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Tribuna:

Servicio

Hay dos tipos de socialistas: unos son finos, de buena familia y tienen los ojos celestes; otros miran levemente al bies con pupila oscura y llevan un pañuelo con cuatro nudos en la cabeza. La pinta de los socialistas puede ser buena o mala, y su voz, susurrante o airada, pero todos ellos sin excepción han llegado a este mundo con la única misión de sacar las castañas del fuego a los capitalistas. No quiero decir que este trabajo sea deshonroso. Sólo es un poco sucio, aunque inevitable. De forma cíclica los capitalistas se dedican a poner la propia economía patas arriba, y cuando la crisis social amenaza con llevarse por delante el sistema entonces acuden estos chicos listos, serios, barbuditos, supuestamente honrados, los cuales reconvierten, sanean, reajustan, racionalizan, flexibilizan, reprivatizan, olvidan humos, perdonan desfalcos y vuelven a dejar los papeles en regla.Ante este hecho, los socialistas finos y de ojos celestes actúan sin mala conciencia. Puesto que han venido a solucionar el problema a los capitalistas quieren cobrarse el servicio, y así se acuestan con las mujeres de los ricos, se beben su whisky, acuden a sus fiestas con desenvoltura acompañados por bellas mamíferas burguesas. Aman el lujo y lo proyectan. Se fuman un puro en los burladeros de las plazas de toros y matan ciervos y perdices según la temporada. En cambio, los socialistas que miran al bies y son depositarios de la ira histórica hacen tanto o más por resolver la crisis del capitalismo, pero siguen leyendo a Machado, tienen el prurito de ser contables puros, insobornables, amantes de los patos y de esconder la querida. El único chanchullo que se permiten es cierto trapicheo con las entradas de los conciertos, algunas becas o subvenciones que dan a los amigos y los pinchos de morcilla con cargo al presupuesto. Hay dos tipos de socialistas. Todos han venido al mundo a salvar al capitalismo, pero unos se cobran este trabajo con creces y otros realizan el servicio gratuitamente, sólo como una forma de poder. Así estaban las cosas a finales de 1986.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 23 de diciembre de 1986