pozos alineados. El departamento municipal de Saneamiento calcula que la red de viajes podría ser de unos 180 kilómetros.Lo que hoy queda son restos de lo que fue el precedente de las canalizaciones de agua del siglo XIX, cuando se creó el Canal de Isabel II.

A ellos se podía acceder a través de los pozos de captación o incluso desde algunas casas particulares. Las canalizaciones eran de poco más de 1,60 metros de altura y estaban normalmente recubiertas de ladrillo.

La Puerta del Sol, la glorieta de Atocha, las calles de Alcalá y de Bravo Murillo y el paseo de la Castellana se encuentran entre los lugares más perforados de la ciudad. Otro punto concurrido es la plaza de Cibeles. La construcción de la cámara del oro del Banco de España se convirtió en una odisea. Situada a 35 metros bajo la calle de Alcalá, fue necesario todo tipo de taponamientos y entubaciones para evitar una lluvia de agua del subsuelo sobre las reservas de oro.

Las Fuerzas Armadas poseen dos bunkers subterráneos en Madrid capital. Uno enlaza, bajo la plaza de Cibeles, los cuarteles del Ejército de Tierra y de la Armada. El otro está situado en los sótanos de la sede de la Junta de Jefes de Estado Mayor (JUJEM), en la calle de Vitruvio. Ambos están considerados refugios atómicos. El circuito telefónico militar (Red Territorial de Mando) y los enlaces telefónicos entre Presidencia del Gobierno y los departamentos ministeriales corren también bajo tierra.

Hasta aquí, gran parte de lo que se conoce. Queda luego un número incalculable de galerías bufas, como los pasadizos de la calle de Carlos III, junto al Teatro Real, o la galería descubierta en la plaza de la Paja, que al parecer llega hasta la Moncloa. Son los pasadizos del Madrid secreto que nunca se dejarán traicionar por los planos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de febrero de 1987