A un comandante del Ejército republicano
Hoy le he reconocido en la calle de Goya, mi comandante. Está usted viejísimo. Pero le reconocí. Tenía usted la sien apoyada en la pared, de rodillas en la acera. Le reconocí y me paré a leer el cartón donde usted ha escrito: "Estoy solo en la vida y no tengo para comer". No me atreví a echarle ninguna moneda en la lata que tenía usted junto a sus rodillas. Si no hubiera sonado al caer quizá se la habría echado, ya ve qué idiota soy. Pero la sola idea de que usted, mi comandante, hubiese abierto los ojos al oírla y me hubiese reconocido me llenó de vergüenza. De vergüenza al verle a usted avergonzarse. Aunque quizá no me hubiese reconocido. Porque yo también estoy muy viejo. Todos estamos muy viejos. Todos, menos el ministro "excelentísimo señor Serra", que está muy joven y gallardo y que acaba de otorgarle a usted, mi comandante, "por los servicios a la patria, por el ojo izquierdo que perdió en Brunete, el sueldo mínimo de la última escala del final de la lista". Muchísimo menos -que otro- comandante del Ejército republicano. ¿Que por qué? Lo explica con tono de paciencia nuestro gallardo ministro. Porque este último comandante ingresó antes del 18 de julio, o sea, cuando el Ejército era una carrera más, una carrera para vivir, y usted lo hizo después del 18, cuando el Ejército era una carrera para morir, porque usted sabía por qué ingresaba en la Escuela Popular de Guerra, por qué acudía a la llamada angustiosa de otro ministro de Defensa, un tal Indalecio Prieto.¿Por qué nos ofenden, mi comandante, dándonos esta limosna? Franco fue lógico, nos trató como enemigos. Pero esta segunda derrota, mi comandante, es más amarga. La de Franco fue de frente. Ésta es por la espalda, desde dentro, como de quinta columna, o sea, a traición. Yo hubiese agradecido más un sincero y compasivo "¡Dios le ampare, imbécil!".
(Me eché a llorar y me metí por Lagasca).-
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