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38º FESTIVAL DE CANNES

El filme de Paul Schrader 'Mishima' rompe la monotonía del certamen

Es imposible hablar seriamente de Mishima por varias razones. La primera, porque se trata de una película que precisa de una visión más tranquila que la permitida por las circunstancias festivaleras. La segunda, porque hace falta conocer mínimamente a fondo la obra del escritor japonés para distinguir hasta qué punto la versión que nos da Paul Schrader de la vida y obra de Mishima supera, de verdad, el peligro del mero digest. La tercera y última, porque Mishima es la primera película sorprendente de este festival, la que ha venido a romper con la monotonía o con los hallazgos previsibles.

Mishima, además, es sorprendente desde un punto de vista formal, ya que mezcla con sabiduría la representación de fragmentos escogidos de las obras literarias (El pabellón de oro, La casa de Kyoko y Caballos desbocados), la biografia del personaje, y las últimas horas del mismo, siempre con la idea de que el seppuku (suicidio ritual) con que culmina la trayectoria del protagonista y de la acción sea, según palabras del propio Mishima, la respuesta a "la imposibilidad de tocar con una mano la eternidad y con otra la vida".La sorpresa continúa desde el momento en que Schrader no pone ningún énfasis condenatorio cuando muestra muchas de las actitudes fascistas de Mishima, sino que procura explicarnos su coherencia, llevarnos a un terreno en el que brille la evidencia de que el personaje sólo puede ser aceptado o rechazado en su integridad. La película corre el mismo riesgo de su héroe y renuncia a lo trillado. En blanco y negro y color, documental, crónica y estilización del universo del creador, Oriente y Occidente, palabras y actos... es complicado resumirla si no es diciendo que se trata de la gran candidata a la Palma de Oro y uno de esos escasos títulos que realmente pueden despertar polémicas no prefabricadas. Además, se inscribe en la moda de lo japonés, tiene una actitud ante la política que no deja de ser moderna, aunque resulte inquietante en alguna de sus vertientes. Y es una auténtica propuesta de gadget cultural para públicos universitarios.

Producción norteamericana

Mishima es una producción norteamericana rodada íntegramente en el Japón, hablada en japonés (sólo el narrador, que es el propio Mishima, habla en inglés, por motivos difíciles de comprender) y en la que se nota un gran esfuerzo por dar a Occidente una imagen de los nipones que no sea ni la del exotismo de los cuentos y leyendas con su kabuki incorporado, ni la de los malignos orientales. Schrader, que ya escribiera el guión de Yakuza, ha contado con la colaboración de su hermano Leonard, que vive desde hace muchos años en el Japón. Y ha confiado en un equipo técnico del que hay que destacar el trabajo de decoración de Eiko Ishioka.Habrá que volver sobre Mishima, pero, por el momento, es justo constatar que con su pase se tiene la sensación de que, finalmente, Cannes vuelve a ser un festival de primera categoría.

Latino, de Haskell Wesler, nos presenta a un contra nicaragüense educado en los Estados Unidos, que habla siempre en inglés y que ve como se derrumba el dogma reaganiano que justificaba el bautizarlos como "soldados de a libertad". En la italiana Il fu Mattia Pascal -a competición la jornada de ayer-, el héroe pirandelliano del filme de Monicelli aprovecha una confusión sobre su muerte para lanzarse a vivir otra vida como una persona nueva. La película es una nueva versión que añadir a las dirigidas por Pierre Chenal y Marcel l'Herbier. De ella sólo hay dos cosas a destacar: el trabajo interpretativo de Marcello Mastroianni, un virtuoso del cambio de registro, capaz de pasar con toda suavidad de la comedia al drama en una misma secuencia, y la idea de Monicelli de situar la acción en 1984 en vez del arranque del siglo, tal y como correspondía a una interpretación literal del texto de Pirandello.

¿Cuál es el motivo de este traslado en el tiempo? Lo cierto es que la única explicación satisfactoria es un poco triste: para abaratar costos y evitarse una reconstrucción del clima del momento en que se desarrolla la historia original. Si no es este motivo todo es incomprensible, ya que los guionistas no se han preocupado de solucionar la credibilidad de las situaciones, a menudo muy escasa debido a que el cambio de época requería pensar en otras costumbres y hábitos morales, pintar la vida de la provincia de otra manera -los matrimonios obligados no se sostienen, los problemas burocráticos de Pascal, creados por su condición de indocumentado, tampoco son verosímiles, etcétera- Monicelli ha procurado dar velocidad, ritmo de comedia, a Il fu Mattia Pascal y lo logra a ratos, consiguiendo un producto simpático, intrascendente y escasamente pirandelliano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 16 de mayo de 1985