Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El héroe

La ciudad de Sevilla pasó ayer de celebrar el triunfo de la selección española de fútbol frente a Islandia a conmemorar la muerte de Paquirri, hace un año, en Pozoblanco. Ante su lápida no faltaron ni flores ni famosos que dijesen una oración por el descanso del torero, ni tampoco el desmayo de Isabel Pantoja cuando a primera hora fue a rezar. Francisco Rivera, Paquirrí, un mito, pero un mito roto por las disputas surgidas alrededor de su memoria, por la polémica sobre su herencia, el afán de protagonismo de todos en su aniversario.

La muerte del torero provoca una conmoción social de magnitudes insólitas. Detractores de la fiesta la consideran desproporcionada porque ¿quién es un torero al lado de los grandes personajes del pensamiento, de la ciencia, de la política? ¿O tiene menos valor la vida de un minero? ¿Es lógico que a un torero muerto en la arena se le de tratamiento de héroe?

Lo que sorprende -y a los detractores de la fiesta disgusta- es la magnitud de la conmoción. La fiesta de toros, un espectáculo de sórdido contenido, decadente, marginado, ¿cómo puede ocasionar tamaño estallido emocional porque un simple torero muera corneado por un toro?

Probablemente sordidez, decadencia, marginación, son arbitrarias descalificaciones de quienes prefieren ignorar la existencia de la fiesta. Y lo que voluntariamente se ignora no existe. Se trata de una actitud muy poco intelectual, pero así de confiados y prepotentes circulan muchos intelectuales por su parnasillo. La realidad, desde luego, es otra. El fenómeno taurino evoluciona, siglos acá, desarrollando mil veces mil la peripecia de la muerte y la vida. Tantas veces la desarrolla, que muerte y vida son categorías esenciales de la corrida, con tal arraigo que ni necesitan proclamarse. El hábito produjo la deformación de juicio, y se llegó a dar mayor mérito al riesgo incidental de cualquier juego.

MÁS INFORMACIÓN

Las muertes de Paquirri y Yiyo han recordado la tragedia que subyace en el toreo, y reconocido los caracteres humanos excepcionales del torero. El torero ha de tener un valor férreo para ponerse delante de la fiera, pero no le basta el valor; ha de poseer una inteligencia vivaz para conducir la embestida brutal e incierta, pero tampoco le basta la inteligencia; ha de alentar una sensibilidad espiritual exquisita para convertir el rudo ajetreo de la lidia en arte, pero tampoco le basta la sensibilidad. Sólo cuando los tres caracteres confluyen puede haber torero. Es Joselito quien mejor los ha reunido en armonía, y también le mató un toro.

El público acepta la superioridad de las cualidades exclusivas del torero. Y cuando el asta muerde su vida, y la acaba, cerrando el círculo de la tragedia, lo eleva al mítico altar de los héroes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 27 de septiembre de 1985