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36º FESTIVAL DE CINE DE BERLÍN

Un pésimo filme de Liliana Cavani cierra una jornada de triángulos amorosos

La estadística no mentía ayer cuando señalaba que una constante argumental de los filmes de la sección competitiva de Berlín es el triángulo amoroso. Por lo visto, este viejo asunto está hoy de moda. Como buena mujer de circo, que no de cine, la italiana Liliana Cavani ha ofrecido un "más difícil todavía" convirtiendo, en su eminente bodrio Interno berlinese, el triángulo en cuadrángulo. La película, que se presentó como uno de los platos fuertes de la muestra berlinesa, provocó mortales carcajadas en sus momentos más dramáticos.

A Liliana Cavani, aunque se dice izquierdista, le gustan a rabiar los nazis. Ya pretendió hacer con ellos y sus depravaciones una especie de sinfonía pastoral y le salió aquella mentirosa charanga de prostíbulo titulada Portero de noche. Si aquella mala imitación de película era algo infecto, este Interno berlinese recién salido del horno lo es mucho más, porque no cuenta con la ennoblecedora presencia de Dirk Bogarde y Charlotte Rampling, sino que está degradado por un trío protagonista de rostros tan guapos como malos comediantes: la alemana Gudrun Landgrebe, el británico Kevin McNally y la japonesa Mio Takaki.Entre los tres, con ayuda de un largo reparto y un más largo presupuesto de producción, componen una pretenciosa historia de desatadas, perversas y enrarecidas pasiones sin salida, convirtiendo la prestigiosa estratagema argumental del círculo vicioso en un penoso acto de fingimiento.

La historia, basada en la novela La cruz budista, del japonés Junichiro Tanizaki, transcurre -es un decir, pues en realidad es un cuento de ninguna parte, de ninguna gente y de ningún tiempo- en el Berlín del apogeo de Hitler, hacia 1938, entre miembros de la alta sociedad y de los enrevesados círculos de la diplomacia del III Reich. Este brillante escenario es, para Liliana Cavani, la parte perfumada del maloliente mundo que quiso reflejar, sin conseguirlo, en Portero de noche. Pretendió transitar de las cloacas a las fachadas del nazismo y se quedó a medio camino, en los escaparates de un sex shop trivial y sofisticado.

Desde estas fachadas, Cavani cuenta -por cierto, muy mal- el despertar y el crecimiento de un furor amoroso y sexual entre una madura burguesa alemana y una joven aristócrata japonesa, hasta que el marido de la primera, un alto funcionario del Ministerio del Exterior del Reich, se percata de la tortilla y ejerce el derecho de pernada sobre las dos mujeres, lo que, en vez de arreglar las cosas, las desarregla del todo, debido a que un joven profesor de dibujo descubre también el berenjenal, decide divertirse con la bonita japonesa, embaucar a la alemana para repartirse con ella sus favores, chantajear al marido diplomático y contar tan tremendo tomate a la Gestapo para que ésta ponga el orden moral en su sitio y la película pueda acabarse ante la rechifla de los berlineses de hoy.

Este lujoso laberinto de encamamientos -por cierto, sin un solo desnudo en dos horas de metraje y una treintena de fornicaciones ortodoxas y heterodoxas, para mayor morbo- enfrió del todo al Berlín de anoche, que durante la mañana y la tarde se había calentado un poco, sólo un poco, con dos medianas pero con algo de cálida veracidad dentro- películas, también de triángulo amoroso: la brasileña A hora da estrela y la búlgara Skupa moja, skupi moj, título que, dicho sea de paso, suena a salivazo de arriero, pero que traducido significa un cursilón Querida mía, querido mío.

Consumo doméstico

El filme brasileño es un relato amable, bastante tristón y al final súbitamente dramático entre dos mujeres, una avispada comehombres de Sao Paulo y una campesina de pocas luces, que luchan plácidamente y sin estridencia por el amor de un achulado mecánico, que al final se queda sin ninguna de las dos. La directora del filme es Suzana Amaral, que es joven, tiene buenas maneras para el realismo sentimental, sabe poner en movimiento personajes y realiza con Marcelia Cartaxo una convincente composición de la campesina analfabeta, soñadora y boba.La película búlgara está correctamente realizada por Eduard Zachariev, un cineasta de 48 años con ocho largometrajes a sus espaldas, realizado el primero de ellos hace casi 20 años. Su Querida mía, querido mío es, como la película brasileña, una obra de estricto consumo doméstico, que no romperá fronteras y que carece de lugar en un festival internacional. No obstante, contiene unas pocas gotas de buen cine, casi todas derramadas por la excelente actriz Mariana Dimitrova. Es un castísimo filme de celos y honras conyugales desatadas, en las antípodas argumentales del bodrio de la Cavani, y que a estas alturas deja a Calderón de la Barca como un libertino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de febrero de 1986