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Tribuna:

Juego

¿Y si al final resulta que hemos venido a este mundo sólo para jugar al fútbol? Todos los filósofos buscando el sentido de la vida, todos los teólogos tratando de desentrañar a Dios, todos los científicos hurgando en la materia, todos los políticos formulando las promesas más risueñas y falaces no han logrado producir nunca una emoción comparable a la que ofrece el capricho de un balón. Alguien nos ha engañado. Al llegar a este planeta nos sacaron los demonios del cuerpo con el bautismo. Durante la infancia acuñaron nuestro trasero con el sello de la culpa. En la adolescencia recibimos la visita del primer maestro y éste nos mostró el camino de la verdad: señalando con dedo tembloroso las estrellas, nos habló sin cesar, con lengua ardiente, del cielo y del infierno. En la juventud, nuestros oídos se llenaron igualmente con el sonido de otros profetas religiosos o profanos que trataron de imbuirnos en el espíritu las causas más nobles. A este mundo hemos venido a redimir almas de gente infame, a hacer cualquier clase de revolución, a aislar un virus mortal, a escribir un gran libro, a descubrir la belleza o a asesinar a un hermano. Llevados por un delirio de grandeza, los teólogos, químicos, redentores, revolucionarios, poetas, biólogos, escritores y asesinos se han puesto a trabajar sin que la muchedumbre se haya conmovido. Mientras ellos mantienen el sueño alto los demás mortales conviven con la propia frustración, viendo pasar la existencia sentados sobre un higo chumbo.Pero un día comienza el Campeonato Mundial de fútbol. A la hora cumbre del partido cesan las misas y los actos de investigación. Se cierran los quirófanos y los confesionarios. Enmudecen los mítines y las lecciones de cátedra. Se paralizan los sonetos y las puñaladas. Descansan los visionarios y los homicidas. El equipo de cada nación sintetiza el alma de un pueblo y éste canta, ruge, llora, blasfema, ríe, se siente humillado o redimido según los vaivenes irracionales de una pelota. Ningún pontífice máximo podría desafiar con una ceremonia a un futbolista en el instante del gol decisivo. Sin duda nos han engañado. A este mundo sólo hemos bajado a jugar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 24 de junio de 1986